MISCELÁNEA DE PENSAMIENTOS HERMÉTICOS. Francisco Ariza

lunes, 18 de mayo de 2020

ANOTACIÓN SOBRE EL SER Y EL NO-SER


El Ser es un punto en la inmensidad del No-Ser

A raíz del escrito sobre el Infinito metafísico varios amig@s han compartido sus impresiones sobre determinadas cuestiones que allí tratamos, como por ejemplo las relaciones entre el Ser y el No-Ser, al que, como señalamos, no deberíamos confundir con la “nada”, que es la negación pura y simple. De la nada, nada puede ser creado, por eso la creación “ex-nihilo” es un absurdo, pues no existe nada en el universo que pueda carecer de un principio.

El No-Ser no niega al Ser, y por tanto tampoco a la existencia, a cualquier tipo de existencia, que siempre emana del Ser, pues este es su principio. La doctrina metafísica nos enseña que el Ser es el No-Ser afirmado (como la Unidad es el Cero afirmado), lo cual significa que el Ser mismo “nace” del No-Ser, por lo tanto diríamos que el No-Ser es el principio del Ser, existiendo un vínculo entre ambos, y un vínculo claramente jerárquico, pues el Ser es un punto en la inmensidad del No-Ser, teniendo en cuenta que lo espacial sirve aquí de explicación puramente simbólica.

Esto lo explica muy bien la Cábala (y más concretamente el Zohar) cuando al mencionar el significado de la letra “Iod”,, que es la primera del Tetragrama Iod-He-Vau-He puesto en relación con los cuatro planos y las diez sefiroth del Árbol de la Vida, nos dice que dicha letra se corresponde con las dos primeras sefiroth, Kether y Hokmah, la “Corona” y la “Sabiduría” respectivamente. Pero añade que a Kether (que es el Ser) solo le corresponde la punta superior de la letra, mientras que el resto de la misma pertenece a Hokmah, la Sabiduría. Pues bien, esa parte superior, dice el Zohar está enraizada en Ain, literalmente “Nada”, pero en el sentido del No-Ser. O sea que la raíz del Ser se “nutre” del No-Ser, y esto significa que la propia existencia del Ser tiene sentido a partir de lo no-manifestado. Si el Ser “envuelve” a toda la existencia como una emanación de él mismo, el No-Ser “envuelve” al Ser, y el Infinito metafísico a ambos, con lo cual este, a pesar de que se exprese con un término negativo (Infinito = “No finito”), sin embargo constituye en verdad la más absoluta y plena afirmación que se pueda concebir, puesto que lo contiene Todo sin distinción de ninguna clase, en la plenitud de su Suprema Identidad.

II
Creer que existen estados no manifestados y que jamás se manifestarán, choca inevitablemente con nuestra mentalidad actual, que no ha sido educada en la enseñanza metafísica, ni tan solo en una forma de encarar la filosofía como una predisposición hacia el conocimiento metafísico (que sí está en la filosofía de Platón, de Proclo, de Dionisio Areopagita, de Nicolás de Cusa y otros filósofos neoplatónicos y herméticos), y que por tanto es incapaz no solo de concebir sino de pensar siquiera que puedan haber estados más allá del Ser y sus emanaciones existenciales. Para empezar, sería una manera de negar la idea del Infinito metafísico, o de la Posibilidad Universal, así llamada porque ella contiene tanto las posibilidades de manifestación (que estarían condicionadas por el hecho de su propia manifestación) como las posibilidades de no manifestación, que no están sujetas a condicionamiento alguno.

Por eso mismo, cualquier ser considerado en su totalidad, es decir en cuerpo, alma y espíritu, comprende tanto los estados de manifestación como los estados de no-manifestación.[1] Y así como el Ser universal (Kether) tiene su principio en el No-Ser (Ain), los estados manifestados de ese mismo Ser, el ser humano por ejemplo, tienen su principio metafísico en un estado no manifestado, de ahí que sea dicho estado el que asegure a ese ser su permanencia y su verdadera identidad. Dice a este respecto René Guénon que si un ser cualquiera solo fuese considerado en su estado manifestado sin referirlo a su principio inmanifestado, dicha permanencia e identidad no serían sino ilusorias,

“puesto que el dominio de la manifestación es propiamente el dominio de lo transitorio y de lo múltiple, lo que implica modificaciones continuas e indefinidas”.[2]

El solo pensamiento de que nuestra conciencia puede albergar estados que no están manifestados y que nunca se manifestarán como tales, puede abrirnos perspectivas realmente nuevas en nuestra vida. Por de pronto relativizaremos muchas de las cosas a las que dábamos una importancia absoluta. Pero sobre todo nos sobrecogeremos ante la sola idea de un Misterio insondable, cuya ausencia en la manifestación no lo hace menos majestuoso, menos “presente” paradójicamente. 

Muchas veces ese Misterio puede producir temor, pero ese es en realidad el “temor de Dios” de que se habla en los textos sapienciales, que bien entendido es el profundo respeto que sentimos hacia lo sagrado, aun sin saberlo. Otras veces ese temor es simplemente la resistencia de una parte de nosotros a aceptar esa realidad inasible, pero es todo lo contrario a lo que nos imaginamos, pues si lo meditamos bien, en ella, en su no condicionamiento, encontraremos la esperanza de nuestra propia liberación, que en definitiva no será sino una absorción plenamente consciente en nuestro Origen Increado. Francisco Ariza





[1] Estos últimos se conciben a través de la “intuición intelectual”, que es un “órgano” que solo posee el Espíritu, y únicamente puede ser “despertado” bajo su influencia, siendo esta en realidad toda la labor del “trabajo iniciático” propiamente dicho.
[2] Los estados múltiples del Ser, cap. III.

