MISCELÁNEA DE PENSAMIENTOS HERMÉTICOS. Francisco Ariza

viernes, 16 de abril de 2021

LOS AMANTES DE LA SABIDURÍA EN LA ERA DE INTERNET

La Escuela de Atenas (fragmento), de Rafael Sanzio

El Leviatán, el monstruo bíblico representativo del Caos, ha mutado y se ha hecho definitivamente global. Esto solo podía pasar en el “reino de la cantidad”, como René Guénon definió nuestro mundo actual en una de sus obras más conocidas (El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos), y que es de hecho la causa principal de los muchos problemas que padecemos actualmente. Lo tenemos ante nuestra vista, pero preferimos esconder la cabeza bajo tierra como el avestruz, pero el monstruo sigue ahí, y creciendo. 

En el año 2000 la población mundial era de 6000 millones, y 20 años después ha aumentado en 1700 millones, o sea que la cifra actual está aproximadamente en 7700 millones de seres humanos, y si su crecimiento es continuo según precisas leyes matemáticas, ¿cuántos millones de habitantes habrá dentro de otros 20 años más? ¿Podrá el planeta soportarlo teniendo en cuenta que los conflictos de hoy día debidos a esa sobrepoblación aumentarán en la misma proporción? A esto se ha unido la pandemia del coronavirus, que es una consecuencia de la explotación descontrolada de la madre Tierra (un auténtico sacrilegio), con el consiguiente cambio climático y destrucción o debilitamiento de los delicados ecosistemas. 

Pero además hay otras "pandemias" a cuya propagación contribuye decisivamente la globalización y los medios tecnológicos que la sustentan; es el caso del “revisionismo” histórico y de las costumbres, al que se une el hipócrita puritanismo de lo “político y moralmente correcto”. ¿Por qué ese empeño en hurgar en las entrañas de la Historia para acomodarla a nuestros gustos y criterios actuales? ¿Por qué no la consideramos desde la perspectiva de un Cicerón, por ejemplo, que afirmó que la Historia es la luz de la verdad, la vida de la memoria, y maestra de la vida? Siendo maestra de la vida, de la Historia desde luego que hemos de aprender de los "errores" cometidos por los hombres a lo largo de los siglos, pero también de sus aciertos, pero si ella se "revisa" a la conveniencia ideológica de nuestra "tribu" particular, cualquiera que esta sea, ¿qué vamos a aprender de ella?, y ¿qué vamos a rectificar si creemos que nuestra época es el mejor de los mundos posibles? Con lo cual cometeremos idénticos errores, aunque con distintos collares, y estos, debido también a la globalización, seguirán extendiéndose por todo el planeta. 

Lo mismo podemos decir del estudio de las humanidades, a las que se tiende a ignorar en los planes de estudio de prácticamente todos los países en beneficio de las nuevas tecnologías, en su cada vez más amplio abanico de especializaciones. En el fondo se trata del desprecio por la cultura, palabra que no olvidemos viene de “cultivo”, se entiende que del cultivo de nuestra mejor simiente. Es una muestra más de la injusticia ejercida contra lo humano por la mentalidad artificiosa del "transhumanismo", que ya está gobernando "este" mundo.

La Nueva Inquisición, henchida de relativismo y falsa superioridad moral, pretende arrinconar la memoria de los siglos en el almacén del olvido, e irremediablemente una enorme ola de estúpida y mezquina puerilidad recorre el mundo entero como un tsunami. Sin embargo, nada es por casualidad, y más vale preguntarse quiénes son los que mueven estos hilos, y quiénes los que pretenden borrarnos la memoria, enfrentar a las generaciones entre sí y a cada individuo consigo mismo valorando sus miserias e infravalorando sus virtudes. Pero aquellos que, consciente o inconscientemente, están provocando la división y la  desintegración de la humanidad, unidos a los que pretenden mediante la "inteligencia artificial" guiarla hacia un mundo distópico y brutal, ¿no son a su vez movidos, sin saberlo, por otros hilos más sutiles, y según un propósito determinado del que ellos son también víctimas, pero que desconocen por completo ilusionados como están con sus "inventos"?

II

Algunos filósofos griegos, conocedores de las leyes cíclicas (como Platón), afirmaban que “todo en el cosmos conspira”, queriendo decir con ello que el mando de la Gran Máquina del Mundo, en manos de los mensajeros divinos, ya se llamen ángeles o dioses intermediarios, es tomado en un momento dado por aquellas otras entidades que son su reverso oscuro y tenebroso (los demonios o los dioses del inframundo), cuya misión al final de un gran ciclo, y de acuerdo a su naturaleza, consiste precisamente en ir desmontándola pieza a pieza. También puede verse ese "conspirar" como una gran partida de ajedrez jugada por los Devas y los Asuras, los dioses y los demonios hindúes; se trata del “juego cósmico”, o del “panludo”, como señaló en cierta ocasión Federico González [1] y en donde ahora tienen las de ganar los Asuras, que campan a sus anchas al habernos olvidado los seres humanos de invocar a las potencias superiores. En este tiempo de desguace vivimos.

¿Dónde está el origen de todo esto?, podemos preguntarnos. Hay varios orígenes, pero hay uno en concreto que “colmó el vaso” de los despropósitos. En un momento dado, situado en torno al siglo XVII, hicieron su aparición los “pensadores” (nos negamos a llamarles ‘filósofos’) y científicos racionalistas creadores de una "nueva fe", la del “progreso indefinido", una de esas modas que acabaron extendiéndose por doquier, como si ese "progreso" fuera una ley inexorable y no el resultado de una ilusoria concepción lineal del tiempo, que es cíclico y sujeto a una perenne regeneración, lo que entre otras cosas permite nada menos que el mantenimiento de la vida. Lo cierto es que en ninguna época de la historia se ha concebido una cosa así. La existencia humana, como la de la naturaleza y la del cosmos, que la envuelven, obedecen a flujos y reflujos, a subidas y bajadas, pues ese es el ritmo y el latido de un Corazón omnipresente con el que están acompasados todos los corazones y seres vivos del Universo. “Nada en exceso” decían también aquellos filósofos de la Antigüedad. Ni progreso ni retroceso indefinido, sino más bien una sabia combinación de ambos, pues en ese equilibrio consiste el secreto de las sociedades que viven de acuerdo a la Norma o Dharma Universal. 

