MISCELÁNEA DE PENSAMIENTOS HERMÉTICOS. Francisco Ariza




jueves, 12 de septiembre de 2019

SOBRE LA TRADICIÓN UNÁNIME. ACERCA DE UN VERSÍCULO DEL APOCALIPSIS DE JUAN

La idea de “comer” y de “sabor” ligada con la Sabiduría a la que aludíamos en la nota anterior sobre la Tradición Unánime, evoca el episodio del Apocalipsis donde precisamente Juan Evangelista “come” el libro que le ofrece el ángel, sobre cuya cabeza estaba “el arco iris, y su rostro era como el sol, y sus piernas como columnas de fuego”:


Fuime hacia el ángel diciendo que me diese el libro. Él me respondió: “Toma y cómelo, y amargará tu vientre, mas en tu boca será dulce como la miel. Tomé el libro de mano del ángel y me puse a comerlo, y era en mi boca como miel dulce, pero cuando lo hube comido sentí amargadas mis entrañas. Me dijeron: Es preciso que de nuevo profetices a los pueblos, a las naciones, a las lenguas y a los reyes numerosos. (Apocalipsis, 10, 9-11).

San Juan comiendo el libro que le ofrece el ángel. Grabado de Alberto Durero

Este versículo se presta a distintas interpretaciones, todas ellas concordantes entre sí, como ocurre con muchos símbolos, y es evidente que estamos ante un símbolo, o conjunto de símbolos, que revelan elementos de la Enseñanza tradicional que no pertenecen solo al Cristianismo, aunque naturalmente la “forma” de expresarse sea la de este. Gracias precisamente a su alcance universal y metafísico dichas palabras pueden ser trasladadas al núcleo de otras tradiciones, en donde tendrían el mismo significado.

Por ejemplo, la expresión “toma y cómelo” se refiere claramente a la idea de trasmisión y recepción, lo cual define a la Tradición como tal, pues no puede haber transmisión sin recepción y posterior “asimilación” de lo que se recibe, que son ideas y principios que al “descender” sobre la individualidad humana dan lugar a la “conciencia del yo” (que la tradición hindú denomina ahankara, la modalidad individualizada de Buddhi, el Intelecto superior), y de donde deriva manas, el pensamiento propiamente humano igualmente individualizado, para desembocar finalmente en las envolturas substanciales y opacas de la carne y del cuerpo. Si este “asimila” los alimentos físicos, el alma “asimila” las ideas del Mundo inteligible.

Este “encadenamiento” vertical que vincula entre sí a todos los estados de un ser permite establecer las analogías y las correspondencias entre dichos estados, conformando finalmente todos ellos una unidad, la de ese ser mismo considerado en su totalidad: en cuerpo, alma y espíritu. Esta tríada, que constituye un ser completo como decimos, se corresponde y es exactamente análoga al Cuerpo, al Alma y al Espíritu Universal. Así pues, no hay ningún elemento en esa individualidad que no dependa en un grado u otro de sus principios y arquetipos universales, sin los cuales no existiría.

Precisamente, Buddhi, el Intelecto superior, es concebido como un “rayo luminoso” emanado directamente del Espíritu Universal (Atmâ). Buddhi sería entonces el vínculo entre el Espíritu y la individualidad, y a este respecto René Guénon señala (cap. VII de El Hombre y su devenir según el Vedanta) que Buddhi no “carece de relaciones con el Logos alejandrino”, esto es: con el Noûs Demiurgo, quien “ha creado el mundo entero no con las manos, sino por la palabra” (es decir por su Logos, Verbo o Intelecto) como leemos en el Corpus Hermeticum. Entonces, lo que le entrega el ángel a Juan, y lo que este “come” o “asimila” del Libro es precisamente esa Palabra, o Verbo generador, que también es Luz y Vida. Seguidamente, el ángel dice:

amargará tu vientre, mas en tu boca será dulce como la miel.

y Juan continúa:

Tomé el libro de mano del ángel y me puse a comerlo, y era en mi boca como miel dulce, pero cuando lo hube comido sentí amargadas mis entrañas.

El libro es dulce como la miel en la boca del apóstol porque su voluntad humana se ha hecho una con la Voluntad del Espíritu, pero al decir a continuación que le “sentí amargadas mis entrañas” Juan nos está advirtiendo que si nuestra voluntad no está en comunión con la Voluntad del Altísimo, el libro se volverá amargo en nuestras entrañas.

Es bastante notable esta advertencia de Juan escrita en el Apocalipsis, el texto que cierra el Antiguo y el Nuevo Testamento, y en donde se habla del “fin de los tiempos” y del “descenso” de la Jerusalén Celeste sobre la Tierra y el corazón del hombre, dando inicio al siguiente Manvantara o ciclo de una nueva humanidad, acontecimiento no solo humano y terrestre sino cósmico también, y que Juan describe con las siguiente palabras: “Y habrá un nuevo Cielo y una nueva Tierra”; tiempos de esperanza los nuestros, pero también de gran tribulación, en los que incluso muchos de los “elegidos” serán engañados, mostrándose así una debilidad espiritual en quienes han sido preparados para ser la simiente del “ciclo futuro”. El apóstol, en su visión profética, nos advierte de esta realidad, que está sucediendo ahora y sólo hay que tener “ojos para ver” y “oídos para oír”.

