MISCELÁNEA DE PENSAMIENTOS HERMÉTICOS. Francisco Ariza




domingo, 26 de enero de 2020

UNA APROXIMACIÓN SIMBÓLICA A LA "REALIDAD SUB-ATÓMICA"

Nuestro amigo Juan Ríos, ha dicho en un comentario a la nota anterior sobre “Los Colores de los Dioses”, y a raíz de otro comentario que yo mismo había realizado sobre la naturaleza del color en contestación a otro amigo (Plutonium Good), lo siguiente: “Por qué referir el color a lo subatómico. Eso no es la realidad de nada”.
Desde luego puedo entender lo que dice Juan Ríos, y hasta yo mismo estaría de acuerdo con él en esta cuestión si entendiéramos por “nada” un concepto mucho más profundo que el de la simple inexistencia de algo: el No Ser metafísico. Por otro lado, yo utilizaba el color en lo subatómico como un ejemplo para hablar de que en el Cosmos todo es cuestión de proporción, recordando que “el Señor todo lo ha dispuesto en medida, número y peso”, como dice Salomón en el libro de la Sabiduría.
Por otro lado, le doy las gracias a Juan Ríos porque su observación me ha llevado a reflexionar sobre una idea que hace tiempo quería plantear aquí, y es el hecho de que el mundo subatómico, o cuántico, al contrario de lo que pudiera pensarse, sí constituye la base de todo cuanto existe en la “realidad física”, por muy infinitesimalmente pequeño que sea ese mundo, que por cierto tiene mucho más de vacío que de materia corporal, lo cual ya nos da una pista acerca de cómo es la estructura del mundo físico a esos niveles tan extremadamente pequeños; que no es tan sólida como la que podemos apreciar a nuestra escala humana.
Esto nos acerca a planteamientos metafísicos muy interesantes si tomamos esa relación asimétrica vacío/lleno como el símbolo de una realidad mucho más intangible y sutil que trasciende dicha estructura, y por cierto también la de nuestro mundo aparentemente más sólido.  
En este sentido, en el mundo subatómico las partículas pueden convertirse en ondas (energía invisible hecha de luz o de sonido), y las ondas en partículas, o sea que pueden cambiar de naturaleza dependiendo del momento. Esto provoca lo que se ha dado en llamar en la física cuántica “el principio de incertidumbre”, o “de indeterminación”, o sea que la realidad subatómica (que está en la base, repetimos de la realidad física, ya sea microcósmica o macrocósmica) se rige por leyes donde el componente de azar es muy elevado. En este sentido, no nos extraña que ya Marsilio Ficino, siguiendo a Platón, afirmara que “la realidad es un caos pintado de formas” (la cursiva es nuestra).
Precisamente, muchos siglos antes de que los físicos modernos desarrollaran sus teorías acerca de la naturaleza de la luz, Proclo, otro gran intérprete de Platón, quizás el más importante, planteaba que “el espacio no es otra cosa que la sutilísima luz”. Creo que en esta definición está integrada ya la idea del intercambio de las ondas y de las partículas, pues identificando el espacio con la “sutilísima luz”, podemos deducir que esta contenía esas partículas infinitesimales, pero al mismo tiempo no por ello dejaba de tener también sus propiedades “ondulatorias”, pues dichas ondas (o vibraciones, incluidas las sonoras) no se propagan por el aire, sino por el éter, el elemento más sutil y homogéneo que existe en el mundo físico, ya sea a escala subatómica o a otras escalas inconmensurablemente más grandes, como el universo galáctico, hasta tal punto que penetra todos los demás cuerpos y elementos –tierra, agua, aire y fuego-, que derivan de él por diferenciación.
Si hay una mutación de onda en partícula y de partícula en onda (y viceversa), o sea de un cuerpo (por pequeño que sea) en una energía ondulatoria, que se propaga por el éter como decimos, esto querría decir que a otro nivel de percepción la “frontera” entre ambos estados de la luz (partícula y onda) es muy estrecha, por no decir inexistente.
De todo esto deducimos dos cosas. Primera: que a esos niveles subatómicos (tanto como a niveles macrocósmicos, o sea en los dos extremos de la escala creacional física) existiría la posibilidad de concebir lo que significa el “paso al límite”, que desde el punto de vista simbólico es el paso de la realidad del cambio y de la mutación permanente de las formas, al orden de los principios ontológicos e inmutables.
Segunda: que la ruptura de la frontera, o límite, entre esos dos estados de la “sutilísima luz” (y considerándola siempre por analogía simbólica sin poner nunca al mismo nivel lo físico y lo metafísico, lo corporal y lo espiritual), un ser “es” y “no es” al mismo tiempo; que hay en él la posibilidad simultánea de “ser” y de “no ser”, y que si esta aparente contradicción la pudiéramos conciliar en nuestra conciencia sería lo más próximo a experimentar el estado metafísico no condicionado, en donde cualquier “principio de incertidumbre” se ha transformado inexplicablemente en una certeza liberadora. Francisco Ariza

miércoles, 1 de enero de 2020

DEL "NACIMIENTO DE LOS DIOSES" Y DE "DIOS EN NOSOTROS"

Recordábamos en la nota anterior que los cinco últimos días del año eran vividos entre los antiguos aztecas como un “regreso al caos” indeterminado. Eran los días nemontemi “baldíos”, “nefastos”, o “llenos de vacío”, y que todo eso facilitaba experimentar el no ser, como paso necesario para todo verdadero cambio de estado.