miércoles, 13 de mayo de 2020

SOBRE EL INFINITO METAFÍSICO


El Infinito, concepto metafísico que no hay que confundir con lo “indefinido”, que como su palabra indica es lo “no definido”, no puede ser abarcado ni por las criaturas que habitan en la Tierra ni por las que habitan en el Cielo. Lo Infinito, idéntico a lo Ilimitado, no está sometido a las condiciones de espacio y tiempo ni de cualquier otro tipo impuestas por la manifestación en cualquiera de sus planos o niveles, que en la Cábala están designados con los nombres de Assiyah (mundo corporal), Yetsirah (alma inferior) y Beriyah (alma superior). Tampoco el Infinito cabría en el plano más alto de la manifestación, que es el dominio de la Triunidad de los principios ontológicos, referidos al Ser (Atsiluth), con la única salvedad de que este, el Ser, siendo el Principio de la manifestación es en sí mismo increado, y en este sentido no estaría condicionado por esa manifestación, que emana de él.
Recogiendo un legado intelectual que se remonta a los orígenes de la Filosofía, los sabios y hermetistas medievales hasta Nicolás de Cusa, dejaron escrito que: “Dios es una esfera inteligible, cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”.
En realidad esta es una idea que, expuesta de diferente manera, está presente en todas las doctrinas tradicionales, ya sean de Occidente o de Oriente, lo que sucede es que tal y como la formulamos aquí pertenece al lenguaje de la filosofía occidental, que no es el que empleaba Salomón, el rey-poeta, autor entre otros del libro de la Sabiduría y el Cantar de los Cantares. Salomón es heredero de una tradición que basa su concepción del mundo en una metafísica del lenguaje centrada en el conocimiento del Nombre inefable de Dios, que sólo se revela a través de sus atributos creacionales, simbolizados por letras, nombres y números que, entretejidos entre sí, escriben perennemente el Libro de la Vida. Sin embargo, en las siguientes palabras podemos encontrar esa misma idea de lo Ilimitado, a saber: que Dios, o el Ser en tanto que principio de todas las cosas manifestadas, no puede estar contenido en los límites de la Creación, de ahí que su circunferencia no está en ninguna parte de Él mismo:
Pero ¿es verdad que Dios morará sobre la tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener; ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?” (I Reyes, 8, 27).
Esa casa es evidentemente el Templo de Jerusalén, construido durante su reinado con las "medidas" simbólicas del Cosmos.
En efecto, Dios no está limitado por ninguna criatura, pero está en cada una de ellas pues sin él no existirían. La trascendencia metafísica de Dios no se contradice con su inmanencia en la Creación. El No-Ser contiene al Ser en la totalidad de sus posibilidades existenciales, pero el No-Ser es un punto, un germen, en el corazón del Ser. ¿Puede el pensamiento racional comprender lo que esto significa? Es obvio que no, y sin embargo, al concebirlo mentalmente de algún modo habremos dado un paso importante para atravesar esas “grandes aguas” que son el Mundo Intermediario o Alma del Mundo (o sea Yetsirah y Beriyah), más allá del cual se encuentra el Mundo Arquetípico (Atsiluth), el dominio del Ser Universal, o de la Triunidad de los principios ontológicos. 
Las personas que toman a las ideas metafísicas como parte esencial de su realización interior saben que el conocimiento de la Cosmogonía no es el fin de esa realización, sino el medio o el vehículo que les puede conducir al conocimiento de su autor: el Ser, también llamado Gran Arquitecto del Universo. Pero, como dijimos antes, el Ser en Sí Mismo, en su Esencia, es inefable e incognoscible para el ser individual, o dicho de otra manera: el conocimiento que podamos tener de Él se limitará tan solo a los atributos con que se manifiesta, incluida la Triunidad ontológica, pero jamás a su Esencia inmanifestada, la que pertenece enteramente al dominio del No-Ser.
El término de No-Ser pertenece a la metafísica taoísta, si bien tiene su análogo en el Ain de la Cábala, término que se traduce por “Nada”, entendiendo nada no en el sentido corriente del término, sino como lo inefable, sobre lo cual nada puede decirse a través del lenguaje o de cualquier otro medio o representación simbólica. Es significativo que en hebreo la palabra Ain (Nada) tenga las mismas letras que Ani (Yo, en el sentido de Ser) pero dispuestas de otra manera.
En nuestro estudio Las Corrientes Hispánicas de la Cábala[1] señalamos a este respecto que:
“Ain, el Dios incognoscible y trascendente se revela en Ani (Yo), que es el Ser Universal, o Dios como inmanencia creadora. Para Azriel [cabalista medieval de la escuela de Gerona], Dios es considerado como el Infinito impersonal (Ain), y el Infinito personificado (Ani), que es propiamente el principio de la Creación. Esta idea está ya presente en el Sefer Yetsirah (“Libro de las Formaciones” atribuido míticamente a Abraham)), la obra fundacional de la Cábala, en donde se dice: “Él hizo de su nada su ser, y no ha dicho: él hizo el ser de nada. Esto nos enseña que la nada es el ser y que el ser es la nada”.
II
Ambos, Ain y Ani, lo que “No es” y el “Ser”, conformarían el Ain Sof (o En Sof), literalmente “Sin Límites”, o sea el Infinito propiamente dicho. Por tanto, el Infinito es al mismo tiempo Ser y No-Ser, sonido y silencio, lleno y vacío, manifestado y no-manifestado, inmanente y trascendente, y es en este sentido y porque contiene y abarca tanto a lo uno como a lo otro, que la idea de Infinito es idéntica a la No-Dualidad, o Suprema Identidad. Por consiguiente, la noción del Infinito es la más completa de todas las Ideas metafísicas, y la única que puede hacernos auténticamente libres de todo condicionamiento. 