En este sentido, las entrañas aluden a lo más “entrañable” de lo humano, y que estas se “amarguen” significa que la voluntad del hombre se ha escindido de la Voluntad divina, cortándose así los canales por donde manan las aguas superiores hacia los mundos inferiores, aguas representadas por el arco iris, símbolo de la unión entre el Cielo y la Tierra. En un versículo de su Evangelio (el 7, 38) Juan nos da la clave para restablecer nuevamente esa “comunicación”, y narra un episodio que transcurrió durante la fiesta de los Tabernáculos:

En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.

Esa “creencia” desde luego nada tiene que ver con la adhesión a un personaje histórico, pues se trata del propio “Verbo encarnado”, que es al mismo tiempo “el Hijo del Hombre” y el “Hijo del Dios Vivo”. Esto mismo está implícito en Enmanuel, que es uno de los nombres que recibe Cristo al nacer y que significa: “Dios en nosotros”. Este sería el sentido más elevado contenido en la propia idea de Tradición Primordial, la cual existe precisamente por una emanación de ese Principio metafísico, que se “encarna” en lo humano porque en el hombre está esa posibilidad, dotándole de la trascendencia necesaria para superar la condición de un estado del ser, para “nacer” en el Espíritu. “El que cree en mí, como dice la Escritura (o la Tradición revelada), de su interior correrán ríos de agua viva”.

Esto último evoca aquellas palabras escritas por el propio Juan en su Evangelio en las que se relata el episodio del encuentro de Cristo con Nicodemo, que era miembro del Sanedrín y uno de sus discípulos secretos: “Hay que nacer de arriba”, señalándole a continuación que

el viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene, ni a dónde va. Así es todo aquel que es nacido del Espíritu. (Juan 3, 3-8).

Ese nacimiento en el Espíritu otorga el “don de lenguas”, que es a lo que se refiere justamente el último párrafo de la cita que hemos escogido del Apocalipsis:

Me dijeron: Es preciso que de nuevo profetices a los pueblos, a las naciones, a las lenguas y a los reyes numerosos.

El “don de lenguas” caracteriza a quienes, como Juan y otros apóstoles (su hermano Santiago, por ejemplo), han superado las formas tradicionales y beben de la fuente de la “eterna juventud”, que es una forma de denominar a la propia Tradición Primordial, o Tradición Unánime. O dicho de otra manera, que pueden adoptar cualquiera de esas formas para transmitir la Enseñanza cosmogónica y metafísica (“dulce como miel en la boca”), cuya esencia se les ha revelado a través de un intenso trabajo consigo mismos guiados por una Enseñanza emanada del “Corazón del Mundo”, y que tiene su expresión más preclara en el símbolo sagrado y sus códigos de conocimiento vehiculados por la “cadena de transmisión iniciática”. Por eso, a quienes son verdaderos “hermanos en el Espíritu” ninguna de las lenguas para transmitir dicha Enseñanza les es ajena, pues han penetrado en la esencia de todas ellas, en esa “santa simiente” de que habla el Zohar y los textos sapienciales de todas las tradiciones.

En este sentido, el “don de lenguas” ha de interpretarse también como la capacidad para hacer entender la Ciencia Sagrada a la mentalidad de los hombres y mujeres hacia los que ella va dirigida, y en cualquier tiempo y lugar, lo cual es otra de las características de la Tradición Unánime, pues como en algún momento señaló Federico González: “la revelación siempre es coetánea con el tiempo”.

No es, pues, la Verdad la que se ha ocultado a la mirada y al pensamiento de los hombres, sino a la inversa. La Verdad siempre ha estado ahí, ante nosotros, a veces en las encrucijadas de los caminos de la vida. Esto es lo que no entendió Poncio Pilatos, quien tras “lavarse las manos” le pregunta a Jesús el Cristo qué era la Verdad, ignorando que la tenía enfrente de él; en aquel que con su verbo daba testimonio de ella y con la que resucitaba a los muertos, y que además dejó dicho: “Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz” (Juan 18, 37), expresión que vale igualmente para la función que ha cumplido y cumple la Tradición Unánime en el extenso devenir de la historia humana. Francisco Ariza

miércoles, 4 de septiembre de 2019

SOBRE LA TRADICIÓN UNÁNIME


El meollo de lo que diremos a continuación, y en la siguiente entrega, seguramente ya lo hemos expuesto en varias ocasiones, pero siempre va bien recordar la vigencia de una Tradición Unánime, o Tradición Primordial, que se halla “unánimemente” en todas las formas tradicionales que han existido a lo largo de la Historia y en las que todavía existen, no exentas, sin embargo, del ocaso espiritual que vivimos en este tiempo, muy certeramente definido como “liquido”.

Pero esto es debido a la coyuntura temporal de un gran ciclo que se agota, y no afecta para nada a la esencia de la Tradición Unánime, a la que hemos de reconocer como presente en el núcleo de cada tradición particular, reconocimiento que, entre otras cosas, nos libra de caer en cristalizaciones dogmáticas, exclusivistas y fanáticas, propias de las religiones y exoterismos monoteístas en su degradación actual, en las que caen muchas veces personas que habiendo recibido una transmisión de carácter iniciático y esotérico no han podido superar el nivel literal del símbolo y del rito, que son en suma los vehículos y soportes de dicha transmisión, y que posibilitan el ascenso por el Eje del Mundo, o del Árbol de la Vida que está plantado en el centro de nuestro ser, aunque a veces no seamos muy conscientes de ello.