En otras tradiciones, como la Egipcia, estos mismos días no tenían ese cariz que le daba la cosmogonía azteca, si bien coincidía con ella en ese carácter “atemporal”, en los que el tiempo ha dejado de existir como tal. Estos días fueron creados por Thot (el Hermes egipcio), y se llamaban heru renpet "los que están por encima del año", o sea los que no están en el tiempo, por eso también recibían el nombre de mesut necheru "del nacimiento de los dioses", concretamente de cinco de ellos: Osiris, Isis, Horus, Neftis y Seth.

Eran días vividos como nuevas posibilidades dentro del “tiempo atemporal” y mítico donde “nacen los dioses”, posibilidades que se volcarán sobre el cosmos determinando así el curso del gran tiempo cíclico donde se cumplen los destinos de todos los seres manifestados. Se dice que Thot durante el nacimiento de los dioses evitó que a estos les diera la luz de Jonsu, el dios lunar, o sea que durante el parto de los cinco dioses Thot retiró toda referencia a la medida del tiempo, ya que la luna, con sus movimientos periódicos (Jonsu quiere decir “viajero”), genera las primeras medidas del curso temporal advertidas por el hombre. Ritualmente se vive el regreso al tiempo mítico, atemporal, teogónico, donde nacen los dioses a perpetuidad.

Si en un ejercicio de analogía simbólica esto lo trasladamos a la tradición cristiana, esos días “abismales”, “por encima del tiempo” o “del orden cósmico”, comenzarían tras el día de Navidad, prolongándose hasta el último día del año. Es como si en realidad este, el año-tiempo, terminara el 25 de Diciembre con el nacimiento de Cristo, y no diera comienzo nuevamente hasta el 1 de Enero, consagrado a Emmanuel, “Dios con nosotros”, o “en nosotros”, que es el nombre del Mesías anunciado por los ángeles (equivalentes a los dioses) con las siguientes palabras: "Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad". (Lucas 2: 8-14).

Jacob Böhme. Cristo convirtiéndose en humano. El triángulo central invertido simboliza la “matriz cósmica” donde se genera el Hijo de Dios y del Hombre.

Emmanuel, que santifica el primer día del “año nuevo” es como una promesa o germen del nacimiento de “Dios en el hombre”. Es una posibilidad real que se realiza en y gracias al tiempo y sus ciclos, como el de los 360 días del “año civil” (un modelo a escala de los grandes ciclos cósmicos), días que se corresponden con los 360 grados de la circunferencia. Cada uno de esos días está consagrado a un aspecto de la divinidad a través de sus intermediarios humanos y celestes (al igual que en todas las cosmogonías) contribuyendo al crecimiento interior de ese germen, crecimiento que en el Cristianismo (y en la antigua tradición de Mitra) culmina el 25 de Diciembre con el nacimiento del “Sol Invicto”, del Niño-Dios, o Niño-Alquímico, pues se trata de la transmutación o regeneración de la naturaleza humana en su Principio divino, lo cual no sería posible si ese Principio no estuviera ya presente en el corazón de lo humano. Francisco Ariza


sábado, 28 de diciembre de 2019

LOS DÍAS NEMONTEMI, O "LLENOS DE VACÍO"


Entre los aztecas y otros pueblos mesoamericanos había una diferencia de cinco días entre el calendario civil de 360 días y el año solar o trópico de 365. Esos cinco días eran considerados como "nefastos" y recibían el nombre de nemontemi, los "días baldíos", abismales, que "se llenan de vacío", expresión que puede parecer un contrasentido pero que ilustra muy bien la idea de la absoluta ausencia de todo tipo de actividad humana durante ese período.

Dentro de ese vacío que “todo lo llena” no hay movimiento y por consiguiente ni espacio ni tiempo. Son los días en que el mundo se sumerge en el caos y en la oscuridad pre-cósmica, anterior a todo tipo de existencia, para volver a renacer nuevamente con el fuego del año nuevo, al que insufla la energía de su calor y su luz. Ese caos abismal era un componente fundamental en la concepción cosmogónica y metafísica náhuatl.


Los cinco días nemontemi

En el fondo, todas las culturas coinciden sobre esto en lo esencial, y han celebrado los últimos días (o el último) del año, como un tiempo que “no existe”. La vivencia de ese vacío, de esa ausencia de toda referencia espacio-temporal también incidía en la experiencia de la iniciación sapiencial. En el sistema de correspondencias entre el macrocosmos y el microcosmos, el vacío pre-cósmico es análogo al vacío en la conciencia humana, necesario para la regeneración espiritual, o sea para el "nuevo nacimiento" y el ingreso en la realidad de lo sagrado.