San Juan, en su Evangelio, recogiendo las palabras de quien dijo de sí mismo: "Yo soy el Alfa y el Omega, principio y fin" (expresión que conviene perfectamente a la naturaleza del Ser universal) dejó escrito que: "La Verdad os hará Libres", y la Verdad se identifica con la propia Idea del Infinito metafísico, tal y como se dice en una de las enunciaciones fundamentales del Vêdânta: "Brahma es la Verdad, el Conocimiento, el Infinito".[2]  
A propósito de esto, René Guénon, en el cap. XXXII de Iniciación y Realización Espiritual, recoge las siguientes palabras de Ananda Coomaraswamy, que hacen referencia a lo que estamos diciendo:
"Es preciso haber pasado más allá de lo manifestado (lo cual está representado por el paso ‘más allá del Sol’) para alcanzar lo no-manifestado (la ‘oscuridad’ entendida en su sentido superior), pero el fin último está todavía más allá de lo no-manifestado; el término de la vía no se alcanza en tanto que Atmâ no sea conocido a la vez como manifestado y no-manifestado"; para llegar a él [añade Guénon] se debe entonces pasar aún ‘más allá de la oscuridad’, o, como expresan algunos textos, ‘ver la otra faz de la oscuridad’. De otro modo, Atmâ puede ‘brillar’ en sí mismo, pero no ‘irradia’; es idéntico a Brahma,[3] pero en una sola naturaleza, no en la doble naturaleza comprendida en Su única esencia”.
Evocando esa “única esencia”, que es el Infinito, el sabio taoísta Tchoang-tseu, dejó escritas las siguientes palabras, en las que reconocemos pasajes que evocan la "docta ignorancia" de Nicolás de Cusa, de la que Federico González ha dicho que representa el más alto grado de Conocimiento:
«El Infinito ha dicho: yo no conozco el Principio; esta respuesta es profunda; la Inacción ha dicho: yo conozco el Principio; esta respuesta es superficial. El Infinito ha tenido razón al decir que no sabía nada de la esencia del Principio. La Inacción ha podido decir que Le conocía, en cuanto a Sus manifestaciones exteriores… No conocer-Le, es conocer-Le (en Su esencia); conocer-Le (en sus manifestaciones), es no conocer-Le (tal cual es en realidad). ¿Pero cómo comprender eso, que es no conociendo-Le como se Le conoce? — He aquí como dice el Estado Primordial. El Principio no puede ser entendido; lo que se entiende, no es Él. El Principio no puede ser visto; lo que se ve, no es Él. El Principio no puede ser enunciado; lo que se enuncia, no es Él… El Principio, no pudiendo ser imaginado, tampoco puede ser descrito. El que hace preguntas sobre el Principio, y el que las responde, ambos muestran que ignoran lo que es el Principio. Del Principio, no se puede preguntar ni responder lo que Él es» (Tchoang-tseu, XXII; traducción del Padre Wieger). 
Francisco Ariza 
https://www.franciscoariza.com/




[1] Cuadernos de la Gnosis Nº2 (Symbolos, 1993).

[2] René Guénon: Los Estados Múltiples del Ser, cap. XVI.

[3] Guénon se refiere al Supremo o Incondicionado Brahma (Brahma nirguna), no a Brahma saguna, el dios creador, integrante de la Trimurti hindú junto a Visnú y Shiva.


Tchoang-tseu

martes, 14 de abril de 2020

CUANDO EL DIOS SHIVA DEJA DE DANZAR


La danza de Shiva es el propio movimiento creacional. Señala Federico González (Simbolismo y Arte, cap. III) que el movimiento es “la proyección espacial del tiempo”, ya que este no lo podemos medir si no es a través del movimiento en el espacio. El movimiento liga, así, el tiempo y el espacio. Pero cuando Shiva deja de danzar esto significa que ya no hay espacio que permita el movimiento de esa danza, o sea que el tiempo y el espacio se han fundido en una sola realidad, imposible de definir, por ser absolutamente inefable: es la “vivencia de la eternidad”. ¿Cómo explicar eso?

Cuando Shiva deja de danzar se produce la transformación del tiempo en un solo y absoluto instante sin solución de continuidad. El “instante” es inaprehensible, y por la misma razón tampoco es “computable” por decirlo de alguna manera gráfica, que siempre es simbólica al ser la descripción esquemática de una Idea, en este caso de la idea del no-tiempo.

En efecto, cuando Shiva y su Shakti (su potencia creadora) cesan en su perenne copulación, la ecuación espacio-tiempo queda abolida de inmediato. Si ya no hay movimiento, si los ritmos entrelazados no encuentran eco donde expandir su cadencia armónica, el Cosmos queda absorbido en su Principio, en su Origen increado. En ese instante todos los seres y mundos advierten que sus corazones están atravesados por el hilo de Atma, en perfecta simultaneidad. 

Ese “advertir” es un despertar de la conciencia que nos permite realizar el pasaje “de lo individual a lo universal”, lo cual es imposible que ocurra en el tiempo, pero que sí ha sido con la ayuda del tiempo como lo podremos realizar, por eso el propio Federico González, en ese mismo capítulo, nos dice que el tiempo es una manifestación del Amor divino. El tiempo podría ser descrito simbólicamente como una sucesión de instantes encadenados, de la misma manera que cada punto de la circunferencia es el extremo de uno de los radios que parten del centro, que es único, razón por la cual simboliza al Espíritu, a la Unidad metafísica. 

Y así como en una circunferencia no puede haber “dos centros”, también el Espíritu es único con respecto a la totalidad de los seres creados. Él es el Principio y el Fin del tiempo, que se conjugan en el verbo Ser: “Yo Soy el Alfa y la Omega”. 

Como señala René Guénon (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, cap. XVIII): “El ‘Señor de los tiempos’ no puede estar por su parte sometido al tiempo, el cual tiene en él su principio”. Él es, por tanto, el “Señor de la Eternidad”. Y en otro lugar, el mismo Guénon afirma que en la Eternidad, “el conjunto del tiempo está siempre presente en la totalidad de su extensión”.[1]

La revelación de esa realidad en el alma humana la llena de gozo y de júbilo, palabra tan cercana a jubileo, “el año en que el Señor te concede su Gracia”. En primer lugar porque el alma reconoce que ha sido “visitada” por el soplo del Espíritu, ya que Él solo se “presenta” a quien realmente lo ama, aunque sea donde y cuando Él quiera, pues, también aquí, solo el Padre conoce el día y la hora.