La Tradición Unánime se identifica con el propio Conocimiento, el cual no solo se limita a la Cosmogonía y a la Tri-unidad de los principios ontológicos, es decir al Ser, sino que abarca a los estados incondicionados, supracósmicos y auténticamente metafísicos. Y si hemos de hablar del “fruto” obtenido por ese Conocimiento este no sería otro que la Sabiduría, cuya raíz más íntima, y supraesencial podríamos decir, se nutre efectivamente de la “luminosa oscuridad” del No Ser (En Soph en la Cábala). A esa “luminosa oscuridad” alude Salomón al comienzo del Cantar de los Cantares cuando pone las siguientes palabras en boca de la Sulamita, imagen de la Sabiduría: “Soy morena, pero hermosa…”.

El comer de ese fruto quizás no otorgue la felicidad (tan relativa como cualquier otro estado de ánimo, pese a que durante el Imperio los romanos la considerasen un numen, felicitas, ligado con la “buena suerte”), pero sí puede dar la Libertad, con mayúsculas. El consejo de Pico de la Mirandola en su Discurso sobre la Dignidad del Hombre (del que hablamos en la Nota anterior) de poder elegir, en nuestro libre albedrío, la parte divina de nuestra naturaleza, tiene como fin último lograr esa Libertad, verdaderamente incondicional:

recogido en el centro de su unidad, hecho un espíritu con Dios, introducido en la misteriosa soledad del Padre…”.

Todo lo contrario de comer del Árbol de la Ciencia, o del Bien y del Mal, dual por definición, y que inevitablemente nos expulsa del centro de nuestro ser al maravillarnos con los “frutos de la Creación”, y no con sus principios, que también pueden ser “comidos”, y en este punto hemos de añadir que la raíz de la palabra “sabor”, sap, es la misma de “saber”, sapere, de ahí sapiencia, es decir sabiduría.[1] (Continúa). Francisco Ariza


[1] Sobre el sabor en relación con la sabiduría, ver la última nota a pie de página del capítulo IX de El Hombre y su devenir según el Vedanta, de René Guénon.


martes, 27 de agosto de 2019

"QUERER ES PODER"

Pico de la Mirandola comprendió la identidad esencial de todas las tradiciones y se estableció en el Corazón del Mundo. Bebió de las fuentes que otorgan la inmortalidad del alma, y su palabra y escritura eran el cauce por donde manifestar lo que su espíritu comprendía de sus visitas secretas al Parnaso y al Olimpo. De ahí su metafísica poética inspirada por las Musas, la que vio plasmada en los misterios Órficos a través de las enseñanzas transmitidas por los pitagóricos y los neoplatónicos, como Proclo, o Dionisio Areopagita, así como por los sabios de cualquier tradición con los que pudo tomar contacto. Es el caso de los cabalistas, muchos de los cuales procedían de Sefarad, España, los que trajeron consigo el tesoro de su sabiduría plegado en los textos emanados de la Torá celeste, y que él, nacido para la concordia, supo sintetizar con la prisca teología y el misterio cristiano, dando un nuevo impulso a la Tradición en Occidente, que ha llegado hasta nuestro días, un hecho insólito teniendo en cuenta la oscuridad que nos envuelve, o precisamente por ello.

La magia teúrgica de Pico atrajo el poder de los espíritus más sutiles del Universo, y su verbo encendido por la pasión hacia la Diosa Sabiduría siempre nos exhorta a reconocer la parte divina de nuestra naturaleza, y a ponerla en comunicación con las inteligencias y jerarquías angélicas, también llamadas estados superiores del ser. Es, en este sentido, un íntimo amigo, perteneciente a la “cadena áurea”, cuyos eslabones atraviesan los siglos, las edades y los eones llevando consigo la Luz, la Palabra y la Vida.

Con esta invocación: “Hermes: ¡Gran milagro, oh Asclepio, es el hombre”, comienza precisamente su Discurso sobre la Dignidad del Hombre. Esta idea del milagro de lo humano en el conjunto de la vida universal está en el meollo de este Discurso, y para no olvidarlo escribe las siguientes palabras, dirigidas también a cuantos tienen la oportunidad de leerlas:


Pero, ¿a qué todo esto? Para que entendamos –puesto que hemos nacido con la posibilidad de ser lo que queramos- que debemos cuidar de manera muy especial que no se nos eche en cara que, aun estando en una posición de privilegio, no nos dimos cuenta de ello y así nos volvimos semejantes a los animales irracionales y a las bestias carentes de juicio, sino que se diga más bien que atendimos a la expresión del profeta Asaf: “Sois dioses y todos hijos del Altísimo”. De modo que, abusando de la indulgentísima liberalidad del Padre, no convirtamos la libertad de opción, que Aquel nos ha concedido, de saludable en perjudicial para nosotros mismos. Invada nuestro ánimo cierta ambición sagrada para que, no contentos con la mediocridad, anhelemos alcanzar lo superior y nos esforcemos por conseguirlo con todas las fuerzas, puesto que podemos, si queremos. Francisco Ariza

domingo, 18 de agosto de 2019

CARENCIAS Y LIMITACIONES DE LA "ESTÉTICA"