A veces, progresar es conservar, otras regenerar lo conservado y cambiar lo que sea necesario para adaptarlo a las nuevas condiciones cíclicas y temporales. Tres civilizaciones arcaicas como la China, la Mesopotámica o la Egipcia, entre tantas otras, estaban en ese "secreto". La duración de cada una de ellas se cuenta por miles de años, mientras que la nuestra, la civilización moderna (incluida la posmoderna), apenas si ha superado los trescientos. En aquellas civilizaciones, con la llegada de una nueva dinastía que podía durar varios cientos de años se renovaba todo aquello que debía ser renovado, pero se conservaba lo necesario, o sea lo inmutable, las ideas-fuerza esenciales de esa civilización, que entroncaba con los orígenes míticos y sagrados de la misma. Para que veamos la enorme diferencia de mentalidad que nos separa de ellas, su idea de "progreso" consistía en volver la mirada a sus orígenes atemporales, el "retorno a las fuentes" para así mantener viva la memoria y la realidad de esas ideas-fuerza dentro de la renovada cosmovisión [2]. Hemos de tener en cuenta que aquellas sociedades estaban gobernadas por los más sabios y por reyes-sacerdotes, que sabían leer en los “signos de su tiempo” y estaban en permanente comunicación con los dioses y los hados del destino. De todo esto podemos concluir con aquello que ya decían los maestros medievales de la Escuela de Chartres: si cada nueva generación podía “ver más lejos” no es porque fuese mejor que la anterior, sino porque iba subida encima de sus hombros, o sea no se despreciaba la herencia cultural y espiritual recibida, sino todo lo contrario, pues ella era el soporte para mantener viva, contemporáneamente, la llama del Conocimiento.

III

Por consiguiente, craso error sería por nuestra parte entregar a la “inteligencia artificial” el rango creador que dentro del orden cósmico le pertenece al ser humano por estar formado "a imagen y semejanza" del Macrocosmos. Es evidente que la humanidad actual ha hecho dejación de sus funciones, y ese espacio lo ha ocupado el simulacro de esa "inteligencia" dejada a su albur y sin control debido a su, ya sí confesable, adoración idolátrica. Por eso mismo, y más que nunca, la Tradición y sus valores perennes y eternos es nuestra Arca de salvación, nuestro castillo interior, ese espacio que nos preserva de las "tinieblas exteriores" y nos pone en comunicación con otras realidades más vírgenes de nuestra conciencia al no estar contaminadas por esta vasta profanación de lo humano y de lo sagrado que, salvo raras excepciones, ha acontecido durante el desarrollo de las teorías que crearon el mundo en que vivimos. Pero acabar con esa enorme ilusión no nos corresponderá a nosotros hacerlo, sino a ese rayo divino de que habla San Mateo (24: 27-28) en los siguientes términos:

“Porque así como el relámpago sale del Oriente y resplandece hasta el Occidente, así será la venida del Hijo del Hombre. Donde esté el cadáver, allí se juntarán los buitres.”

Y el mismo apóstol nos recuerda:

“Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.” (Mateo 8: 22).

Lo cual es análogo a este otro versículo: 

"Busca primero el Reino y su justicia, y todo te será dado por añadidura". (Mateo 6: 33).

En la red se habla mucho de “comunidades”, entonces ¿por qué no una “comunidad del Espíritu”, o mejor aún, y para evitar equívocos, una "comunidad del Conocimiento"?, entendiendo por este el atributo principal de la Sabiduría, lo cual en el fondo no sería otra cosa que una "reunión" en el espacio virtual de internet de personas vinculadas solo y exclusivamente por su interés en la Sabiduría, bajo las diversas formas que esta reviste, y subrayamos "reviste" ya que este término nos conduce a uno de los sentidos que tiene el símbolo y sus vehículos de conocimiento: el de "revelar", o sea "desvelar" a la Sabiduría de sus "ropajes" para que se nos muestre en todo su esplendor. El otro sentido que tiene el símbolo es el de "velar", cubrir u ocultar lo que él está simbolizando, pues como se dice en el Zohar: "la Sabiduría solo se revela a quien la ama". Y amantes de la Sabiduría son desde luego los verdaderos filósofos en el sentido genuino y primigenio de la palabra Filosofía ("amor a la Sabiduría"), que es el mismo, en esencia, que el que nos brindan las enseñanzas de las diferentes tradiciones y culturas del Oriente, o de cualquier lugar de la Tierra. 

“Cada uno en su casa y Dios en la de todos” podría ser el lema identificativo de esa genuina comunidad. Pero no hace falta, pues de hecho eso es precisamente lo que facilita el Internet, que es dual, como todo lo manifestado, o sea que tanto puede servir de vehículo para lo constructivo como para lo destructivo. Pero lo que interesa recalcar es que gracias a esta “herramienta” estamos conectadas personas que sin ella no tendríamos seguramente la oportunidad de compartir nuestras inquietudes y experiencias en el camino del Conocimiento. Los amantes de la Sabiduría ven a Internet como la nueva plaza pública socrática, punto de reunión de voluntades ejerciendo su libertad de pensamiento. Aunque a veces nos desviemos por alguna distracción, se intenta retomar el rumbo con toda la buena voluntad posible, sabiendo que finalmente “todos los caminos conducen al Centro del Mundo”, donde cualquier dualidad u oposición cesan de inmediato.

Lo queramos o no, somos hijos de nuestro tiempo, y siempre en cualquier época y circunstancia el “buscador de la Luz” ha tenido que utilizar las herramientas que el siglo le ofrecía. Pero esto no significa que comulguemos con "ruedas de molino". Desde la perspectiva de los "amantes de la Sabiduría", ser internauta es sobre todo navegar por un espacio que en verdad es el de nuestra alma, pues en ella está todo nuestro ser presente. Si el Cosmos es una enorme caja de resonancia musical que reproduce los acordes del diapasón divino como han señalado siempre los verdaderos filósofos y maestros espirituales de todas las épocas, incluida la nuestra, entonces ¿por qué no incorporarnos los herederos de su legado a esa liturgia armónica con nuestro propio canto, resultado de numerosas destilaciones alquímicas, y colaboramos así, conscientes de esa realidad, en los planes del Gran Arquitecto del Universo, que no es otro que el Espíritu de la Construcción Universal? 

Qué otra cosa somos, en definitiva, sino ese canto, esa palabra que ha sido fecundada y por tanto fecunda a su vez, nuestro nombre verdadero, la quintaesencia de nuestro ser y la única simiente que dejaremos depositada en el Arca que atraviesa las "aguas" del mundo intermediario para arribar a una nueva “Tierra Prometida”, allende este Eón que finaliza. Francisco Ariza

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Notas

[1] Federico González Frías. La referencia al "panludo" está al comienzo de su novela épica Defensa de Montjuïc por las Donas de Barcelona.