Recordemos en este sentido que nemontemi también quiere decir "días que completan lo vivido". ¿Y qué sería ese completar sino la experiencia misma del vacío interior? O sea, "borrar" de la conciencia toda referencia profana que impida precisamente esa regeneración. Nemontemi son los días inútiles, los que no sirven para nada, y he ahí precisamente su verdadero valor, pues es, en esencia, la vivencia de lo que "no es" la que se experimenta en ellos. 

Como nos recuerda Federico González en su Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos: "Todo el mundo conoce la utilidad de ser útil, pero nadie conoce la utilidad de no ser útil para nada". (Chuang Tzu. Obra. Libro 1, capítulo IV).

Todo verdadero cambio de estado (y todo año que comienza es un nuevo estado, o ciclo, del Ser del Tiempo) se produce en la más completa oscuridad de las "tinieblas interiores", en la "noche oscura del alma". Francisco Ariza
(En el día de San Juan Evangelista, 27-12-2019).


viernes, 13 de diciembre de 2019

AL HILO DEL MITO DE PROCUSTO

Con estas palabras me sumo a los amigos que han dejado su reflexión en la anterior nota acerca del mito de Procusto. Está claro que los mitos lo dicen todo. No hay comportamiento humano que no esté descrito en los mitos, que tienen el apelativo de "ejemplares" porque constituyen patrones de pensamiento que arrojan luz sobre aquello que deberíamos aceptar para la realización de nuestra verdadera esencia, y asimismo sobre lo que deberíamos rechazar porque precisamente es lo que está negándola. Los mitos son certezas, o sea realidades de nuestro ser, que afloran por la comprensión de la enseñanza que transmiten, y que excluye todo tipo de moralismos y de “buenos” y “malos”. No hay “pecados” sino errores que hay que resolver, o “disolver”. Como símbolos que son, los mitos resuelven polarizaciones estériles por la conciliación de opuestos.

Centrándonos en este aspecto de la realización interior, el síndrome de Procusto es un verdadero problema para quienes están poseídos por él, pues de una "posesión" se trata: nada menos que del espíritu inquisitorial. No es casualidad en este sentido que los métodos de tortura que utilizaban los inquisidores clásicos son los que ya utilizaba Procusto: la sierra de cortar miembros y el estiramiento de los brazos y las piernas, el desgraciadamente famoso "potro", entre otros.

Hoy en día, afortunadamente, ya no se emplean esos métodos brutales, pero no por ello ese "espíritu" ha desaparecido. Como es consubstancial a la naturaleza humana “caída” pervive como una bacteria alimentada por el odio, el rencor y el desprecio más injustificados. La verdad es que hay algo de "mecánico", o de "robótico", en ese pensamiento uniformizador que niega al ser y la libertad. Pero en el fondo subyace un complejo, ya sea el de inferioridad (que no soporta el talento de otros porque saben que adolecen de él), o el de superioridad, que tampoco lo soportan porque son los únicos que creen poseerlo. También pueden darse ambos complejos en la misma persona. La falsa humildad y la soberbia son, respectivamente, sus señas de identidad.

Teseo, un héroe solar, no se anda por las ramas con Procusto: le aplica los mismos métodos que él utilizaba, porque como bien nos recuerda el refranero: "Quien siembra vientos, recoge tempestades". Francisco Ariza


miércoles, 11 de diciembre de 2019

EL MITO, Y EL SÍNDROME, DE PROCUSTO

Bien sabemos que los mitos constituyen una enseñanza que, a la luz de los arquetipos simbólicos, esclarece la multiplicidad de aspectos que reviste la psique o alma humana. Hemos encontrado en la página de un amigo de Facebook la definición de un mito no muy conocido, el mito de Procusto, del cual nos ha llamado la atención precisamente esa definición, designándola como el síndrome, o síntoma, de una anomalía. Leemos:

“ESTE SÍNDROME DEFINE A AQUELLOS QUE, AL VERSE SUPERADOS POR EL TALENTO DE OTROS, DECIDEN MENOSPRECIARLOS. INCLUSO DESHACERSE DE ELLOS. EL MIEDO LOS LLEVA A VIVIR EN UNA CONTINUA MEDIOCRIDAD, DONDE NO AVANZAN NI DEJAN QUE OTROS LO HAGAN”.

Estudiando este mito, nosotros añadiríamos que también incurren en ese síndrome personas con una exagerada estimación por ellos mismos, o sea narcisistas hasta la médula, que al ver que otros destacan más que ellos (por las razones que fuesen) reaccionan de una manera donde la ética, por ejemplo, brilla por su ausencia, naciendo en ellos el menosprecio más absoluto.

Quién no ha conocido alguna vez a personas así, incluso uno mismo puede haber sido una de ellas en un momento determinado, o sea un estúpido mediocre, o lleno de soberbia igualmente mediocre, preso de una energía que lo que hace es impedir el crecimiento interior, de él mismo y el de los demás. Pero afortunadamente siempre ha habido la mano o el consejo sabio de un amigo, o un hermano, o algo que se ha movido dentro de nosotros, esa “luz” que ilumina en la más profunda oscuridad, que nos ha advertido de ese “enemigo interno”, y lo ha rechazado de plano al advertir la trampa y el engaño. Gracias a Dios.