La palabra “estética” viene de un término griego que quiere decir “sentir”, o “sensación”, por lo que está relacionada con todo aquello que tiene que ver con el “sentimiento” o lo “sensible”, especialmente en el terreno del arte, si bien se acabará extendiendo a todas las facetas de la vida del hombre contemporáneo. El primero que usó esta palabra fue el filósofo alemán Alejandro Baumgarten en el siglo XVIII, quien influido por el pensamiento de Descartes separó el elemento inteligible y metafísico de una obra de arte (así sea una pintura, una escultura, una arquitectura, etc.) de su elemento sensitivo y emocional, elementos ambos que siempre formaron parte de un todo, que era la idea de Belleza expresada en dicha obra.

Sus discípulos llevaron al extremo este concepto, creándose posteriormente una dualidad entre la apariencia exterior y el significado interior, entre la forma y el fondo; o sea se eliminó el aspecto simbólico que necesariamente tiene el elemento exterior y formal de una obra, el cual actúa de vehículo intermediario entre ese exterior y el interior, entre la cáscara y el núcleo, dicho en otros términos. De ahí se derivó una “teoría del conocimiento” que delimitaba este a las apariencias de las cosas (el conocimiento de lo sensible), y a las impresiones que estas producen en la psique, y que son totalmente subjetivas, sin tener en cuenta el espíritu interior, la verdadera causa de la obra de arte, o mejor hecha “con” arte, pues este no es propiedad de nadie, sino una cualidad que nace con el hombre y que se desarrolla mediante una instrucción basada en el verdadero conocimiento. En definitiva, se creó una ruptura entre la obra y el espíritu que la genera.

¿No es esto, en el fondo, lo que pasa hoy en día con todo? ¿Acaso no vivimos en un estado de constante ruptura y disgregación debido a que hemos creado una dualidad irreductible entre el “ser” y el “estar, entre “lo que soy” y “lo que hago”, al perderse el vínculo que unía a ambos en una relación de armonía? Hemos de recordar que la verdadera obra de arte es lo que cada uno puede hacer consigo mismo.

Las siguientes palabras de J. L. Borges expresan precisamente esa ruptura entre lo inteligible y lo sensitivo, la cual produce la sensación de que ciertas cosas y hechos contienen un lenguaje que quiere manifestarse ante nosotros, pero que nunca llega a hacerlo porque hay una clave que hemos perdido, si bien nunca hay que perder la esperanza de que la podamos recuperar:

"La música, los estados felices, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación que no se produce es, quizás, el hecho estético".

Estas palabras de Borges son recogidas por Federico González en El Simbolismo Precolombino (capítulo XVII), las cuales le sirven para hablar precisamente de la insuficiencia y limitaciones del “hecho estético”, incapaz por sí solo de captar la verdadera naturaleza de la obra de arte, captación que en todo caso, dice Federico, vendría por el carácter “evocativo” y simbólico de dicha obra. Por otro lado, esas mismas palabras también se pueden tomar como definitorias de lo que les sucede a muchas personas que se acercan a los temas de la Ciencia Sagrada y la Filosofía Perenne por el puro y simple “goce estético”, contra el cual nada tenemos que decir, naturalmente, pues el goce es algo personal y subjetivo. Sin embargo, otra cosa es considerar que el punto de vista estético es una condición necesaria para adentrase en una vía de Conocimiento, o incluso, como llegó a decir F. Schuon, que ella constituye una verdadera “cualificación iniciática”, lo cual es un auténtico despropósito.

Ese “goce estético”, en todo caso, tendría algún sentido en los estadios preliminares de una vía de Conocimiento y como resultado de una especie de “seducción” por el misterio y lo desconocido, pero que carece completamente de fundamento una vez se abandonan esos estadios preliminares al ampliar nuestra perspectiva gracias a la percepción o “revelación” de la Belleza, que resulta de la perfección de las relaciones que existen entre el espíritu y las cosas creadas, lo cual es una manera de definir también a la Armonía Universal. Precisamente, en la Cábala, la sefirah Tifereth (el corazón del Árbol de la Vida y emanación directa de Kether, la Unidad) significa tanto Belleza como Armonía. Ante ellas lo “estético” es un pálido reflejo invertido, como lo es el “confort espiritual”, que igualmente es una forma degenerada del hecho estético.

Lejos de cualquier veleidad estética, la revelación de la Belleza genera un estado de contemplación que, como señala Federico González en el mismo capítulo de Los Símbolos Precolombinos,

“no siempre puede ser conseguido de manera espontánea, o de modo natural, sino bien por el contrario, en la mayoría de los casos es el producto de un entrenamiento, de un aprendizaje paciente y concentrado, específicamente en una sociedad como la nuestra, totalmente alejada de las claves simbólicas y el conocimiento cosmogónico, la que debe más bien desprenderse de sus prejuicios estéticos y comenzar lentamente a recuperar la posibilidad de ver la verdad, absolutamente empañada por toda clase de intereses creados”.