[2] Esto es lo que pasó precisamente en el Renacimiento, palabra que alude al "renacer" del mundo clásico, de la filosofía de Platón y del Corpus Hermeticum a mediados del siglo XV. 


domingo, 4 de abril de 2021

"NOLI ME TANGERE", NO ME RETENGAS. Palabras de Jesús resucitado a María Magdalena

Giotto. Noli me Tangere, Capilla de los Scrovegni, Padua.

Todas las tradiciones tienen sus mitos fundadores y héroes ejemplares, que se celebran en fechas señaladas del año, coincidiendo muchas veces con el solsticio de invierno y el equinoccio de primavera, o cercanos a ellos. La tradición cristiana, en cuya cultura hemos nacido la gran mayoría de nosotros, tiene dos fechas muy señaladas relacionadas con esos mitos fundacionales: la Navidad (nacimiento del héroe que coincide con la fecha de otros héroes-dioses, como Mitra) y la Semana Santa, durante la cual el héroe fundador es aclamado como “salvador” al entrar en la ciudad sagrada, en este caso Jerusalén, y subido en un asno, animal representativo de las energías inferiores, queriendo ejemplificar con ello la victoria definitiva de la luz sobre las tinieblas.

Su entrada en la ciudad sagrada coincide con el domingo, el día del Sol, y es recibido con ramos de palmera y de olivo, árboles relacionados con la resurrección y la luz de la Sabiduría. Esa entrada victoriosa es como un anticipo de su entrada en el Cielo de los Bienaventurados, acogido en el seno el Padre. Posteriormente se celebran los misterios de la Eucaristía (el rito central del Cristianismo), la comunión con el Santo Espíritu mediante la transubstanciación, o sea la espiritualización del cuerpo y la sangre, que constituye una verdadera sublimación alquímica, y otro anticipo de la “intensa divinización” (apoteosis) del héroe convertido en dios: "Tomad y comed, esto es mi cuerpo (…) Tomad y bebed, esto es mi sangre".

Para que todo esto sea cumplido, y real, el héroe ejemplar, el modelo vivo del “Hijo del hombre”, ha de ser “fijado” en su propia cruz y asumir los “errores” del mundo para que a través de Él también estos sean sublimados. El acto de traición de Judas Iscariote tras la Eucaristía anuncia el compromiso y aceptación de ese cumplimiento trágico: “lo que has de hacer hazlo pronto”. Comienza la Pasión y el martirio del héroe-dios. El tiempo se consume, se está cumpliendo, en el sentido de conclusión, que también tiene un significado de culminación cíclica, pues el eje de la cruz está en lo más alto del Calvario, del monte Gólgota, que significa “lugar del cráneo”, en referencia al cráneo de Adán, el primer hombre, el cual se hace presente a través de Cristo, que en un momento dado, y después de haber resucitado, aparece ante María Magdalena como un jardinero, u hortelano, que es lo que era Adán cultivando el Jardín edénico. En ese momento Cristo “está” en el Paraíso terrestre (conforme a lo que le había dicho al "buen ladrón" en la cruz: que ambos estarían esa tarde en el Paraíso), reconociendo así el lugar central del ser humano en la Creación, pero también advierte de que se trata de un estado pasajero, y que por tanto hay que continuar el camino ascendente hacia el Paraíso Celeste, de ahí las palabras que el héroe divinizado dirige a María Magdalena: "Noli me tangere" (Juan 20: 17), o sea “No me toques”, también traducido como “No me retengas”.

La piedra de la cámara sepulcral es semejante a la “clave de bóveda” arquitectónica. Es evidente la analogía entre dicha cámara (que desde luego tiene connotaciones con la "cámara del medio" masónica) y la propia “caverna iniciática”, que es también la “caverna cósmica”. Por eso la piedra que guarda el cuerpo de Cristo es removida por el ángel para que aquel pueda “salir” del sepulcro-cosmos, y abandonando su forma corporal y psíquica ir a visitar a cada uno de sus discípulos antes de ascender definitivamente al Dios Oculto, que, precisamente por eso, abandonó a su Hijo en la hora más fatídica, dejándolo en la más absoluta soledad. 

El propio Cristo ya lo advirtió: “El Espíritu sopla donde quiere, y oyes su voz; pero ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu”. (Juan 3: 8-21).

DOS NOTAS ADICIONALES:

1.- ¿Cómo no ver en la pasión, muerte y resurrección de Cristo tres momentos fundamentales de los Misterios de la iniciación, que ciertamente también están en todas las tradiciones sapienciales, incluida la Masonería, en la que no por casualidad el Maestro Hiram vive su propia pasión, muerte y resurrección?

2.- Puede ser que la Iglesia exterior haya asumido hasta tal punto la “forma” que se encuentre “petrificada”, no en vano fue la obra de Pedro (que significa "piedra"), pero continúa existiendo la Iglesia interior, o “Iglesia secreta” como también se la conoce, y que la propia tradición cristiana afirma que es la obra del evangelista Juan, el “discípulo bien amado” que reposó su cabeza sobre el corazón de Cristo durante la Última Cena. En este contexto cobra sentido el diálogo entre Jesús y Pedro en el que ambos hablan de Juan, del discípulo bien amado y en el fondo de la permanencia viviente de la Iglesia interior, o esoterismo cristiano, hasta los tiempos de la Segunda venida:

“Entonces Pedro, al verlo, dijo a Jesús: Señor, ¿y éste, qué? Jesús le dijo: Si yo quiero que él se quede hasta que yo venga, ¿a ti, qué? Tú, sígueme. Por eso el dicho se propagó entre los hermanos que aquel discípulo no moriría; pero Jesús no le dijo que no moriría, sino: Si yo quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti, qué?” (Juan 21: 20-22).  Francisco Ariza

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jueves, 18 de febrero de 2021

LA METAFÍSICA, CIENCIA Y ARTE DE LO REAL

Extracto del cuadro “Moisés frente a la zarza ardiente”, Jean Tassel 1608-1663

La Metafísica es la Ciencia y el Arte de lo real por excelencia. Gracias a ella el ser humano puede “realizar" (palabra relacionada con real) todas sus posibilidades individuales y supraindividuales, para lo cual tiene que haber recorrido una parte importante del viaje iniciático, superando las pruebas del laberinto del mundo intermediario como hicieron los héroes de la Antigüedad y de experimentar como ellos el tiempo mítico, que forma parte constitutiva y esencial de los misterios de la Cosmogonía, que son los del hombre por la analogía existente entre el macrocosmos y el microcosmos. Ese proceso culmina con la entrada en la Patria Celeste, que equivale, en el lenguaje del Hermetismo Cristiano, al conocimiento de la Triunidad de los principios universales, que se sintetizan en la Unidad del Ser, o Gran Arquitecto del Universo. 