Teseo luchando contra Procusto

Veamos que nos dice el mito. Procusto, o Procustes, significa “el que estira”. Pero también recibe el nombre de Damaste, “el que encoge”, “el que avasalla” o “el que controla”, y asimismo Polipemón, “el que causa muchos males”. Esta entidad vivía en el Ática y era un posadero que con maneras muy suaves y amables invitaba a los viajeros a acostarse en una cama de hierro con unas determinadas medidas, de tal manera que si el cuerpo del viajero sobrepasaba dichas medidas, Procusto lo amordazaba a las cuatro esquinas y le serraba la cabeza y los pies hasta ajustarlo a ellas, o bien, si su cuerpo era más pequeño lo “estiraba” (de ahí su nombre) hasta descoyuntar sus extremidades. Utilizaba sobre todo el martillo e instrumentos de hierro, lo cual encuadra a Procusto dentro del simbolismo de las entidades herreras del inframundo, pero en un sentido completamente distinto al que por ejemplo tiene el dios Hefesto o los Cabirios, deidades ctónicas al servicio de los dioses olímpicos, y relacionadas con los misterios iniciáticos del fuego. Nada que ver con Procusto y semejantes.

La cuestión es que el viajero tenía que amoldarse a esas medidas, que en realidad no eran sino una metáfora del pensamiento uniformizador de Procusto, rasgo que por otro lado revela, pese a las apariencias, una “desmesura” en sus acciones. No en vano Procusto era de la raza de los “gigantes”, vestigios residuales de seres de otros ciclos anteriores al nuestro, y contra muchos de los cuales lucharon los héroes y dioses olímpicos. La Gigantomaquia ("Guerra de los Gigantes") habla de esas luchas entre estos y los dioses olímpicos.

Precisamente ese régimen de terror impuesto por Procusto acabó cuando uno de esos héroes, Teseo (el mismo que mató al Minotauro, otro ser monstruoso, aunque por otros motivos), le aplicó la misma medicina que él empleaba con los viajeros. Esta fue la última hazaña de Teseo, el cual "limpió" de esos seres inframundanos el camino que conducía a Eleusis, al centro sagrado.

Todas las inquisiciones (en el sentido negativo y más común de este término, y que no solo pertenecen al ámbito religioso o exotérico), han tenido y tienen ese afán por uniformizar el pensamiento, e incluso las conductas. Y utilizan análogas torturas a la de Procusto. Hay que librarse (liberarse) de ellas. Intentan controlarnos, avasallarnos, encogernos, estirarnos, causar muchos, muchos males, y utilizar todas las tretas posibles para que sucumbamos al “sueño del mundo larvario”. Son las “rémoras” o “dificultades” con que se encuentra todo aquel que ha decidido aventurarse en la búsqueda del Sí Mismo.

En efecto, para quienes transitan en la vía del Conocimiento o Gnosis, todo esto debe tomarse como “pruebas” que han de ser superadas por lo alto, es decir invocando a las Inteligencias que rigen nuestro verdadero destino, que tienen nombres y atributos, gracias a los cuales no solo podemos invocarlas sino reconocerlas en nosotros mismos. Si el “ángel mueve la estrella”, no es esta la que ha de ser el centro de nuestra atención y concentración, sino ese ángel, o dios, que la mueve con su espíritu. FranciscoAriza

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miércoles, 16 de octubre de 2019

ACERCA DE LA 'METAXIS' PLATÓNICA O LA 'PARTICIPACIÓN EN LAS IDEAS'


Estas líneas tienen su origen en una conversación, vía sms, que mantuve hace unos meses con uno de los amigos de Facebook. Tratamos de la “metaxis” y de si esta se puede identificar con el Mundo o Plano Intermediario, esa “región” del Alma Universal situada entre el mundo sensible y el inteligible.

La metaxis, o metaxy, es un concepto que menciona Platón en distintos lugares de su obra, y que permite entender una de las claves de su filosofía, o mejor dicho de la Filosofía, ya que el maestro griego no expuso un sistema filosófico propio (al modo de los filósofos modernos), sino una enseñanza heredada en sus aspectos fundamentales del pitagorismo, el mito arcaico, los presocráticos y el propio Sócrates naturalmente, enseñanza que él interpreta y da forma a través de los diálogos, es decir del uso de la palabra humana iluminada y dirigida por el Logos, pues de lo que se trata es de encontrar la “idea”, o el concepto si se quiere, que está en la esencia de las cosas. 

En la obra de Platón, y de sus discípulos e intérpretes más fieles a su pensamiento (caso de Proclo) existen numerosas referencias al Plano Intermediario, equivalente al “Mundo Imaginal” de ciertos metafísicos islámicos árabes y persas, quienes también recibieron la herencia de Platón y los neoplatónicos. 