Por otra parte, y en línea con todo esto, René Guénon habló en un momento dado (“Ceremonialismo y Esteticismo”, cap. XIII de Iniciación y Realización Espiritual) que la concepción estética termina por afectar con un "tinte" particular la manera en que los hombres consideran todas las cosas, y añade a continuación:

Se sabe que la concepción "estética" es, como su nombre por otra parte indica, la que pretende reducirlo todo a una simple cuestión de "sensibilidad"; es la concepción moderna y profana del arte lo que, como A. K. Coomaraswamy ha demostrado en numerosos escritos, se opone a su concepción normal y tradicional; elimina toda intelectualidad, incluso podría decirse toda inteligibilidad, y lo bello, lejos de ser el "esplendor de la verdad" como se le definía antiguamente, se reduce a no ser más que lo que produce cierto sentimiento de placer, luego algo puramente "psicológico" y "subjetivo".

Y a continuación añade que el “esteticismo” se vincula con el “ceremonialismo”, o sea con el gusto excesivo por la ceremonia y lo pomposo, desvirtuando la fuerza del rito a favor de lo que finalmente acabará siendo un simple “decorado”, o una “mascarada” hecha de fingimientos y falsas apariencias:

“Lo que hemos dicho acerca del gusto por las ceremonias propiamente dichas se aplica también, por supuesto, a la importancia excesiva y en cierto modo desproporcionada que algunos atribuyen a todo lo que es "decorado" exterior, llegando a veces, incluso en las cosas de orden auténticamente tradicional, hasta a querer hacer de este accesorio contingente un elemento totalmente indispensable y esencial, al igual que otros se imaginan que los ritos perderían todo su valor si no estuvieran acompañados de ceremonias más o menos "imponentes". Es aún quizá más evidente aquí que es de "esteticismo" de lo que se trata en el fondo, e, incluso cuando quienes se unen así al "decorado" aseguran hacerlo a causa del significado que ellos le reconocen, no estamos seguros de que no se engañen a menudo con ello, y de que no estén atraídos más bien hacia algo mucho más exterior y "subjetivo", por una impresión "artística" en el moderno sentido de la palabra; lo menos que se puede decir es que la confusión entre lo accidental y lo esencial, que subsiste de todos modos, es siempre el signo de una comprensión muy imperfecta”. Francisco Ariza 

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miércoles, 14 de agosto de 2019

ALGUNA CORRESPONDENCIA DE RENÉ GUÉNON


Nuestra amiga Emilia Agüero de Chazal está poniendo en su página de Facebook estos días de Agosto una serie de extractos de cartas de René Guénon en donde este, además de temas muy variados, trata también de cuestiones doctrinales acerca de ideas que expuso en algunos de sus numerosos libros, ampliándolas y abriendo nuevas perspectivas sobre las mismas. En este sentido podemos decir que dichas cartas tienen en sí mismas un valor añadido indiscutible.

Se estima que la correspondencia de Guénon es cuatro veces el volumen de su obra publicada, lo cual da la medida no solo del numeroso epistolario que mantuvo con sus colaboradores, sus conocidos, sus lectores (que ya en ese tiempo eran muchos), sus editores en distintos países del mundo, etc., sino que demuestra su entrega total a una función espiritual que se enmarca dentro del “fin de ciclo” que estamos viviendo. Guénon fue en el siglo XX la voz de la Tradición Unánime en Occidente, y su obra sigue siendo una guía intelectual para quien ligue con el sentido cosmogónico, ontológico y metafísico contenido en ella, que es de una sorprendente claridad didáctica, hasta el punto que parece haber sido trazada con compás, escuadra, plomada y nivel, dejando traslucir la “belleza de la Idea”, o sea “el esplendor de lo verdadero”, como diría Platón.

Esto es así, y por supuesto lejos de mi ánimo cualquier veleidad “guenoniana”. Esto para nada, que quede claro, entre otras cosas porque no soy ningún guenoniano, muchos de los cuales tienen una lectura muy literal de la obra de Guénon. Simplemente es un reconocimiento y un agradecimiento por la lucidez con la que expuso su pensamiento. Podrían matizarse algunas de las cosas que Guénon afirmó en su momento, pero son cuestiones secundarias que no han soportado el paso del tiempo, y que en nada afectan al núcleo de la doctrina que él expuso, fija e inmutable como el Polo celeste.

Especialmente interesantes me parecen las cartas donde Guénon denuncia a los que él denomina los “suizos” (con Frithjof Schuon a la cabeza), considerándolos unos parásitos de su obra, y que en absoluto están a su mismo nivel intelectual y espiritual, como algunos pueden llegar a pensar. Por las razones que fuesen Schuon no había llegado a comprender algo esencial, y que está en el origen de toda su desviación posterior: que la religión y la Metafísica son dos ámbitos completamente distintos, y por tanto no se pueden mezclar ni confundir. No deja de ser una ironía que esto no lo comprendiera alguien que, como Schuon, se consideraba a sí mismo un iniciado en el sufismo, cuando es precisamente en el Islam donde esos dos ámbitos están perfectamente delimitados, quizá más que en ninguna otra tradición. Mezclando la religión con la Metafísica se rebaja esta última al plano dogmático y devocional propio de la religión, o sea de lo exotérico (de exterior), con lo cual el sentido esotérico (de interior) e iniciático finalmente acabaría desapariciendo. En ese supuesto ¿dónde quedaría la realización espiritual y auténticamente metafísica, que es la que justifica la iniciación a los misterios, y hasta sus últimas consecuencias, por así decir? Es muy sintomático en este sentido que el primer libro publicado por Schuon se titulara “De la unidad trascendente de la religiones”, precisamente en un año, 1948, en el que Guénon ya estaba denunciando por carta sus desviaciones doctrinales.