Esa alma no necesita llegar a ningún “fin de ciclo”, colectivo o individual, para darse cuenta que dicho fin “ya fue” para ella, consumada, y consumida, en el Amor, que no olvidemos es hijo del Conocimiento, de la Sabiduría, lo cual revela una jerarquía entre ambos. Es por eso que el Amor, hijo del Conocimiento, está en permanente guerra contra la muerte y la ignorancia, nuestro principal enemigo. El Amor es un dios generoso, capaz de unir los fragmentos dispersos de nuestro ser, y mantenernos firmes en la Fe, y en la Esperanza de escapar de las garras del Demiurgo, el artesano creador de la ilusión cósmica. Francisco Ariza




[1] Prefacio al libro de Ananda K. Coomaraswamy El Tiempo y la Eternidad. A continuación Guénon señala lo siguiente: “La independencia esencial y absoluta de la eternidad con respecto al tiempo y a toda duración (…) resuelve inmediatamente todas las dificultades planteadas a propósito de la Providencia y la omnisciencia divinas”. 


domingo, 26 de enero de 2020

UNA APROXIMACIÓN SIMBÓLICA A LA "REALIDAD SUB-ATÓMICA"


Nuestro amigo Juan Ríos, ha dicho en un comentario a la nota anterior sobre “Los Colores de los Dioses”, y a raíz de otro comentario que yo mismo había realizado sobre la naturaleza del color en contestación a otro amigo (Plutonium Good), lo siguiente: “Por qué referir el color a lo subatómico. Eso no es la realidad de nada”.

Desde luego puedo entender lo que dice Juan Ríos, y hasta yo mismo estaría de acuerdo con él en esta cuestión si entendiéramos por “nada” un concepto mucho más profundo que el de la simple inexistencia de algo: el No Ser metafísico. Por otro lado, yo utilizaba el color en lo subatómico como un ejemplo para hablar de que en el Cosmos todo es cuestión de proporción, recordando que “el Señor todo lo ha dispuesto en medida, número y peso”, como dice Salomón en el libro de la Sabiduría.

Por otro lado, le doy las gracias a Juan Ríos porque su observación me ha llevado a reflexionar sobre una idea que hace tiempo quería plantear aquí, y es el hecho de que el mundo subatómico, o cuántico, al contrario de lo que pudiera pensarse, sí constituye la base de todo cuanto existe en la “realidad física”, por muy infinitesimalmente pequeño que sea ese mundo, que por cierto tiene mucho más de vacío que de materia corporal, lo cual ya nos da una pista acerca de cómo es la estructura del mundo físico a esos niveles tan extremadamente pequeños; que no es tan sólida como la que podemos apreciar a nuestra escala humana.

Esto nos acerca a planteamientos metafísicos muy interesantes si tomamos esa relación asimétrica vacío/lleno como el símbolo de una realidad mucho más intangible y sutil que trasciende dicha estructura, y por cierto también la de nuestro mundo aparentemente más sólido.  

En este sentido, en el mundo subatómico las partículas pueden convertirse en ondas (energía invisible hecha de luz o de sonido), y las ondas en partículas, o sea que pueden cambiar de naturaleza dependiendo del momento. Esto provoca lo que se ha dado en llamar en la física cuántica “el principio de incertidumbre”, o “de indeterminación”, o sea que la realidad subatómica (que está en la base, repetimos de la realidad física, ya sea microcósmica o macrocósmica) se rige por leyes donde el componente de azar es muy elevado. En este sentido, no nos extraña que ya Marsilio Ficino, siguiendo a Platón, afirmara que “la realidad es un caos pintado de formas” (la cursiva es nuestra).

Precisamente, muchos siglos antes de que los físicos modernos desarrollaran sus teorías acerca de la naturaleza de la luz, Proclo, otro gran intérprete de Platón, quizás el más importante, planteaba que “el espacio no es otra cosa que la sutilísima luz”. Creo que en esta definición está integrada ya la idea del intercambio de las ondas y de las partículas, pues identificando el espacio con la “sutilísima luz”, podemos deducir que esta contenía esas partículas infinitesimales, pero al mismo tiempo no por ello dejaba de tener también sus propiedades “ondulatorias”, pues dichas ondas (o vibraciones, incluidas las sonoras) no se propagan por el aire, sino por el éter, el elemento más sutil y homogéneo que existe en el mundo físico, ya sea a escala subatómica o a otras escalas inconmensurablemente más grandes, como el universo galáctico, hasta tal punto que penetra todos los demás cuerpos y elementos –tierra, agua, aire y fuego-, que derivan de él por diferenciación.

Si hay una mutación de onda en partícula y de partícula en onda (y viceversa), o sea de un cuerpo (por pequeño que sea) en una energía ondulatoria, que se propaga por el éter como decimos, esto querría decir que otro nivel de percepción la “frontera” entre ambos estados de la luz (partícula y onda) es muy estrecha, por no decir inexistente.

De todo esto deducimos dos cosas. Primera: que a esos niveles subatómicos (tanto como a niveles macrocósmicos, o sea en los dos extremos de la escala creacional física) existiría la posibilidad de concebir lo que significa el “paso al límite”, que desde el punto de vista simbólico es el paso de la realidad del cambio y de la mutación permanente de las formas, al orden de los principios ontológicos e inmutables.

