Este es un espacio que se abre a la reflexión sobre determinados acontecimientos que suceden en la realidad de nuestro mundo, signado por el fin de un ciclo y que, por un motivo u otro, llaman nuestra atención y merecen un comentario desde el punto de vista del Hermetismo.


martes, 19 de diciembre de 2017

"LOS HOMBRES DE TULE"

Los hechos que cambian el rumbo de la Historia, o que introducen un nuevo giro en su movimiento, no siempre son los más conocidos o destacados, sino que muchas veces han permanecido ocultos hasta que alguien fija su atención en ellos y se le “revela”, por así decir, su secreto sentido, reconociendo la influencia que tal hecho concreto produjo en el cambio de paradigma a partir del cual una cultura o civilización desarrolla otras posibilidades de sí misma.
 
El hilo sutil de la Historia escribe su relato interno y verdadero a través de esos hechos, que pueden tener también su fecha, o sea el momento en que sucedieron (pues ciertamente todo hecho, o fecho en castellano antiguo, tiene su “fecha”), aunque la inmediatez del suceso no nos deje ver la impronta que su potencia espiritual dejará en el tiempo, el cual se encargará de irla actualizando.
 
Borges hablaba al respecto del “pudor de la Historia”, que es el título de uno de los capítulos que componen su libro Otras Inquisiciones. En él señala que la verdadera Historia es “pudorosa” y sus fechas esenciales pueden permanecer inadvertidas durante un tiempo indeterminado. Pone el ejemplo del historiador romano Tácito, que no percibió, aunque la registrara en su obra, la importancia que la crucifixión de Cristo tuvo para los siglos venideros. Pero Borges se centra especialmente en dos hechos significativos que describen la naturaleza de ese pudor. En el primero presta atención al hecho de que el dramaturgo griego Esquilo elevara de uno a dos el número de los actores, pues originariamente
 
“un solo actor, el hipócrita, elevado por el coturno, trajeado de negro o de púrpura y agrandada la cara por una máscara, compartía la escena con los doce individuos del coro”.
 
Con el segundo actor, afirma Borges, entraron en escena el diálogo y las indefinidas posibilidades de la reacción de unos caracteres o temperamentos sobre otros. Está claro que ese simple hecho ejercería a partir de entonces una enorme influencia en el desarrollo de la cultura griega, y posteriormente romana y occidental. Entendemos con esto que el antiguo orden civilizador helénico, invariable durante siglos, se veía perfectamente reflejado en el único actor -que encarnaba en el drama a muchos otros personajes- y en la relación que este mantenía con los individuos del coro, que con Esquilo pasaron a ser doce (en vez de los cincuenta que hasta entonces lo componían), número que no es casual sino que expresa la idea de armonía que, para los griegos, y más concretamente para los pitagóricos, estaba sintetizada en las doce caras del dodecaedro, un símbolo geométrico del cosmos.
 
Recordemos que los números son ante todo Ideas que moldean el Orden universal, el cual se refleja en las estructuras simbólicas de una civilización, en este caso la griega, cuyos sabios supieron interpretar los “signos” de la aparición de un nuevo ciclo dentro de su mundo, con todo lo que esto trajo aparejado de cambios en esas estructuras simbólicas y el pensamiento generado por ellas; es decir en las percepciones que en un momento dado el espíritu que conforma el alma de una civilización y de los hombres y mujeres que la integran tienen de la Belleza, la Inteligencia y la Sabiduría.
 
En este caso concreto, y lejos de producirse en ella un cambio radical, la civilización griega no se rompe sino que adopta nuevas formas de expresión de su cultura en consonancia con el cambio cíclico relevante que, en el momento en que Esquilo escribe sus tragedias -entre el siglo VI y V a.C.-, se estaba produciendo en la esfera del pensamiento filosófico y religioso no solo en Grecia, sino en otras partes de la tierra. Precisamente el Pitagorismo representó también una adaptación de la antigua tradición órfica, y Esquilo, que pertenecía a la escuela pitagórica según relata Cicerón en las Tusculanas, también participaría en dicha adaptación dentro del ámbito de la dramaturgia.
 
Borges, concediéndose un gusto literario, dice que nunca sabremos si Esquilo presintió lo significativo del hecho de pasar del uno al dos, de la unidad a la dualidad, y así a la multiplicidad. Desde luego que nunca sabremos si Esquilo fue más o menos consciente de esa decisión, pero en realidad esto no importa demasiado. Fuese como fuese, lo realmente importante es el influjo que una tradición sapiencial, como en este caso es la pitagórica, puede ejercer en el espíritu de quienes estaban destinados a ser los intérpretes en su tiempo de la Inteligencia Universal, manifestada en los arquetipos numéricos y sus analogías y correspondencias mutuas. 
 
II
 
La otra cita que Borges recoge en “El pudor de la Historia” procede de la Gesta Danorum (Historia de los Daneses), escrita por Saxo Gramático allá por el siglo XII. He aquí la cita:
 
A los hombres de Thule (Islandia) les deleita aprender y registrar la historia de todos los pueblos y no tienen por menos glorioso publicar las excelencias ajenas que las propias”.
 
Thule era el nombre que recibía Islandia en la Edad Media. Ella fue descubierta por el marino griego Piteas allá por el siglo IV a.C., el cual le puso ese nombre seguramente en recuerdo de la isla de Thule, la mítica tierra de los “hiperbóreos” a la que, según la tradición griega, Apolo regresa cada año por el solsticio de invierno.
 