Evidentemente esa “unidad trascendente”, para que sea tal, es decir para que “trascienda” las limitaciones de lo creado (que es a las que se circunscribe lo religioso) ha de provenir del ámbito metafísico. Esta es una cuestión a la que el propio Guénon dedicó muchas páginas, sabiendo lo “perjudicial” que era crear esa confusión entre los que buscan la realización por el Conocimiento, o sea por la Gnosis. Simplemente esa realización quedaría abortada. Aquí tenemos un ejemplo claro de la parábola evangélica del “trigo y la cizaña”, y todo el que la conozca sabrá de qué estamos hablando. El mal, en forma muchas veces de traición, se incuba también en el seno de las propias organizaciones iniciáticas, o allí donde se ha generado una influencia espiritual a través de la obra de un Maestro (en este caso Guénon, pero no solo de él) que vivifica un medio esotérico o hermético en decadencia, como sucedía en el Occidente de su tiempo.

El daño hubiera sido irreparable si el propio Guénon no hubiera actuado a través de su correspondencia dirigida a personas de su plena confianza. Y no solo eso, sino que empezó a publicar una serie de artículos que, aun sin nombrarlos explícitamente por sus nombres, estaban claramente dirigidos a denunciar las desviaciones de Schuon y sus partidarios. Este es el caso por ejemplo de “Ceremonialismo y esteticismo” y “Verdaderos y falsos instructores espirituales”, entre otros (todos esos artículos formaron parte tras la muerte de Guénon de “Iniciación y Realización Espiritual”).

Por eso mismo, cualquier iniciativa encaminada a “recordar” esas cuestiones siempre es bienvenida, pues sabemos el ascendiente que continúa teniendo Schuon (aunque menos) [1] y todos los que como él, en el fondo, confunden lo psíquico con lo espiritual. Desde aquí quiero felicitar y dar las gracias a Emilia Agüero de Chazal por esta feliz, oportuna y valiente iniciativa. Francisco Ariza

Nota
[1] A ello ha contribuido decisivamente, al menos en el ámbito de la lengua castellana, Federico González, el cual clarificó en su momento, y desde el punto de vista doctrinal, todo este asunto desde las páginas de la revista Symbolos junto a algunos de sus colaboradores, entre los que se encontraba quien esto escribe. Posteriormente, en 1998, la propia revista Symbolos publicó “Schuon versus Guénon”, dentro de su colección Cuadernos de la Gnosis nº 9. Aquí ponemos el enlace: http://symbolos.com/cg9vers1.htm

sábado, 10 de agosto de 2019

SOBRE LA "RUEDA DEL SAMSARA"


En algunos comentarios de la nota anterior se habló acerca de la “rueda del samsara” y de los tres animales (también llamados los “tres venenos de la mente”,una serpiente, un gallo y un cerdo, que representan respectivamente la soberbia, la avaricia y la ignorancia) que se encuentran en el centro de la misma. Esos comentarios nos han hecho recordar la importancia que tiene nacer en el estado humano, el cual ha sido bendecido con el “libre albedrío”, que como ya dijimos puede ser un arma de doble filo, pues parafraseando a Pico de la Mirándola, el hombre, dotado de esa libertad, puede escoger el camino de convertirse en un gusano, o bien llegar a las más altas cimas del Intelecto, e incluso ser:

“hijo de Dios, y, si no contento con la suerte de ninguna criatura, se repliega en el centro de su unidad, transformado en un espíritu a solas con Dios en la solitaria oscuridad del Padre, él, que fue colocado sobre todas las cosas, las sobrepujará a todas” (Discurso sobre la dignidad del hombre).

Esta es la miseria y la grandeza de lo humano. Por razones cíclicas lo primero es lo que hoy impera, sin embargo seguimos conservando la memoria de lo que era el hombre antes de la expulsión de la Patria original y la “caída” en el devenir del tiempo. Esa posibilidad siempre está ahí, esperándonos, como nos espera la Sabiduría tras los cortinajes de Maya, la “ilusión cósmica” sometida a la dialéctica de la dualidad como motor de la misma.

En el Corpus Hermeticum se dice: “¡Qué gran milagro es el hombre, Asclepio!”

Y en el budismo se afirma que nacer humano es muy difícil, y por tanto es una oportunidad que no se debe desaprovechar, quizá debido al lugar de intermediario que ocupa en el orden de la Existencia, y que le permite conectar lo inferior con lo superior, en sí mismo y con respecto al conjunto del cosmos. Nacer en el estado humano es tener la oportunidad de “despertar” no solo del sueño a que nos tiene sometido el formidable influjo del mundo sublunar, sino de despertar de esos otros sueños más sutiles y por ello más difíciles de considerar como tales, pues “dentro” de ellos viven nada menos que los dioses creadores y demiúrgicos (los devas y los asuras en términos hindo-budistas), aquellos a los que Proclo, el heredero de Platón, define como los dioses “encósmicos”, pertenecientes al cosmos, y que él diferencia de los dioses olímpicos, o “extracósmicos”, pues están “fuera” del cosmos o girar perenne de la Rota Mundi.