Pero ese conocimiento (y el propio proceso iniciático) va todavía más lejos si realmente quiere abarcar el Todo, o sea no sólo el mundo de la Creación y de su Principio, sino el mundo de lo Increado, de lo supracósmico, y por tanto de lo que está "más allá" de ese Principio, para lo cual es imprescindible concebir en nuestra conciencia la idea del No-Ser, del Dios que "no existe", en la medida en que toda existencia supone un condicionamiento, del que Él carece enteramente. Pero por "no existencia" no entendemos simplemente la "nada" (una imposibilidad metafísica), sino aquello donde "no hay nada de lo que pudiera decirse es algo" (cf. Unidad, del Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos, de Federico González). Precisamente los estados no-manifestados son tales porque no están condicionados por nada en absoluto, y no puede decirse lo mismo de los estados manifestados que, para empezar, están bajo el dominio de Maya, el velo o ilusión cósmica, y es entonces perfectamente natural que los estados no manifestados sean verdaderamente una "aspiración" para todos los seres que están sujetos a las condiciones de la existencia manifestada y han advertido esta circunstancia al intuir que es en ellos donde encontrarán la plenitud de su realización espiritual. Así pues, los estados no manifestados constituyen posibilidades que anidan en el fondo de nuestro ser, aunque no podamos expresarlos ni representarlos, ni definirlos en modo alguno.

Desde luego concebir algo que “no existe” pero que sin embargo es lo que da realidad y sentido a todo cuanto existe es un pensamiento parecido a la “arena que estropea la máquina”, y ante el vértigo al abismo que se abre ante nosotros lo más normal es que nos olvidemos del asunto por “irresoluble”. En este punto deberíamos meditar en aquello que dice el Tao-te-King: que es gracias al "vacío" del centro lo que hace útil a la rueda. En el vacío de la rueda no hay nada, y sin embargo es gracias a él que esta puede moverse. Pero no es con la mente con la que hemos de afrontar semejante desafío. O mejor dicho, la facultad de la mente sí puede "teorizar" la idea metafísica del No Ser, y hacer analogías, que están en la base del pensamiento simbólico, y por tanto metafísico, y el ejemplo que hemos puesto del Tao-te-King es una muestra de ello. Los textos sapienciales de las diversas tradiciones que tratan directamente de la metafísica están llenos de analogías, pues es de esta manera como las ideas pueden relacionarse entre sí en una articulación axial y jerárquica, rompiendo moldes mentales solidificados. Hablamos del Vedanta hindú, de Proclo (el mayor hermeneuta de Platón), de la Cábala, del Cristianismo de Dionisio Areopagita, del Maestro Eckhart y de Nicolás de Cusa, del sufismo de un Ibn Arabí, etc., etc., a los que hay que añadir los autores de todas las épocas, incluida la nuestra, que han interpretado esos textos de acuerdo al espíritu con que fueron confeccionados y han vivido la experiencia liberadora de su encarnación. Recordemos que la mente es un reflejo, en nuestra individualidad, del Intelecto Superior, que es más bien al que hay que invocar para que esa "teoría" y todo ese "juego" de relaciones inteligentes entre los símbolos de la Ciencia Sagrada  comience a efectivizarse y operar la transmutación en el sentido alquímico del término, iluminando nuestra conciencia y preparándonos interiormente para vivir la experiencia de lo auténticamente trascendente. Como dicen los Evangelios: "busca y encontrarás". 

Decíamos que los estados no manifestados son inexpresables. Pero que no podamos expresarlos no importa demasiado en este caso, pues ¿podríamos acaso expresar lo que significa el silencio, o el vacío? Contestar que el silencio es la ausencia de sonido (o que el vacío es un espacio sin contenido), no significa nada en este contexto, pues no se trata de ese tipo de silencio (ni de ese tipo de vacío), que en cualquier caso sería un símbolo del verdadero silencio, del silencio arquetípico, que es precisamente un estado de no manifestación (al igual que el vacío), mediante el cual el ser puede comunicarse con su Principio Supremo (con el Atmâ Incondicionado en términos hindúes), pues como señala Rene Guénon a este respecto:

“No solamente no es más que en y por el silencio que esta comunicación [con el Principio Supremo] puede obtenerse, ya que el "Gran Misterio" está más allá de toda forma y de toda expresión, sino que el silencio mismo "es el Gran Misterio"; ¿cómo hay que entender exactamente esta afirmación? Primero, puede recordarse a propósito de ello que el verdadero ‘misterio’ es esencial y exclusivamente lo inexpresable, que no puede evidentemente ser representado más que por el silencio; pero, además, siendo el "Gran Misterio" lo no manifestado, el mismo silencio, que es propiamente un estado de no manifestación, es por esto como una participación o una conformidad con la naturaleza del Principio Supremo. Por otra parte, el silencio, referido al Principio, es, podría decirse, el Verbo no proferido; es por ello que ‘el silencio sagrado es la voz del Gran Espíritu’, en tanto que éste es identificado con el Principio mismo; y esta voz, que corresponde a la modalidad principial del sonido que la tradición hindú designa como para o no manifestada, es la respuesta a la llamada del ser en adoración: llamada y respuesta son igualmente silenciosas, constituyen respectivamente una aspiración y una iluminación puramente interiores”. (“Silencio y Soledad”, cap. V de Mélanges).

La idea del Silencio, del Vacío, del No-Ser, del Infinito, de la inagotable Posibilidad Universal, de la No-Dualidad, están fuera del alcance del ser humano en su estado ordinario, incapaz de albergar un alma “grande” semejante a una esfera en constante expansión, que solo se detiene cuando “limita con lo ilimitado” (o sea con lo Infinito) en feliz expresión de Federico González. Un alma que habiendo superado los corsés impuestos por las limitaciones de la existencia corporal y psíquica, puede contener al Cosmos entero y a los principios ontológicos, que se resuelven siempre en el Ser universal. No olvidemos que en la Cábala la parte más elevada del alma se denomina Neshamah y se identifica con el Espíritu mismo.