Segunda: que la ruptura de la frontera, o límite, entre esos dos estados de la “sutilísima luz” (y considerándola siempre por analogía simbólica sin poner nunca al mismo nivel lo físico y lo metafísico, lo corporal y lo espiritual), un ser “es” y “no es” al mismo tiempo; que hay en él la posibilidad simultánea de “ser” y de “no ser”, y que si esta aparente contradicción la pudiéramos conciliar en nuestra conciencia sería lo más próximo a experimentar el estado metafísico no condicionado, en donde cualquier “principio de incertidumbre” se ha transformado inexplicablemente en una certeza liberadora. Francisco Ariza

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miércoles, 1 de enero de 2020

DEL "NACIMIENTO DE LOS DIOSES" Y DE "DIOS EN NOSOTROS"

Recordábamos en la nota anterior que los cinco últimos días del año eran vividos entre los antiguos aztecas como un “regreso al caos” indeterminado. Eran los días nemontemi “baldíos”, “nefastos”, o “llenos de vacío”, y que todo eso facilitaba experimentar el no ser, como paso necesario para todo verdadero cambio de estado.

En otras tradiciones, como la Egipcia, estos mismos días no tenían ese cariz que le daba la cosmogonía azteca, si bien coincidía con ella en ese carácter “atemporal”, en los que el tiempo ha dejado de existir como tal. Estos días fueron creados por Thot (el Hermes egipcio), y se llamaban heru renpet "los que están por encima del año", o sea los que no están en el tiempo, por eso también recibían el nombre de mesut necheru "del nacimiento de los dioses", concretamente de cinco de ellos: Osiris, Isis, Horus, Neftis y Seth.

Eran días vividos como nuevas posibilidades dentro del “tiempo atemporal” y mítico donde “nacen los dioses”, posibilidades que se volcarán sobre el cosmos determinando así el curso del gran tiempo cíclico donde se cumplen los destinos de todos los seres manifestados. Se dice que Thot durante el nacimiento de los dioses evitó que a estos les diera la luz de Jonsu, el dios lunar, o sea que durante el parto de los cinco dioses Thot retiró toda referencia a la medida del tiempo, ya que la luna, con sus movimientos periódicos (Jonsu quiere decir “viajero”), genera las primeras medidas del curso temporal advertidas por el hombre. Ritualmente se vive el regreso al tiempo mítico, atemporal, teogónico, donde nacen los dioses a perpetuidad.

Si en un ejercicio de analogía simbólica esto lo trasladamos a la tradición cristiana, esos días “abismales”, “por encima del tiempo” o “del orden cósmico”, comenzarían tras el día de Navidad, prolongándose hasta el último día del año. Es como si en realidad este, el año-tiempo, terminara el 25 de Diciembre con el nacimiento de Cristo, y no diera comienzo nuevamente hasta el 1 de Enero, consagrado a Emmanuel, “Dios con nosotros”, o “en nosotros”, que es el nombre del Mesías anunciado por los ángeles (equivalentes a los dioses) con las siguientes palabras: "Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad". (Lucas 2: 8-14).

Jacob Böhme. Cristo convirtiéndose en humano. El triángulo central invertido simboliza la “matriz cósmica” donde se genera el Hijo de Dios y del Hombre.

Emmanuel, que santifica el primer día del “año nuevo” es como una promesa o germen del nacimiento de “Dios en el hombre”. Es una posibilidad real que se realiza en y gracias al tiempo y sus ciclos, como el de los 360 días del “año civil” (un modelo a escala de los grandes ciclos cósmicos), días que se corresponden con los 360 grados de la circunferencia. Cada uno de esos días está consagrado a un aspecto de la divinidad a través de sus intermediarios humanos y celestes (al igual que en todas las cosmogonías) contribuyendo al crecimiento interior de ese germen, crecimiento que en el Cristianismo (y en la antigua tradición de Mitra) culmina el 25 de Diciembre con el nacimiento del “Sol Invicto”, del Niño-Dios, o Niño-Alquímico, pues se trata de la transmutación o regeneración de la naturaleza humana en su Principio divino, lo cual no sería posible si ese Principio no estuviera ya presente en el corazón de lo humano. Francisco Ariza


sábado, 28 de diciembre de 2019

LOS DÍAS NEMONTEMI, O "LLENOS DE VACÍO"


Entre los aztecas y otros pueblos mesoamericanos había una diferencia de cinco días entre el calendario civil de 360 días y el año solar o trópico de 365. Esos cinco días eran considerados como "nefastos" y recibían el nombre de nemontemi, los "días baldíos", abismales, que "se llenan de vacío", expresión que puede parecer un contrasentido pero que ilustra muy bien la idea de la absoluta ausencia de todo tipo de actividad humana durante ese período.

Dentro de ese vacío que “todo lo llena” no hay movimiento y por consiguiente ni espacio ni tiempo. Son los días en que el mundo se sumerge en el caos y en la oscuridad pre-cósmica, anterior a todo tipo de existencia, para volver a renacer nuevamente con el fuego del año nuevo, al que insufla la energía de su calor y su luz. Ese caos abismal era un componente fundamental en la concepción cosmogónica y metafísica náhuatl.


Los cinco días nemontemi

En el fondo, todas las culturas coinciden sobre esto en lo esencial, y han celebrado los últimos días (o el último) del año, como un tiempo que “no existe”. La vivencia de ese vacío, de esa ausencia de toda referencia espacio-temporal también incidía en la experiencia de la iniciación sapiencial. En el sistema de correspondencias entre el macrocosmos y el microcosmos, el vacío pre-cósmico es análogo al vacío en la conciencia humana, necesario para la regeneración espiritual, o sea para el "nuevo nacimiento" y el ingreso en la realidad de lo sagrado.

Recordemos en este sentido que nemontemi también quiere decir "días que completan lo vivido". ¿Y qué sería ese completar sino la experiencia misma del vacío interior? O sea, "borrar" de la conciencia toda referencia profana que impida precisamente esa regeneración. Nemontemi son los días inútiles, los que no sirven para nada, y he ahí precisamente su verdadero valor, pues es, en esencia, la vivencia de lo que "no es" la que se experimenta en ellos. 