Pero hablando de la metaxis, esta no debe asimilarse exactamente al Plano Intermediario tomado en su conjunto. Metaxis significa “participación” y más concretamente “participación con o en las ideas”. Sin participar del Mundo de las Ideas (que es el único realmente existente y del que derivan todos los demás) las cosas y los seres sólo serían sombras fugaces, como las que relata Platón en el mito de la caverna. Pero aunque no sea exactamente lo mismo, dicha participación en las Ideas es posible gracias al Plano Intermediario, que no solo separa el mundo terrestre del celeste, sino que los “une” y los vincula entre sí. Por cierto que ese mismo papel es el que desempeña el símbolo, en tanto que entidad intermediaria que promueve la capacidad de dar “forma” al mundo de las ideas que se revela en la conciencia. 

Mas para que ello sea posible, es decir para que esa “participación” en el Mundo Inteligible se haga efectiva, es necesario que el ser reciba una influencia espiritual, representada o simbolizada muchas veces por un “rayo luminoso” emanado directamente del Espíritu. En este sentido, la tradición hindú habla de Buddhi, o Intelecto Superior, como un rayo luminoso emanado de Atmâ, el Espíritu o Ser Universal, rayo que se proyecta sobre la individualidad humana despertando en ella la “conciencia del yo” (ahamkara), que nada tiene que ver con el “ego”, pues dicha conciencia no es otra cosa que el reflejo de ese mismo Intelecto en el alma humana, y por medio del cual esta se “organiza” en todas sus funciones, sutiles, mentales y corporales. Pero lo importante es advertir que sin la presencia de Buddhi, sería imposible esa “participación” en el Mundo de las Ideas. 

Vemos así que Buddhi es en esencia lo mismo que el Logos platónico, que es igualmente el intermediario entre el Mundo de los Arquetipos y la individualidad humana. El Logos, o Verbo, se simboliza también como un rayo luminoso que proviene del Noûs-Dios, es decir del Ser Universal. Ese rayo determina con su influencia que nuestra alma pueda elevarse y “concebir” en sí misma esos arquetipos, “participando” de sus beneficios espirituales y contribuyendo así a su propia regeneración y transmutación. 

De ahí que Buddhi, o el Logos, sea nuestro principio trascendente, que no sólo es capaz de “actualizar” las posibilidades contenidas en el estado humano individual, sino que se constituye en un auténtico eje o escala por donde podemos ir ascendiendo y conociendo nuestras auténticas posibilidades supraindividuales, ontológicas y metafísicas. Francisco Ariza

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lunes, 30 de septiembre de 2019

LA "TIERRA PROMETIDA"

Jacob Boehme. Esfera Filosófica, 1682


Lo primero que experimentamos cuando comprendemos una idea-fuerza, que es una clave del misterio del mundo, es la percepción de acceder a un orden que nos preexiste, que siempre ha estado ahí, pero cuya “estructura” no tiene una forma definida, o más bien diríamos que contiene todas las formas en potencia, pues es lo más parecido a una esfera diáfana y cristalina (como una "pompa de jabón"), o a los círculos ondulatorios del sonido expandiéndose por el éter o por la superficie serena de las aguas, por utilizar unas imágenes que, por su tenue liviandad, quizás expresan mejor que ninguna otra lo que serían los prototipos o modelos de los que devienen todas las formas, ya fuesen mentales o físicas, siendo ellos, en sí mismos, sin forma.

Ese orden sin formas, es decir “informal”, es lo que en la Cábala se denomina “mundo de Beriyah”, al que se accede tras el "pasaje" por el laberinto de Yetsirah, el mundo de las "formaciones" psíquicas antes de que estas se concreten en sus cualidades sensibles dando lugar al mundo corpóreo, que la Cábala denomina Assiyah. Este es el motivo, precisamente, de por qué el "viaje iniciático" se realiza en sentido contrario al proceso de manifestación, pues de la realidad corporal se pasa al mundo de las formaciones sutiles y de estas al de los prototipos informales, que son, a su vez, la emanación directa del Mundo Inteligible de los Arquetipos y de las Ideas Puras, llamado de Atsiluth, palabra que recordaremos quiere decir tanto "emanación" como "proximidad", lo cual es para meditar detenidamente, pues lo que desde un punto de vista nos parece lo más lejano o inaccesible, es en realidad lo más "cercano". Aquella expresión tan conocida de que "Dios está más cerca de ti que tu propia yugular" cobra aquí pleno sentido, y nos habla de la extraordinaria didáctica de la Ciencia Sagrada. 

Pero antes de alcanzar esas cimas "tan próximas", hemos de llegar a Beriyah, paso intermedio imprescindible donde se vivirá la plenitud del estado humano, o sea la “Tierra Prometida”, un mundo nuevo sin dimensiones ni limitaciones pues constituye la parte superior del Alma Universal, iluminada por la luz axial de un Sol inmutable, que no es otro que el Corazón del Mundo (la sefirah Tifereth), la fuente de donde brota el ritmo que infunde la vida a todas las criaturas manifestadas, ya sean sutiles o corporales. En este sentido, el grabado de Jacob Boehme de más arriba y con el que ilustramos estos pensamientos, expresa precisamente esta idea. Beriyah es un mundo todavía inexplorado y virginal, aunque presentido, pues en algún momento del tiempo inconmensurable nuestra alma estuvo allí, contemplando los orígenes perennes de la Creación y a las criaturas angélicas, o dioses demiúrgicos, colaborando con el Sumo Arquitecto en esa Obra Magna que es la génesis del Mundo, la cual constituye el modelo de todo proceso hermético e iniciático, proceso que no es otra cosa que el "reconocimiento" de esa realidad en nuestra conciencia, coadyuvando así a su universalización. (1)