Saxo Gramático se refiere a hombres como el islandés Snorri Sturluson, contemporáneo suyo y creador de una de las Eddas donde se recoge la rica mitología nórdica y escandinava. Pues bien, en esta cita de Saxo Gramático hemos visto como una clave cifrada para entender un poco mejor el papel que en toda época han jugado los “hombres de Tule”, o de “Tula”, si por él entendemos no sólo un lugar geográfico determinado, como lo fue Islandia en su momento, sino uno de los nombres que, junto al de “Paradesha” o al de “Agartha”, ha recibido el “Centro del Mundo”, morada de la Tradición Primigenia, de la Sabiduría y del Conocimiento.
 
Desde luego que Islandia, en los siglos medievales, fue posiblemente uno de los lugares “físicos” y “visibles” donde se manifestó dicho Centro, por eso se deleitaban sus hombres “en aprender y registrar la historia de todos los pueblos”, o sea la memoria de la humanidad. Pero además también conservaron la suya propia y el espíritu de su tradición, cuyos mitos y símbolos principales fueron recogidos en las Eddas.
 
Como señalamos en la nota anterior, el Pitagorismo también hizo lo mismo, pero además de conservar la esencia de su antigua tradición la adaptó, y así se entiende que surgieran hombres como Sócrates y Platón, que crearon la Filosofía, o sea el “Amor a la Sabiduría”, a través precisamente de los “Diálogos”, que según nos recordaba Esquilo nacieron del pasaje de la unidad a la “díada”. En ellos está todo cuanto nosotros, los que estamos sumergidos en la hora más oscura del ciclo, necesitamos saber para salir precisamente de esa oscuridad.
 
También los “hombres de Tule” de nuestro tiempo se deleitan aprendiendo y registrando la esencia de las culturas que continúan manteniendo viva la memoria y el espíritu de la Tradición Primigenia. La voz de la Sabiduría Perenne se manifiesta con tonos y matices distintos, pero en el núcleo de todas las culturas y tradiciones esa voz permanece inalterable; en realidad es ella misma la que, resonando en nuestro interior, “liga” todos esos tonos y matices a la unidad de su Origen común.
 
Los hombres de Tule son muy conscientes de que en estos tiempos donde imperan el “pensamiento líquido” y la “posverdad” (¿nos hemos percatado de lo que realmente quieren decir estas dos expresiones?) su labor, por modesta que sea, está encaminada a mantener viva la llama de la Sabiduría, lo cual comporta necesariamente una didáctica, una enseñanza, que tiene como eje articulador la Doctrina metafísica revelada a través del símbolo y su lenguaje revelador, y que esa didáctica debe adecuarse a los tiempos, incluso a los más inhóspitos, para hacerla comprensiva a sus contemporáneos. Las obras respectivas de Federico González y de René Guénon son, en este sentido, paradigmáticas, pues como se ha dicho:
 
Nadie enciende una lámpara y la pone en sitio oculto, ni bajo el celemín, sino sobre el candelero, para que los que entren vean el resplandor”. (Lucas 12, 11-13).
 
Es evidente que estando en la culminación de un gran ciclo, la “luz” que resplandece de esa “lámpara” es más necesaria que nunca. Pero más adelante el evangelista también recoge estas otras palabras de Cristo:
 
Entre tanto se fue juntando la muchedumbre por millares, hasta el punto de pisarse unos a otros, y comenzó Él a decir a sus discípulos: Ante todo guardaos del fermento de los fariseos, que es la hipocresía, pues nada hay oculto que no haya de descubrirse, ni nada escondido que no llegue a saberse. Por esto, todo lo que decís en las tinieblas, será oído en la luz, y lo que habléis al oído en vuestros aposentos, será pregonado desde los tejados”. (Lucas 12, 1-3).
 
Frente a la hipocresía de los fariseos y sus falsedades, Cristo insta a sus discípulos a proclamar sus enseñanzas desde los tejados, o sea desde lo “más alto”, enseñanzas que ellos “oyeron” en sus “aposentos interiores”. Y que no se preocupen de lo que tengan que decir, porque el Espíritu “os enseñará en aquella hora lo que habéis de decir”. (Lucas 12, 12).
 
¡Qué alumbre esa luz ante los hombres, y que invoquen con todo su ser a la Unidad!
 
Conservar la memoria y el espíritu de la Tradición implica combatir al que la niega, la manipula o la malversa. Un combate que ha de hacerse con las armas que proveen las Ideas, y con ellas ir a las causas del “error” y la “desviación”, mostrando así las maniobras de los “hipócritas” y los “falsos profetas” de nuestro tiempo, expertos en “mezclar” lo verdadero con lo falso, y a quienes por ello mismo les está vedado el plano auténticamente espiritual.
 
La Doctrina metafísica, que expresa justamente al Conocimiento, es la coraza teórica necesaria para que la Inteligencia que ella vehicula se imponga como un eje ordenador del pensamiento, lo que incluye desde luego el “diálogo” como una manera de forjarlo, pero jamás la “polémica” y las trampas que nos tiende constantemente lo que los budistas llaman el “demonio de la dialéctica”. Los “hombres de Tule” nada tienen que ver con los “sofistas”, el reverso negativo del verdadero “amante de la Sabiduría”.
Francisco Ariza

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