Como nos recuerda Federico González en su Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos: "Todo el mundo conoce la utilidad de ser útil, pero nadie conoce la utilidad de no ser útil para nada". (Chuang Tzu. Obra. Libro 1, capítulo IV).

Todo verdadero cambio de estado (y todo año que comienza es un nuevo estado, o ciclo, del Ser del Tiempo) se produce en la más completa oscuridad de las "tinieblas interiores", en la "noche oscura del alma". Francisco Ariza

(En el día de San Juan Evangelista, 27-12-2019).


viernes, 13 de diciembre de 2019

AL HILO DEL MITO DE PROCUSTO

Con estas palabras me sumo a los amigos que han dejado su reflexión en la anterior nota acerca del mito de Procusto. Está claro que los mitos lo dicen todo. No hay comportamiento humano que no esté descrito en los mitos, que tienen el apelativo de "ejemplares" porque constituyen patrones de pensamiento que arrojan luz sobre aquello que deberíamos aceptar para la realización de nuestra verdadera esencia, y asimismo sobre lo que deberíamos rechazar porque precisamente es lo que está negándola. Los mitos son certezas, o sea realidades de nuestro ser, que afloran por la comprensión de la enseñanza que transmiten, y que excluye todo tipo de moralismos y de “buenos” y “malos”. No hay “pecados” sino errores que hay que resolver, o “disolver”. Como símbolos que son, los mitos resuelven polarizaciones estériles por la conciliación de opuestos.

Centrándonos en este aspecto de la realización interior, el síndrome de Procusto es un verdadero problema para quienes están poseídos por él, pues de una "posesión" se trata: nada menos que del espíritu inquisitorial. No es casualidad en este sentido que los métodos de tortura que utilizaban los inquisidores clásicos son los que ya utilizaba Procusto: la sierra de cortar miembros y el estiramiento de los brazos y las piernas, el desgraciadamente famoso "potro", entre otros.

Hoy en día, afortunadamente, ya no se emplean esos métodos brutales, pero no por ello ese "espíritu" ha desaparecido. Como es consubstancial a la naturaleza humana “caída” pervive como una bacteria alimentada por el odio, el rencor y el desprecio más injustificados. La verdad es que hay algo de "mecánico", o de "robótico", en ese pensamiento uniformizador que niega al ser y la libertad. Pero en el fondo subyace un complejo, ya sea el de inferioridad (que no soporta el talento de otros porque saben que adolecen de él), o el de superioridad, que tampoco lo soportan porque son los únicos que creen poseerlo. También pueden darse ambos complejos en la misma persona. La falsa humildad y la soberbia son, respectivamente, sus señas de identidad.

Teseo, un héroe solar, no se anda por las ramas con Procusto: le aplica los mismos métodos que él utilizaba, porque como bien nos recuerda el refranero: "Quien siembra vientos, recoge tempestades". Francisco Ariza


miércoles, 11 de diciembre de 2019

EL MITO, Y EL SÍNDROME, DE PROCUSTO

Bien sabemos que los mitos constituyen una enseñanza que, a la luz de los arquetipos simbólicos, esclarece la multiplicidad de aspectos que reviste la psique o alma humana. Hemos encontrado en la página de un amigo de Facebook la definición de un mito no muy conocido, el mito de Procusto, del cual nos ha llamado la atención precisamente esa definición, designándola como el síndrome, o síntoma, de una anomalía. Leemos:

“ESTE SÍNDROME DEFINE A AQUELLOS QUE, AL VERSE SUPERADOS POR EL TALENTO DE OTROS, DECIDEN MENOSPRECIARLOS. INCLUSO DESHACERSE DE ELLOS. EL MIEDO LOS LLEVA A VIVIR EN UNA CONTINUA MEDIOCRIDAD, DONDE NO AVANZAN NI DEJAN QUE OTROS LO HAGAN”.

Estudiando este mito, nosotros añadiríamos que también incurren en ese síndrome personas con una exagerada estimación por ellos mismos, o sea narcisistas hasta la médula, que al ver que otros destacan más que ellos (por las razones que fuesen) reaccionan de una manera donde la ética, por ejemplo, brilla por su ausencia, naciendo en ellos el menosprecio más absoluto.

Quién no ha conocido alguna vez a personas así, incluso uno mismo puede haber sido una de ellas en un momento determinado, o sea un estúpido mediocre, o lleno de soberbia igualmente mediocre, preso de una energía que lo que hace es impedir el crecimiento interior, de él mismo y el de los demás. Pero afortunadamente siempre ha habido la mano o el consejo sabio de un amigo, o un hermano, o algo que se ha movido dentro de nosotros, esa “luz” que ilumina en la más profunda oscuridad, que nos ha advertido de ese “enemigo interno”, y lo ha rechazado de plano al advertir la trampa y el engaño. Gracias a Dios.


Teseo luchando contra Procusto

Veamos que nos dice el mito. Procusto, o Procustes, significa “el que estira”. Pero también recibe el nombre de Damaste, “el que encoge”, “el que avasalla” o “el que controla”, y asimismo Polipemón, “el que causa muchos males”. Esta entidad vivía en el Ática y era un posadero que con maneras muy suaves y amables invitaba a los viajeros a acostarse en una cama de hierro con unas determinadas medidas, de tal manera que si el cuerpo del viajero sobrepasaba dichas medidas, Procusto lo amordazaba a las cuatro esquinas y le serraba la cabeza y los pies hasta ajustarlo a ellas, o bien, si su cuerpo era más pequeño lo “estiraba” (de ahí su nombre) hasta descoyuntar sus extremidades. Utilizaba sobre todo el martillo e instrumentos de hierro, lo cual encuadra a Procusto dentro del simbolismo de las entidades herreras del inframundo, pero en un sentido completamente distinto al que por ejemplo tiene el dios Hefesto o los Cabirios, deidades ctónicas al servicio de los dioses olímpicos, y relacionadas con los misterios iniciáticos del fuego. Nada que ver con Procusto y semejantes.