Esa memoria permanece viva en nuestra alma y por eso siempre existe la posibilidad de actualizarla, y este es fundamentalmente el papel asignado a los símbolos sagrados, cuyo conocimiento tiene la virtualidad de “afinar” nuestra capacidad de comprender, de presentir o de intuir, intelectual y espiritualmente hablando, aquello que la mente racional no puede por sus propias limitaciones. Esa "intuición" es también una "audición", la audición metafísica, la que permite escuchar las "armonías secretas" que vinculan a todos lo seres creados, y a la Creación misma, con su Principio Increado.

La remembranza de esas realidades superiores es quizás el único anclaje que tenemos para no quedar completamente perdidos en las “aguas inferiores” del mundo yetsirático, sometido al "poderoso influjo lunar", y en donde los cambios y las multiplicidades que ellos generan son lo único permanente.

Precisamente, en los textos evangélicos se aconseja no acumular tesoros en la tierra, donde se apolillan, sino acumularlos en el cielo, donde ni se apolillan ni hay ladrón que pueda robarlos, y concluye diciendo que allí donde esté nuestro tesoro estará también nuestro corazón. En el caso de los tesoros "terrestres" no se trata tanto de las riquezas materiales como de las adherencias y ataduras psíquicas contraídas por el contacto con el mundo profano, y que impiden la permeabilidad y comunicación entre todos los estados del ser. Este es el sentido iniciático de esa otra parábola que enseña que es más fácil que un camello pase por el "ojo de una aguja" que un "rico" entre en la Ciudad Celeste.

Vaciarse de todo eso es imprescindible para que el Intelecto haga “acto de presencia” y llene ese vacío con su verbo inaudible, o ilumine con su luz intangible esa “noche oscura del alma”. Fecundada por el Espíritu, esta se reconocerá de nuevo a sí misma en un mundo significativo y formando parte de la Armonía del Concierto Universal. Francisco Ariza

(1) Para algunos Beriyah es la meta a conseguir, para otros sin embargo el lugar imprescindible para realizar la travesía por las aguas superiores y adentrarse en los abismos desconocidos de Atsiluth, morada del Ser o de la Tri-unidad divina, a quien entregarás esa plenitud de tu individualidad, es decir tu “yo” (que nada tiene que ver con el "ego", y que no es distinto del Sí Mismo), en un supremo "acto sacrificial" en el que simultáneamente serás el sacrificador y la víctima.

jueves, 12 de septiembre de 2019

SOBRE LA TRADICIÓN UNÁNIME. ACERCA DE UN VERSÍCULO DEL APOCALIPSIS DE JUAN

La idea de “comer” y de “sabor” ligada con la Sabiduría a la que aludíamos en la nota anterior sobre la Tradición Unánime, evoca el episodio del Apocalipsis donde precisamente Juan Evangelista “come” el libro que le ofrece el ángel, sobre cuya cabeza estaba “el arco iris, y su rostro era como el sol, y sus piernas como columnas de fuego”:


Fuime hacia el ángel diciendo que me diese el libro. Él me respondió: “Toma y cómelo, y amargará tu vientre, mas en tu boca será dulce como la miel. Tomé el libro de mano del ángel y me puse a comerlo, y era en mi boca como miel dulce, pero cuando lo hube comido sentí amargadas mis entrañas. Me dijeron: Es preciso que de nuevo profetices a los pueblos, a las naciones, a las lenguas y a los reyes numerosos. (Apocalipsis, 10, 9-11).

San Juan comiendo el libro que le ofrece el ángel. Grabado de Alberto Durero

Este versículo se presta a distintas interpretaciones, todas ellas concordantes entre sí, como ocurre con muchos símbolos, y es evidente que estamos ante un símbolo, o conjunto de símbolos, que revelan elementos de la Enseñanza tradicional que no pertenecen solo al Cristianismo, aunque naturalmente la “forma” de expresarse sea la de este. Gracias precisamente a su alcance universal y metafísico dichas palabras pueden ser trasladadas al núcleo de otras tradiciones, en donde tendrían el mismo significado.

Por ejemplo, la expresión “toma y cómelo” se refiere claramente a la idea de trasmisión y recepción, lo cual define a la Tradición como tal, pues no puede haber transmisión sin recepción y posterior “asimilación” de lo que se recibe, que son ideas y principios que al “descender” sobre la individualidad humana dan lugar a la “conciencia del yo” (que la tradición hindú denomina ahankara, la modalidad individualizada de Buddhi, el Intelecto superior), y de donde deriva manas, el pensamiento propiamente humano igualmente individualizado, para desembocar finalmente en las envolturas substanciales y opacas de la carne y del cuerpo. Si este “asimila” los alimentos físicos, el alma “asimila” las ideas del Mundo inteligible.