La Tradición (nada que ver con lo costumbrista y el folclore de pandereta, y ni mucho menos con el “tradicionalismo”) es también un estado que nos permite comprender, o mejor, “intuir” un hecho crucial: que lo humano, en tanto que conserva en sí mismo la semilla de la inmortalidad, es acreedor de un conocimiento que puede conducirle a la Sabiduría, y escapar así de la “rueda de las encarnaciones”.

En efecto la Tradición, y la doctrina cosmogónica y metafísica que ella articula, te puede guiar hasta un punto, hasta el momento en que de verdad has asimilado todo eso y estás preparado para asumir la soledad del “corredor de fondo”, donde solo te tienes a ti mismo, que no es poco, pues como señala la Tabla de Esmeralda: “lo de abajo (el microcosmos) es como lo de arriba (el macrocosmos), y lo de arriba como lo de abajo”. O sea que esa soledad es la del propio Ser que se mira a sí mismo en la miríada de criaturas que conforman la Creación entera. Es la presencia o inmanencia del Ser en todas y cada una de sus criaturas. Haber asumido esa realidad es estar preparado para las “nupcias alquímicas”, donde tu alma mercurial será recibida por el espíritu sulfuroso, y viceversa, haciéndose una sola entidad, en la solitaria y trascendente “oscuridad del Padre”. 

Rueda del Samsara

En esta imagen del budismo Mahayana podemos observar una representación de la rueda del samsara, o samsarachakra, en cuyo centro aparecen claramente los tres animales de la ignorancia, la soberbia y la avaricia. Toda la rueda está bajo el poder de Shinje (equivalente al Yama hindú), el “Señor de la Muerte”, que envuelve a la rueda con su cuerpo inconmensurable a punto de devorarla enteramente junto con todos los seres que contiene. Los “seis reinos” o “mundos” que la conforman son: el reino los devas, el de los asuras, el de los humanos, el de los animales, el de los pretas y el de los seres infernales. Por otro lado, es notorio observar cómo Yama es idéntico a esa otra figura de la cosmovisión hindú llamada Kâla-Mukha, considerada como una especie de “guardián del umbral”, o de la “Puerta Estrecha” dicho en términos cristianos, que impide el acceso a los estados incondicionados y metafísicos a quien no está preparado para recibirlos, pero que no pone ningún impedimento a quien, por el contrario, se ha hecho “uno con su Señor”. Francisco Ariza

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miércoles, 7 de agosto de 2019

¿TODO ESTÁ ESCRITO?


La amiga Adela González, a raíz de la nota anterior, comenta en forma de pregunta: “¿Maktub? ¿Todo está escrito?” De esa pregunta nace esta reflexión que quiero compartir con todos vosotros.

¿Todo está escrito”? Sí y no. Sí, en la medida que la Existencia universal constituye la expresión de las “letras trascendentes” escritas por la “pluma divina”, letras que constituyen el Libro de la Vida, y que, como señala René Guénon (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, cap. “La Ciencia de las Letras”), son todas las criaturas que, “después de haber sido condensadas principialmente en la omnisciencia divina, han descendido, por el soplo divino, a las líneas inferiores [del Libro de la Vida], para componer y formar el Universo manifestado”.

En el Universo manifestado, empero, las combinaciones entre las letras son múltiples e indefinidas, como son múltiples e indefinidas las jugadas que puede haber en una partida de ajedrez. De ahí que “no todo esté escrito”, es decir definido y fijado de antemano en el mundo del devenir, sino que de alguna manera en él todo está por escribir, o por jugar, y tu eres tu propio escritor o el jugador que ha de jugarse la carta de su destino, que no es cualquier cosa, ni algo que venga determinado por ninguna ley, ya sea esta cósmica o humana, pues como ya dijimos en la nota anterior, los “hados” influyen pero no determinan.

La posibilidad de ser es un privilegio dado al hombre, y tu destino te lo tienes que ganar, pero sabiendo que el “libre albedrío” es un arma de doble filo, ya que puedes elegir el camino equivocado, y no ese otro (el del Conocimiento) que te brinda la oportunidad de desarrollar todas tus cualidades innatas, o sea las esencias que conforman tu ser verdadero, el auténticamente original, palabra que viene de origen, y no precisamente de un origen temporal, pues también hay orígenes atemporales, como testifican todas las verdaderas doctrinas tradicionales.

Con lo cual tu auténtico destino es ese origen (la omnisciencia divina), el cual te otorgará la verdadera y genuina libertad, sin condiciones, pues es una con el conocimiento de ti mismo, de ahí la expresión de la metafísica islámica: “Quien se conoce a sí mismo, conoce a su Señor”. Todo lo que no sea eso, es volver nuevamente a la “rueda del samsara”, errando una vez más por los múltiples estados manifestados, cuando a lo mejor has tenido la oportunidad en esta vida de engancharte al hilo de Ariadna (símbolo de la Tradición) y escapar del laberinto.