La cuestión es que el viajero tenía que amoldarse a esas medidas, que en realidad no eran sino una metáfora del pensamiento uniformizador de Procusto, rasgo que por otro lado revela, pese a las apariencias, una “desmesura” en sus acciones. No en vano Procusto era de la raza de los “gigantes”, vestigios residuales de seres de otros ciclos anteriores al nuestro, y contra muchos de los cuales lucharon los héroes y dioses olímpicos. La Gigantomaquia ("Guerra de los Gigantes") habla de esas luchas entre estos y los dioses olímpicos.

Precisamente ese régimen de terror impuesto por Procusto acabó cuando uno de esos héroes, Teseo (el mismo que mató al Minotauro, otro ser monstruoso, aunque por otros motivos), le aplicó la misma medicina que él empleaba con los viajeros. Esta fue la última hazaña de Teseo, el cual "limpió" de esos seres inframundanos el camino que conducía a Eleusis, al centro sagrado.

Todas las inquisiciones (en el sentido negativo y más común de este término, y que no solo pertenecen al ámbito religioso o exotérico), han tenido y tienen ese afán por uniformizar el pensamiento, e incluso las conductas. Y utilizan análogas torturas a la de Procusto. Hay que librarse (liberarse) de ellas. Intentan controlarnos, avasallarnos, encogernos, estirarnos, causar muchos, muchos males, y utilizar todas las tretas posibles para que sucumbamos al “sueño del mundo larvario”. Son las “rémoras” o “dificultades” con que se encuentra todo aquel que ha decidido aventurarse en la búsqueda del Sí Mismo.

En efecto, para quienes transitan en la vía del Conocimiento o Gnosis, todo esto debe tomarse como “pruebas” que han de ser superadas por lo alto, es decir invocando a las Inteligencias que rigen nuestro verdadero destino, que tienen nombres y atributos, gracias a los cuales no solo podemos invocarlas sino reconocerlas en nosotros mismos. Si el “ángel mueve la estrella”, no es esta la que ha de ser el centro de nuestra atención y concentración, sino ese ángel, o dios, que la mueve con su espíritu. FranciscoAriza

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miércoles, 16 de octubre de 2019

ACERCA DE LA 'METAXIS' PLATÓNICA O LA 'PARTICIPACIÓN EN LAS IDEAS'


Estas líneas tienen su origen en una conversación, vía sms, que mantuve hace unos meses con uno de los amigos de Facebook. Tratamos de la “metaxis” y de si esta se puede identificar con el Mundo o Plano Intermediario, esa “región” del Alma Universal situada entre el mundo sensible y el inteligible.

La metaxis, o metaxy, es un concepto que menciona Platón en distintos lugares de su obra, y que permite entender una de las claves de su filosofía, o mejor dicho de la Filosofía, ya que el maestro griego no expuso un sistema filosófico propio (al modo de los filósofos modernos), sino una enseñanza heredada en sus aspectos fundamentales del pitagorismo, el mito arcaico, los presocráticos y el propio Sócrates naturalmente, enseñanza que él interpreta y da forma a través de los diálogos, es decir del uso de la palabra humana iluminada y dirigida por el Logos, pues de lo que se trata es de encontrar la “idea”, o el concepto si se quiere, que está en la esencia de las cosas. 

En la obra de Platón, y de sus discípulos e intérpretes más fieles a su pensamiento (caso de Proclo) existen numerosas referencias al Plano Intermediario, equivalente al “Mundo Imaginal” de ciertos metafísicos islámicos árabes y persas, quienes también recibieron la herencia de Platón y los neoplatónicos. 

Pero hablando de la metaxis, esta no debe asimilarse exactamente al Plano Intermediario tomado en su conjunto. Metaxis significa “participación” y más concretamente “participación con o en las ideas”. Sin participar del Mundo de las Ideas (que es el único realmente existente y del que derivan todos los demás) las cosas y los seres sólo serían sombras fugaces, como las que relata Platón en el mito de la caverna. Pero aunque no sea exactamente lo mismo, dicha participación en las Ideas es posible gracias al Plano Intermediario, que no solo separa el mundo terrestre del celeste, sino que los “une” y los vincula entre sí. Por cierto que ese mismo papel es el que desempeña el símbolo, en tanto que entidad intermediaria que promueve la capacidad de dar “forma” al mundo de las ideas que se revela en la conciencia. 

Mas para que ello sea posible, es decir para que esa “participación” en el Mundo Inteligible se haga efectiva, es necesario que el ser reciba una influencia espiritual, representada o simbolizada muchas veces por un “rayo luminoso” emanado directamente del Espíritu. En este sentido, la tradición hindú habla de Buddhi, o Intelecto Superior, como un rayo luminoso emanado de Atmâ, el Espíritu o Ser Universal, rayo que se proyecta sobre la individualidad humana despertando en ella la “conciencia del yo” (ahamkara), que nada tiene que ver con el “ego”, pues dicha conciencia no es otra cosa que el reflejo de ese mismo Intelecto en el alma humana, y por medio del cual esta se “organiza” en todas sus funciones, sutiles, mentales y corporales. Pero lo importante es advertir que sin la presencia de Buddhi, sería imposible esa “participación” en el Mundo de las Ideas. 

Vemos así que Buddhi es en esencia lo mismo que el Logos platónico, que es igualmente el intermediario entre el Mundo de los Arquetipos y la individualidad humana. El Logos, o Verbo, se simboliza también como un rayo luminoso que proviene del Noûs-Dios, es decir del Ser Universal. Ese rayo determina con su influencia que nuestra alma pueda elevarse y “concebir” en sí misma esos arquetipos, “participando” de sus beneficios espirituales y contribuyendo así a su propia regeneración y transmutación. 