Este “encadenamiento” vertical que vincula entre sí a todos los estados de un ser permite establecer las analogías y las correspondencias entre dichos estados, conformando finalmente todos ellos una unidad, la de ese ser mismo considerado en su totalidad: en cuerpo, alma y espíritu. Esta tríada, que constituye un ser completo como decimos, se corresponde y es exactamente análoga al Cuerpo, al Alma y al Espíritu Universal. Así pues, no hay ningún elemento en esa individualidad que no dependa en un grado u otro de sus principios y arquetipos universales, sin los cuales no existiría.

Precisamente, Buddhi, el Intelecto superior, es concebido como un “rayo luminoso” emanado directamente del Espíritu Universal (Atmâ). Buddhi sería entonces el vínculo entre el Espíritu y la individualidad, y a este respecto René Guénon señala (cap. VII de El Hombre y su devenir según el Vedanta) que Buddhi no “carece de relaciones con el Logos alejandrino”, esto es: con el Noûs Demiurgo, quien “ha creado el mundo entero no con las manos, sino por la palabra” (es decir por su Logos, Verbo o Intelecto) como leemos en el Corpus Hermeticum. Entonces, lo que le entrega el ángel a Juan, y lo que este “come” o “asimila” del Libro es precisamente esa Palabra, o Verbo generador, que también es Luz y Vida. Seguidamente, el ángel dice:

amargará tu vientre, mas en tu boca será dulce como la miel.

y Juan continúa:

Tomé el libro de mano del ángel y me puse a comerlo, y era en mi boca como miel dulce, pero cuando lo hube comido sentí amargadas mis entrañas.

El libro es dulce como la miel en la boca del apóstol porque su voluntad humana se ha hecho una con la Voluntad del Espíritu, pero al decir a continuación que le “sentí amargadas mis entrañas” Juan nos está advirtiendo que si nuestra voluntad no está en comunión con la Voluntad del Altísimo, el libro se volverá amargo en nuestras entrañas.

Es bastante notable esta advertencia de Juan escrita en el Apocalipsis, el texto que cierra el Antiguo y el Nuevo Testamento, y en donde se habla del “fin de los tiempos” y del “descenso” de la Jerusalén Celeste sobre la Tierra y el corazón del hombre, dando inicio al siguiente Manvantara o ciclo de una nueva humanidad, acontecimiento no solo humano y terrestre sino cósmico también, y que Juan describe con las siguiente palabras: “Y habrá un nuevo Cielo y una nueva Tierra”; tiempos de esperanza los nuestros, pero también de gran tribulación, en los que incluso muchos de los “elegidos” serán engañados, mostrándose así una debilidad espiritual en quienes han sido preparados para ser la simiente del “ciclo futuro”. El apóstol, en su visión profética, nos advierte de esta realidad, que está sucediendo ahora y sólo hay que tener “ojos para ver” y “oídos para oír”.

En este sentido, las entrañas aluden a lo más “entrañable” de lo humano, y que estas se “amarguen” significa que la voluntad del hombre se ha escindido de la Voluntad divina, cortándose así los canales por donde manan las aguas superiores hacia los mundos inferiores, aguas representadas por el arco iris, símbolo de la unión entre el Cielo y la Tierra. En un versículo de su Evangelio (el 7, 38) Juan nos da la clave para restablecer nuevamente esa “comunicación”, y narra un episodio que transcurrió durante la fiesta de los Tabernáculos:

En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.

Esa “creencia” desde luego nada tiene que ver con la adhesión a un personaje histórico, pues se trata del propio “Verbo encarnado”, que es al mismo tiempo “el Hijo del Hombre” y el “Hijo del Dios Vivo”. Esto mismo está implícito en Enmanuel, que es uno de los nombres que recibe Cristo al nacer y que significa: “Dios en nosotros”. Este sería el sentido más elevado contenido en la propia idea de Tradición Primordial, la cual existe precisamente por una emanación de ese Principio metafísico, que se “encarna” en lo humano porque en el hombre está esa posibilidad, dotándole de la trascendencia necesaria para superar la condición de un estado del ser, para “nacer” en el Espíritu. “El que cree en mí, como dice la Escritura (o la Tradición revelada), de su interior correrán ríos de agua viva”.

Esto último evoca aquellas palabras escritas por el propio Juan en su Evangelio en las que se relata el episodio del encuentro de Cristo con Nicodemo, que era miembro del Sanedrín y uno de sus discípulos secretos: “Hay que nacer de arriba”, señalándole a continuación que

el viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene, ni a dónde va. Así es todo aquel que es nacido del Espíritu. (Juan 3, 3-8).

Ese nacimiento en el Espíritu otorga el “don de lenguas”, que es a lo que se refiere justamente el último párrafo de la cita que hemos escogido del Apocalipsis:

Me dijeron: Es preciso que de nuevo profetices a los pueblos, a las naciones, a las lenguas y a los reyes numerosos.