Un ejemplo de “alma grande” es la de Moisés, el Legislador del pueblo judío y un “eje polar” del tiempo que le tocó vivir. Es su grandeza de alma (magnanimidad) la que le empuja, en primer lugar a liberar a su pueblo, y posteriormente alcanzar las cimas del Sinaí para preguntarle a Dios cuál es su Nombre, y nos imaginamos que esa pregunta fue imperativa, exigente, absoluta, por la necesidad de conocer ese Misterio, y él ve una “zarza ardiendo”, y oye una voz en su silencio interior: “El Ser Es el Ser”, o “Yo Soy el que Soy”. Moisés reconoce esa verdad en sí mismo con la inmediatez de un rayo luminoso (símbolo de Buddhi, el Intelecto Superior), y no como resultado de una “reflexión” mental o racional, pues es imposible especular ante semejante revelación recibida en el alma como un torrente de luz que todo lo penetra. Se dice que Moisés recibió dos Tablas de la Ley: una, exotérica, dirigida al común del pueblo, y otra, esotérica, dirigida a quienes formaban parte de la “cadena de la tradición iniciática”, la que muchos siglos más tarde recibiría el nombre de Cábala, que significa tradición y recepción. Pues bien, es en estas segundas Tablas donde Moisés recibe las verdades ontológicas más altas, referidas a la naturaleza del Ser que solo “se conoce a Sí Mismo por Sí Mismo”, o sea que “El Ser Es el Ser”. Es claramente la manifestación de la Unidad Divina. Pero asimismo, y como “Polo” de su época, Moisés es receptor de misterios aún más profundos, precisamente los referidos a la naturaleza del Dios incognoscible, que es el Dios que “No Es”; que “no es” principio de nada puesto que no tiene principio, que no es “fin de nada” puesto que no tiene fin. No es “el Alfa y la Omega”, sino el Infinito, el En Sof, que contiene al Alfa y la Omega, o sea al conjunto de la Manifestación universal, y a lo No manifestado en su totalidad. 

Otra alma grande es la del cardenal Nicolás de Cusa, que dejó dicho que el Conocimiento más elevado es precisamente la “Docta ignorancia”, que es en esencia lo que dijo a su vez Platón por boca de Sócrates (otras almas grandes): “Yo solo sé que no se nada”, que es a lo que conduce esa máxima, también socrática, de “Conócete a ti mismo”. Es de notar que Nicolás de Cusa introdujo el Amor en todos estos misterios cuando afirmó: “Puesto que lo ignoro, lo amo”, refiriéndose al Dios Inefable y desconocido, lo cual permite hablar también de una metafísica del amor, y tal vez aquí reside el sentido más profundo de ese “Dios es Amor” que plasmó Juan en su Evangelio, lo que excluye cualquier sentimentalismo de tipo religioso, pero sí un tipo de “emoción intelectual” que es el fuego secreto que inflama al alma y la eleva hacia su Origen increado. Si el Amor es hijo del Conocimiento como señaló lúcidamente Leonardo da Vinci, su madre es la Sabiduría.

A propósito de la “docta ignorancia” y otras aparentes contradicciones y paradojas con las que nos encontramos y encontraremos en nuestro "trato" con estas ideas nada fáciles, debemos decir que el pensamiento metafísico las acepta todas, puesto que en él ya están resueltas de antemano. Si no existiera la posibilidad de pensar metafísicamente (que es en esencia la búsqueda de la conciliación de los opuestos para lograr el acceso a una realidad completamente otra, la realidad del “eterno presente”, o de un “ahora siempre reiterado”, en palabras nuevamente de Federico González) no existiría el puente que comunica lo inmanifestado con lo manifestado, y viceversa. Por eso es tan importante la doctrina metafísica, cuyo estudio es parte constitutiva del rito del Conocimiento y siempre se ha de tener en cuenta la máxima alquímica que aconseja la paciencia y la perseverancia, que es al fin y al cabo la única manera de escapar de la Rueda del samsara y su reincidencia, sobre todo para quienes se han dado cuenta de que la "casa cósmica" es una adorable "cárcel de oro", pero cárcel al fin, y aspiran a la plena libertad incondicionada.

René Guénon tituló su libro más metafísico como Los estados múltiples del Ser, y si no distinguió en él entre estados manifestados y estados no manifestados, es porque ambos están comprendidos en el Ser Universal, solo que unos son posibilidades de manifestación mientras que los otros son posibilidades de no manifestación, como de hecho es el Ser, pues aunque sea el principio de la manifestación cósmica, en Sí Mismo es inmanifestado, lo cual nos permite comprender mejor el sentido de la revelación recibida por Moisés en el Sinaí. En suma, que “el Ser que Es” es también “Lo que No Es”. No se niegan mutuamente, sino que se identifican y “concilian” en la Suprema Identidad, en la plenitud de la No-Dualidad, que es el estado de Liberación más absolutamente genuino que pueda concebirse. Francisco Ariza

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jueves, 7 de enero de 2021

ANIVERSARIO DE RENÉ GUÉNON (1886-1951)

Hoy, 7 de enero de 2021, se cumple el setenta aniversario del paso al Oriente Eterno del gran metafísico francés René Guénon, al que se puede considerar, como señala Federico González, el principal intérprete del pensamiento esotérico en el siglo XX.

En efecto, estamos ante una obra inmensa que forma parte constitutiva del Esoterismo y la Gnosis (Conocimiento) de todas las épocas, con la particularidad de que dicha obra se expuso en nuestro tiempo, que vive en el final de un gran ciclo humano, y esto de alguna manera determinó la forma de esa exposición, que más que un desarrollo amplio de cada uno de los temas que constituyen la Metafísica y la Ciencia Sagrada, fue una prodigiosa síntesis de las mismas. Se ha dicho que la obra de Guénon se dirigía sobre todo al hombre y la mujer occidentales, lo cual es totalmente cierto, pues en el momento en que aquella se escribió Occidente estaba sumido en una profunda degradación espiritual.

Pero el rumbo que ha tomado la sociedad humana en su conjunto desde la muerte de Guénon, y especialmente a partir de la globalización, que comienza mucho antes de la revolución de internet, nos permite pensar que esa degradación se ha hecho ya planetaria, y por tanto esta obra -que toca todos los aspectos esenciales de la Sabiduría Tradicional, en sí misma intemporal- va dirigida a las personas de cualquier lugar de la tierra, muchas de las cuales buscan el apoyo imprescindible de una Enseñanza que ya no encuentran en sus tradiciones particulares debido a que se han endurecido o están en un proceso claro de disolución. La obra de Guénon tiene la virtud de estar coherentemente transmitida en su rigor doctrinal –no exento de una fulgurante belleza- para despertar en todas las personas que se acercan a ella la certeza intelectual-espiritual que les haga recorrer el arduo camino de su propia realización interior.