¿Hasta cuándo erraremos? Eso está en nuestras manos, naturalmente con el auxilio que quieran brindarnos los dioses, que se divierten mucho viendo como intentamos salir del enorme embrollo en que vivimos, y que padecemos, dentro del laberinto. Francisco Ariza

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domingo, 4 de agosto de 2019

"LA COMPRENSIÓN DEL PRESENTE BORRA LOS ERRORES DEL PASADO"


Quién no se ha lamentado alguna vez de ciertos errores cometidos en el pasado y a continuación se ha dicho a sí mismo: “si pudiera volver atrás…”. Evidentemente hacia atrás no podemos volver, y lo que está hecho ahí quedó, como una foto fija e inamovible. A esto los antiguos llamaban fatum, “fatalidad”, pero en sentido restringido, pues este término también significa destino, de ahí los “hados del destino” en referencia a las energías de los astros, que influyen pero no determinan.

Sin embargo, las consecuencias de aquella acción errónea del pasado, teñida de fatum, que cometimos bien por ignorancia, soberbia, o por cualquier otro motivo, y que de tanto en tanto nos perturba y nos duele como una herida mal cicatrizada, esas consecuencias, decimos, sí pueden ser “rectificadas” operando directamente sobre ellas, lo cual solo es posible comprendiendo la causa, o causas, de aquella acción errónea. No es el pasado el que vuelve, sino las consecuencias de nuestros actos (el karma). Es en este sentido que se dice que estamos condicionados por el pasado.

Sin embargo, Federico González en alguna ocasión afirmó algo que está directamente relacionado con lo que estamos diciendo, a saber: que “la comprensión del presente borra los pecados, o los errores, del pasado”. En efecto, si logramos comprender las causas de nuestros errores, las consecuencias de los mismos en el presente quedarán por ello mismo neutralizadas, y ese equilibrio roto en alguna parte de nuestro ser se encontrará nuevamente restaurado.

Naturalmente, en esa comprensión va incluido el “arrepentimiento”, que es una forma de la rectificación, palabra que contiene la idea de rectitud y por tanto de eje, como hemos señalado en diversas ocasiones. Por eso no valen los autoengaños. 

Hay un “ojo que todo lo ve” del que no podemos sustraernos ya que se trata de nuestra propia “conciencia vigilante”, cuya naturaleza es conforme con el dharma, que es una manera de denominar la Justicia divina en tanto que expresa la Ley o Norma universal, ya sea a nivel macrocósmico como microcósmico. Es a esa conciencia a la que tarde o temprano tendremos que rendir cuentas de nuestras acciones, para así liberarnos de sus consecuencias, cualquiera que estas sean, pues si bien ponemos el acento en los errores, también debemos liberarnos de nuestros supuestos “aciertos”, que igualmente pueden condicionarnos. De hecho es de los errores de los que mejor y más rápidamente se aprende, como dicta la propia experiencia.

En cualquier caso, toda rectificación que se haga bajo estos parámetros es en sí misma un rito, palabra que contiene en su etimología la idea de un “orden” interno, de ahí su fuerza y poder de “sanación”, mucho más eficaz que cualquier visita al psicólogo (valga la ironía), pues no se pueden curar los “males del alma” sin salir de la esfera donde estos se producen. Somos prisioneros encerrados en la caverna de que habla Platón en la República, donde solo se proyectan sombras de objetos y cosas iluminados por un fuego que arde en la parte superior de la misma, y sólo cuando los prisioneros se dan cuenta de que además de este fuego existe la luz del Sol, mucho más potente y que penetra en la caverna por su parte más alta y cenital, es cuando verdaderamente desean salir de la caverna tenebrosa, que es como una burbuja flotando en el inconmensurable cuerpo luminoso de Visnú, el dios que restaura los permanentes desequilibrios de la Vida cósmica, así sea del conjunto de esta, o la de un mundo y de cada una de las criaturas que lo habitan.

Ciertamente, comprender esto requiere de un trabajo previo llevado a cabo con el auxilio y la guía de una Tradición sapiencial, entregándonos a su enseñanza y procurando asimilarla sin los anteojos de los prejuicios, en su gran mayoría heredados del medio socio-cultural y familiar. Mediante esa guía, efectivamente comprenderemos con la mente y el intelecto, pero actuaremos bajo el impulso de la voluntad. Solo el conocimiento puede liberarnos del encadenamiento de causas y efectos, pero es requisito indispensable “querer” de verdad esa liberación.

Cuando esto es así, ese “querer” encontrará eco en el “Querer” del Gran Arquitecto, que es su propia Voluntad, inseparable de la Inteligencia (o Providencia) que gobierna el Mundo. Bajo esa perspectiva completamente nueva veremos que los errores que hayamos cometido a nivel individual habrán sido en realidad notas discordantes que finalmente concurrirán en el gran concierto de la Armonía Universal. Será entonces cuando nuestro karma, o el conjunto de todas nuestras acciones, pasadas, presentes e incluso futuras, estarán en conformidad con el dharma, habiéndonos sumado a un Orden, “que es su Nombre”, y nuestro verdadero destino. Francisco Ariza

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