El “don de lenguas” caracteriza a quienes, como Juan y otros apóstoles (su hermano Santiago, por ejemplo), han superado las formas tradicionales y beben de la fuente de la “eterna juventud”, que es una forma de denominar a la propia Tradición Primordial, o Tradición Unánime. O dicho de otra manera, que pueden adoptar cualquiera de esas formas para transmitir la Enseñanza cosmogónica y metafísica (“dulce como miel en la boca”), cuya esencia se les ha revelado a través de un intenso trabajo consigo mismos guiados por una Enseñanza emanada del “Corazón del Mundo”, y que tiene su expresión más preclara en el símbolo sagrado y sus códigos de conocimiento vehiculados por la “cadena de transmisión iniciática”. Por eso, a quienes son verdaderos “hermanos en el Espíritu” ninguna de las lenguas para transmitir dicha Enseñanza les es ajena, pues han penetrado en la esencia de todas ellas, en esa “santa simiente” de que habla el Zohar y los textos sapienciales de todas las tradiciones.

En este sentido, el “don de lenguas” ha de interpretarse también como la capacidad para hacer entender la Ciencia Sagrada a la mentalidad de los hombres y mujeres hacia los que ella va dirigida, y en cualquier tiempo y lugar, lo cual es otra de las características de la Tradición Unánime, pues como en algún momento señaló Federico González: “la revelación siempre es coetánea con el tiempo”.

No es, pues, la Verdad la que se ha ocultado a la mirada y al pensamiento de los hombres, sino a la inversa. La Verdad siempre ha estado ahí, ante nosotros, a veces en las encrucijadas de los caminos de la vida. Esto es lo que no entendió Poncio Pilatos, quien tras “lavarse las manos” le pregunta a Jesús el Cristo qué era la Verdad, ignorando que la tenía enfrente de él; en aquel que con su verbo daba testimonio de ella y con la que resucitaba a los muertos, y que además dejó dicho: “Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz” (Juan 18, 37), expresión que vale igualmente para la función que ha cumplido y cumple la Tradición Unánime en el extenso devenir de la historia humana. Francisco Ariza

miércoles, 4 de septiembre de 2019

SOBRE LA TRADICIÓN UNÁNIME


El meollo de lo que diremos a continuación, y en la siguiente entrega, seguramente ya lo hemos expuesto en varias ocasiones, pero siempre va bien recordar la vigencia de una Tradición Unánime, o Tradición Primordial, que se halla “unánimemente” en todas las formas tradicionales que han existido a lo largo de la Historia y en las que todavía existen, no exentas, sin embargo, del ocaso espiritual que vivimos en este tiempo, muy certeramente definido como “liquido”.

Pero esto es debido a la coyuntura temporal de un gran ciclo que se agota, y no afecta para nada a la esencia de la Tradición Unánime, a la que hemos de reconocer como presente en el núcleo de cada tradición particular, reconocimiento que, entre otras cosas, nos libra de caer en cristalizaciones dogmáticas, exclusivistas y fanáticas, propias de las religiones y exoterismos monoteístas en su degradación actual, en las que caen muchas veces personas que habiendo recibido una transmisión de carácter iniciático y esotérico no han podido superar el nivel literal del símbolo y del rito, que son en suma los vehículos y soportes de dicha transmisión, y que posibilitan el ascenso por el Eje del Mundo, o del Árbol de la Vida que está plantado en el centro de nuestro ser, aunque a veces no seamos muy conscientes de ello.

La Tradición Unánime se identifica con el propio Conocimiento, el cual no solo se limita a la Cosmogonía y a la Tri-unidad de los principios ontológicos, es decir al Ser, sino que abarca a los estados incondicionados, supracósmicos y auténticamente metafísicos. Y si hemos de hablar del “fruto” obtenido por ese Conocimiento este no sería otro que la Sabiduría, cuya raíz más íntima, y supraesencial podríamos decir, se nutre efectivamente de la “luminosa oscuridad” del No Ser (En Soph en la Cábala). A esa “luminosa oscuridad” alude Salomón al comienzo del Cantar de los Cantares cuando pone las siguientes palabras en boca de la Sulamita, imagen de la Sabiduría: “Soy morena, pero hermosa…”.

El comer de ese fruto quizás no otorgue la felicidad (tan relativa como cualquier otro estado de ánimo, pese a que durante el Imperio los romanos la considerasen un numen, felicitas, ligado con la “buena suerte”), pero sí puede dar la Libertad, con mayúsculas. El consejo de Pico de la Mirandola en su Discurso sobre la Dignidad del Hombre (del que hablamos en la Nota anterior) de poder elegir, en nuestro libre albedrío, la parte divina de nuestra naturaleza, tiene como fin último lograr esa Libertad, verdaderamente incondicional:

recogido en el centro de su unidad, hecho un espíritu con Dios, introducido en la misteriosa soledad del Padre…”.

Todo lo contrario de comer del Árbol de la Ciencia, o del Bien y del Mal, dual por definición, y que inevitablemente nos expulsa del centro de nuestro ser al maravillarnos con los “frutos de la Creación”, y no con sus principios, que también pueden ser “comidos”, y en este punto hemos de añadir que la raíz de la palabra “sabor”, sap, es la misma de “saber”, sapere, de ahí sapiencia, es decir sabiduría.[1] (Continúa). Francisco Ariza


[1] Sobre el sabor en relación con la sabiduría, ver la última nota a pie de página del capítulo IX de El Hombre y su devenir según el Vedanta, de René Guénon.