En este sentido, la "función" de René Guénon recuerda mucho la de aquellos seres míticos de la India, llamados rishis, que siendo inspirados directamente por el Verbo, conservan y vehiculan el Conocimiento a través de los distintos ciclos humanos (Manvantaras), y que los sabios humanos han recogido en los textos sagrados de sus respectivas tradiciones (léanse los Vedas, la Torá, la Biblia, el Avesta, los Eddas nórdicos, el Tao-te-King, el Dhammapada budista, el Corán, etc.) para asegurar su transmisión a lo largo de la Historia.

Sin duda, la obra de Guénon es un regalo otorgado por la Providencia a la presente humanidad habitante de este fin de ciclo. La esencia de su contenido forma parte de ese Arca simbólica, de la que él tanto habló, tácita o explícitamente, que porta en su interior los gérmenes espirituales de una nueva y floreciente humanidad. Francisco Ariza





miércoles, 16 de diciembre de 2020

FEDERICO GONZÁLEZ, O LA BELLEZA COMO UNA FORMA DE CONOCER

Federico González Frías consagró toda su vida a cultivar la relación con las Ideas más altas, e hizo de esa relación el signo de su identidad como ser humano. Y lo que él intuyó, meditó, reflexionó, maduró o conoció directamente de los Mundos superiores lo quiso transmitir a sus semejantes, a todos aquellos que acudieron a su llamado y se reunieron con él en el centro de la plaza pública, como un Sócrates de nuestros días. Él pertenece, por tanto, a la estirpe de los grandes transmisores de la Filosofía Perenne, un nombre de la Tradición Primordial. 

Y no hay transmisión, o al menos esta no es completa, si no lleva en sí misma la fuerza evocadora de un tiempo y una realidad “otra”, reminiscente, que sólo se puede expresar mediante el lenguaje nutrido de la contemplación de la Belleza, que no olvidemos es un nombre divino, Tifereth en la Cábala, el corazón del Árbol de la Vida. Portadora de una luz inmaterial, sutil, al mismo tiempo que ilumina el caos de las tinieblas inferiores por participar del Intelecto divino la belleza es también una energía que nos arrebata hacia arriba, alimentando el ardor y la pasión del alma en la búsqueda del Conocimiento. La belleza como un presentimiento, o mejor, como una intuición directa del cielo. Acerca de ella, dice Federico en su Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos:

Intuir la belleza y ser uno con ella es una forma de Conocer, una síntesis perfecta de la unicidad que se expresa por su intermedio. El éxtasis arrebatador del amor, la manifestación como música de las esferas y la serenidad que nos llega por estos motivos no son sólo maneras de expresar este hecho que conjuga al sujeto que conoce y al objeto que despierta, la Intuición Intelectual, hermanados en la misma Inteligencia y llevados por ella en presencia de la Sabiduría”.

Estas palabras de Federico resuenan también en las de Platón:

"¿Acaso crees –dijo– que es vana la vida de un hombre que mira en esa dirección, que contempla esa belleza con lo que es necesario contemplarla y vive en su compañía? ¿O no crees –dijo– que sólo entonces, cuando vea la belleza con lo que es visible, le será posible engendrar, no ya imágenes de virtud, al no estar en contacto con una imagen, sino virtudes verdaderas, ya que está en contacto con la verdad? Y al que ha engendrado y criado una virtud verdadera, ¿no crees que le es posible hacerse amigo de los dioses y llegar a ser, si alguno otro hombre puede serlo, inmortal también él?” (El Banquete, 211d-212b). Francisco Ariza

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jueves, 1 de octubre de 2020

"SEMBRAR AL VOLEO"


Hemos aprendido a vivir en la oscuridad y adaptarnos a las pautas que marca el tono sombrío que caracteriza a todo fin de ciclo, como el que estamos viviendo. En este medio nos movemos con soltura, sembrando al voleo como labradores que somos de la celeste cultura, aunque no nos preocupamos de los frutos de nuestra acción pues conocemos por experiencia que “el hombre propone pero Dios dispone”. 

Sabemos, además, que entre lo posible y lo real no hay ninguna diferencia, sino más bien identidad, o sea que la regeneración es aquí y ahora (“más luego es nunca” dice el poeta), como tampoco hay diferencia entre el ser y el conocer. La Gracia Divina no contabiliza el “debe” y el “haber”, pues en el “negocio” en que nos hemos embarcado por libre voluntad y por amor a la Sabiduría los intereses son completamente otros, desconocidos para quienes han apostado todo a la ruleta rusa de este mundo a la deriva. Han perdido toda esperanza en una regeneración abducidos por el "gran letargo colectivo", esa espesa y espantosa niebla de la mediocridad que nos distrae de nuestro verdadero objetivo y nos sumerge en una estéril melancolía, sintiéndonos como humo de paja que se lleva el viento del olvido.

Sin embargo, desde la perspectiva metafísica, y alquímica, siempre existe la oportunidad de la rectificación. Desde esa perspectiva no hay culpas, que siempre conducen al sentimiento de la autocompasión (muy cercano a la moralina social-religiosa), sino errores nacidos de la ignorancia, para la cual, siempre, el único remedio es el Conocimiento, la Gnosis. Por eso no basta con las "buenas intenciones", de las que está empedrado el camino del infierno, como dice el refrán. 

Paracelso hablaba de que el ser humano está en permanente combustión, y funciona como un atanor, imagen que conviene perfectamente y define la naturaleza ígnea del alma humana. No hay regeneración sin la actividad permanente de ese fuego, que es físico a un nivel, y solo hay que ver cómo trabajan ciertos órganos corporales para percatarse de ello. 

Pero aquí lo que interesa es despertar ese otro fuego que está "oculto", más fino, diáfano y traslúcido, del cual nos habla el Hermetismo de todas las épocas, de tal manera que la sutilísima luz que de él se desprende sea capaz de atraer otras energías, otras influencias, que nos permitan ir ascendiendo por la escala de los cielos planetarios y extraplanetarios, revistiéndonos de sus cualidades por asimilación. 