De ahí que Buddhi, o el Logos, sea nuestro principio trascendente, que no sólo es capaz de “actualizar” las posibilidades contenidas en el estado humano individual, sino que se constituye en un auténtico eje o escala por donde podemos ir ascendiendo y conociendo nuestras auténticas posibilidades supraindividuales, ontológicas y metafísicas. Francisco Ariza

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lunes, 30 de septiembre de 2019

LA "TIERRA PROMETIDA"

Jacob Boehme. Esfera Filosófica, 1682


Lo primero que experimentamos cuando comprendemos una idea-fuerza, que es una clave del misterio del mundo, es la percepción de acceder a un orden que nos preexiste, que siempre ha estado ahí, pero cuya “estructura” no tiene una forma definida, o más bien diríamos que contiene todas las formas en potencia, pues es lo más parecido a una esfera diáfana y cristalina (como una "pompa de jabón"), o a los círculos ondulatorios del sonido expandiéndose por el éter o por la superficie serena de las aguas, por utilizar unas imágenes que, por su tenue liviandad, quizás expresan mejor que ninguna otra lo que serían los prototipos o modelos de los que devienen todas las formas, ya fuesen mentales o físicas, siendo ellos, en sí mismos, sin forma.

Ese orden sin formas, es decir “informal”, es lo que en la Cábala se denomina “mundo de Beriyah”, al que se accede tras el "pasaje" por el laberinto de Yetsirah, el mundo de las "formaciones" psíquicas antes de que estas se concreten en sus cualidades sensibles dando lugar al mundo corpóreo, que la Cábala denomina Assiyah. Este es el motivo, precisamente, de por qué el "viaje iniciático" se realiza en sentido contrario al proceso de manifestación, pues de la realidad corporal se pasa al mundo de las formaciones sutiles y de estas al de los prototipos informales, que son, a su vez, la emanación directa del Mundo Inteligible de los Arquetipos y de las Ideas Puras, llamado de Atsiluth, palabra que recordaremos quiere decir tanto "emanación" como "proximidad", lo cual es para meditar detenidamente, pues lo que desde un punto de vista nos parece lo más lejano o inaccesible, es en realidad lo más "cercano". Aquella expresión tan conocida de que "Dios está más cerca de ti que tu propia yugular" cobra aquí pleno sentido, y nos habla de la extraordinaria didáctica de la Ciencia Sagrada. 

Pero antes de alcanzar esas cimas "tan próximas", hemos de llegar a Beriyah, paso intermedio imprescindible donde se vivirá la plenitud del estado humano, o sea la “Tierra Prometida”, un mundo nuevo sin dimensiones ni limitaciones pues constituye la parte superior del Alma Universal, iluminada por la luz axial de un Sol inmutable, que no es otro que el Corazón del Mundo (la sefirah Tifereth), la fuente de donde brota el ritmo que infunde la vida a todas las criaturas manifestadas, ya sean sutiles o corporales. En este sentido, el grabado de Jacob Boehme de más arriba y con el que ilustramos estos pensamientos, expresa precisamente esta idea. Beriyah es un mundo todavía inexplorado y virginal, aunque presentido, pues en algún momento del tiempo inconmensurable nuestra alma estuvo allí, contemplando los orígenes perennes de la Creación y a las criaturas angélicas, o dioses demiúrgicos, colaborando con el Sumo Arquitecto en esa Obra Magna que es la génesis del Mundo, la cual constituye el modelo de todo proceso hermético e iniciático, proceso que no es otra cosa que el "reconocimiento" de esa realidad en nuestra conciencia, coadyuvando así a su universalización. (1)

Esa memoria permanece viva en nuestra alma y por eso siempre existe la posibilidad de actualizarla, y este es fundamentalmente el papel asignado a los símbolos sagrados, cuyo conocimiento tiene la virtualidad de “afinar” nuestra capacidad de comprender, de presentir o de intuir, intelectual y espiritualmente hablando, aquello que la mente racional no puede por sus propias limitaciones. Esa "intuición" es también una "audición", la audición metafísica, la que permite escuchar las "armonías secretas" que vinculan a todos lo seres creados, y a la Creación misma, con su Principio Increado.

La remembranza de esas realidades superiores es quizás el único anclaje que tenemos para no quedar completamente perdidos en las “aguas inferiores” del mundo yetsirático, sometido al "poderoso influjo lunar", y en donde los cambios y las multiplicidades que ellos generan son lo único permanente.

Precisamente, en los textos evangélicos se aconseja no acumular tesoros en la tierra, donde se apolillan, sino acumularlos en el cielo, donde ni se apolillan ni hay ladrón que pueda robarlos, y concluye diciendo que allí donde esté nuestro tesoro estará también nuestro corazón. En el caso de los tesoros "terrestres" no se trata tanto de las riquezas materiales como de las adherencias y ataduras psíquicas contraídas por el contacto con el mundo profano, y que impiden la permeabilidad y comunicación entre todos los estados del ser. Este es el sentido iniciático de esa otra parábola que enseña que es más fácil que un camello pase por el "ojo de una aguja" que un "rico" entre en la Ciudad Celeste.

Vaciarse de todo eso es imprescindible para que el Intelecto haga “acto de presencia” y llene ese vacío con su verbo inaudible, o ilumine con su luz intangible esa “noche oscura del alma”. Fecundada por el Espíritu, esta se reconocerá de nuevo a sí misma en un mundo significativo y formando parte de la Armonía del Concierto Universal. Francisco Ariza

(1) Para algunos Beriyah es la meta a conseguir, para otros sin embargo el lugar imprescindible para realizar la travesía por las aguas superiores y adentrarse en los abismos desconocidos de Atsiluth, morada del Ser o de la Tri-unidad divina, a quien entregarás esa plenitud de tu individualidad, es decir tu “yo” (que nada tiene que ver con el "ego", y que no es distinto del Sí Mismo), en un supremo "acto sacrificial" en el que simultáneamente serás el sacrificador y la víctima.