Esa luz es una forma que toma la Inteligencia cuando se manifiesta sin trabas en nuestra conciencia. Por eso mismo, la experiencia del viaje del Conocimiento se vive como una paulatina liberación de los lazos psicológicos, que al comienzo son muy espesos y harto difíciles de desanudar, quizás por las propias leyes de la gravedad que a esos niveles nos atraen "hacia abajo", e impiden el "vuelo" hacia otros paisajes y geografías, aquellas que describieron los poetas y bardos de las expediciones que hicieron los héroes míticos por los mares y tierras celestes. 

A esos lugares del alma cósmica y humana se llega tras invertir el sentido de la dirección de esa misma ley de la gravedad que, habiéndose transmutado en la fuerza del Amor, lejos de atraernos hacia abajo nos impulsa "hacia arriba", hacia los mundos superiores, descritos en su conjunto como una ciudad, la Ciudad Celeste, en donde hay "muchas moradas" pero una única Luz que las ilumina.

En realidad no estamos muy lejos de la Tierra celeste. De hecho la llevamos siempre con nosotros; y es más, nunca hemos salido de ella, tan sólo nos habíamos dormido imaginando sueños imposibles y por tanto irreales.

Al Ser solo le interesa lo que se oculta en la cámara más secreta de nuestro corazón, pues allí Él se reconoce en lo humano, y viceversa, lo cual no deja de ser una forma de expresar el misterio de la UnidadFrancisco Ariza 

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Imagen del frontispicio: Johann Daniel Mylius. Opus medico-chymicum, emblema 29 de los Sellos de los Filósofos, 1618. 

lunes, 18 de mayo de 2020

ANOTACIÓN SOBRE EL SER Y EL NO-SER


El Ser es un punto en la inmensidad del No-Ser

A raíz del escrito sobre el Infinito metafísico varios amig@s han compartido sus impresiones sobre determinadas cuestiones que allí tratamos, como por ejemplo las relaciones entre el Ser y el No-Ser, al que, como señalamos, no deberíamos confundir con la “nada”, que es la negación pura y simple. De la nada, nada puede ser creado, por eso la creación “ex-nihilo” es un absurdo, pues no existe nada en el universo que pueda carecer de un principio.

El No-Ser no niega al Ser, y por tanto tampoco a la existencia, a cualquier tipo de existencia, que siempre emana del Ser, pues este es su principio. La doctrina metafísica nos enseña que el Ser es el No-Ser afirmado (como la Unidad es el Cero afirmado), lo cual significa que el Ser mismo “nace” del No-Ser, por lo tanto diríamos que el No-Ser es el principio del Ser, existiendo un vínculo entre ambos, y un vínculo claramente jerárquico, pues el Ser es un punto en la inmensidad del No-Ser, teniendo en cuenta que lo espacial sirve aquí de explicación puramente simbólica.

Esto lo explica muy bien la Cábala (y más concretamente el Zohar) cuando al mencionar el significado de la letra “Iod”,, que es la primera del Tetragrama Iod-He-Vau-He puesto en relación con los cuatro planos y las diez sefiroth del Árbol de la Vida, nos dice que dicha letra se corresponde con las dos primeras sefiroth, Kether y Hokmah, la “Corona” y la “Sabiduría” respectivamente. Pero añade que a Kether (que es el Ser) solo le corresponde la punta superior de la letra, mientras que el resto de la misma pertenece a Hokmah, la Sabiduría. Pues bien, esa parte superior, dice el Zohar está enraizada en Ain, literalmente “Nada”, pero en el sentido del No-Ser. O sea que la raíz del Ser se “nutre” del No-Ser, y esto significa que la propia existencia del Ser tiene sentido a partir de lo no-manifestado. Si el Ser “envuelve” a toda la existencia como una emanación de él mismo, el No-Ser “envuelve” al Ser, y el Infinito metafísico a ambos, con lo cual este, a pesar de que se exprese con un término negativo (Infinito = “No finito”), sin embargo constituye en verdad la más absoluta y plena afirmación que se pueda concebir, puesto que lo contiene Todo sin distinción de ninguna clase, en la plenitud de su Suprema Identidad.

II
Creer que existen estados no manifestados y que jamás se manifestarán, choca inevitablemente con nuestra mentalidad actual, que no ha sido educada en la enseñanza metafísica, ni tan solo en una forma de encarar la filosofía como una predisposición hacia el conocimiento metafísico (que sí está en la filosofía de Platón, de Proclo, de Dionisio Areopagita, de Nicolás de Cusa y otros filósofos neoplatónicos y herméticos), y que por tanto es incapaz no solo de concebir sino de pensar siquiera que puedan haber estados más allá del Ser y sus emanaciones existenciales. Para empezar, sería una manera de negar la idea del Infinito metafísico, o de la Posibilidad Universal, así llamada porque ella contiene tanto las posibilidades de manifestación (que estarían condicionadas por el hecho de su propia manifestación) como las posibilidades de no manifestación, que no están sujetas a condicionamiento alguno.

Por eso mismo, cualquier ser considerado en su totalidad, es decir en cuerpo, alma y espíritu, comprende tanto los estados de manifestación como los estados de no-manifestación.[1] Y así como el Ser universal (Kether) tiene su principio en el No-Ser (Ain), los estados manifestados de ese mismo Ser, el ser humano por ejemplo, tienen su principio metafísico en un estado no manifestado, de ahí que sea dicho estado el que asegure a ese ser su permanencia y su verdadera identidad. Dice a este respecto René Guénon que si un ser cualquiera solo fuese considerado en su estado manifestado sin referirlo a su principio inmanifestado, dicha permanencia e identidad no serían sino ilusorias,

“puesto que el dominio de la manifestación es propiamente el dominio de lo transitorio y de lo múltiple, lo que implica modificaciones continuas e indefinidas”.[2]

El solo pensamiento de que nuestra conciencia puede albergar estados que no están manifestados y que nunca se manifestarán como tales, puede abrirnos perspectivas realmente nuevas en nuestra vida. Por de pronto relativizaremos muchas de las cosas a las que dábamos una importancia absoluta. Pero sobre todo nos sobrecogeremos ante la sola idea de un Misterio insondable, cuya ausencia en la manifestación no lo hace menos majestuoso, menos “presente” paradójicamente. 

Muchas veces ese Misterio puede producir temor, pero ese es en realidad el “temor de Dios” de que se habla en los textos sapienciales, que bien entendido es el profundo respeto que sentimos hacia lo sagrado, aun sin saberlo. Otras veces ese temor es simplemente la resistencia de una parte de nosotros a aceptar esa realidad inasible, pero es todo lo contrario a lo que nos imaginamos, pues si lo meditamos bien, en ella, en su no condicionamiento, encontraremos la esperanza de nuestra propia liberación, que en definitiva no será sino una absorción plenamente consciente en nuestro Origen Increado. Francisco Ariza





[1] Estos últimos se conciben a través de la “intuición intelectual”, que es un “órgano” que solo posee el Espíritu, y únicamente puede ser “despertado” bajo su influencia, siendo esta en realidad toda la labor del “trabajo iniciático” propiamente dicho.
[2] Los estados múltiples del Ser, cap. III.

miércoles, 13 de mayo de 2020

SOBRE EL INFINITO METAFÍSICO


El Infinito, concepto metafísico que no hay que confundir con lo “indefinido”, que como su palabra indica es lo “no definido”, no puede ser abarcado ni por las criaturas que habitan en la Tierra ni por las que habitan en el Cielo. Lo Infinito, idéntico a lo Ilimitado, no está sometido a las condiciones de espacio y tiempo ni de cualquier otro tipo impuestas por la manifestación en cualquiera de sus planos o niveles, que en la Cábala están designados con los nombres de Assiyah (mundo corporal), Yetsirah (alma inferior) y Beriyah (alma superior). Tampoco el Infinito cabría en el plano más alto de la manifestación, que es el dominio de la Triunidad de los principios ontológicos, referidos al Ser (Atsiluth), con la única salvedad de que este, el Ser, siendo el Principio de la manifestación es en sí mismo increado, y en este sentido no estaría condicionado por esa manifestación, que emana de él.
Recogiendo un legado intelectual que se remonta a los orígenes de la Filosofía, los sabios y hermetistas medievales hasta Nicolás de Cusa, dejaron escrito que: “Dios es una esfera inteligible, cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”.
En realidad esta es una idea que, expuesta de diferente manera, está presente en todas las doctrinas tradicionales, ya sean de Occidente o de Oriente, lo que sucede es que tal y como la formulamos aquí pertenece al lenguaje de la filosofía occidental, que no es el que empleaba Salomón, el rey-poeta, autor entre otros del libro de la Sabiduría y el Cantar de los Cantares. Salomón es heredero de una tradición que basa su concepción del mundo en una metafísica del lenguaje centrada en el conocimiento del Nombre inefable de Dios, que sólo se revela a través de sus atributos creacionales, simbolizados por letras, nombres y números que, entretejidos entre sí, escriben perennemente el Libro de la Vida. Sin embargo, en las siguientes palabras podemos encontrar esa misma idea de lo Ilimitado, a saber: que Dios, o el Ser en tanto que principio de todas las cosas manifestadas, no puede estar contenido en los límites de la Creación, de ahí que su circunferencia no está en ninguna parte de Él mismo:
Pero ¿es verdad que Dios morará sobre la tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener; ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?” (I Reyes, 8, 27).
Esa casa es evidentemente el Templo de Jerusalén, construido durante su reinado con las "medidas" simbólicas del Cosmos.
En efecto, Dios no está limitado por ninguna criatura, pero está en cada una de ellas pues sin él no existirían. La trascendencia metafísica de Dios no se contradice con su inmanencia en la Creación. El No-Ser contiene al Ser en la totalidad de sus posibilidades existenciales, pero el No-Ser es un punto, un germen, en el corazón del Ser. ¿Puede el pensamiento racional comprender lo que esto significa? Es obvio que no, y sin embargo, al concebirlo mentalmente de algún modo habremos dado un paso importante para atravesar esas “grandes aguas” que son el Mundo Intermediario o Alma del Mundo (o sea Yetsirah y Beriyah), más allá del cual se encuentra el Mundo Arquetípico (Atsiluth), el dominio del Ser Universal, o de la Triunidad de los principios ontológicos. 
Las personas que toman a las ideas metafísicas como parte esencial de su realización interior saben que el conocimiento de la Cosmogonía no es el fin de esa realización, sino el medio o el vehículo que les puede conducir al conocimiento de su autor: el Ser, también llamado Gran Arquitecto del Universo. Pero, como dijimos antes, el Ser en Sí Mismo, en su Esencia, es inefable e incognoscible para el ser individual, o dicho de otra manera: el conocimiento que podamos tener de Él se limitará tan solo a los atributos con que se manifiesta, incluida la Triunidad ontológica, pero jamás a su Esencia inmanifestada, la que pertenece enteramente al dominio del No-Ser.
El término de No-Ser pertenece a la metafísica taoísta, si bien tiene su análogo en el Ain de la Cábala, término que se traduce por “Nada”, entendiendo nada no en el sentido corriente del término, sino como lo inefable, sobre lo cual nada puede decirse a través del lenguaje o de cualquier otro medio o representación simbólica. Es significativo que en hebreo la palabra Ain (Nada) tenga las mismas letras que Ani (Yo, en el sentido de Ser) pero dispuestas de otra manera.
En nuestro estudio Las Corrientes Hispánicas de la Cábala[1] señalamos a este respecto que:
“Ain, el Dios incognoscible y trascendente se revela en Ani (Yo), que es el Ser Universal, o Dios como inmanencia creadora. Para Azriel [cabalista medieval de la escuela de Gerona], Dios es considerado como el Infinito impersonal (Ain), y el Infinito personificado (Ani), que es propiamente el principio de la Creación. Esta idea está ya presente en el Sefer Yetsirah (“Libro de las Formaciones” atribuido míticamente a Abraham)), la obra fundacional de la Cábala, en donde se dice: “Él hizo de su nada su ser, y no ha dicho: él hizo el ser de nada. Esto nos enseña que la nada es el ser y que el ser es la nada”.
II
Ambos, Ain y Ani, lo que “No es” y el “Ser”, conformarían el Ain Sof (o En Sof), literalmente “Sin Límites”, o sea el Infinito propiamente dicho. Por tanto, el Infinito es al mismo tiempo Ser y No-Ser, sonido y silencio, lleno y vacío, manifestado y no-manifestado, inmanente y trascendente, y es en este sentido y porque contiene y abarca tanto a lo uno como a lo otro, que la idea de Infinito es idéntica a la No-Dualidad, o Suprema Identidad. Por consiguiente, la noción del Infinito es la más completa de todas las Ideas metafísicas, y la única que puede hacernos auténticamente libres de todo condicionamiento. 

San Juan, en su Evangelio, recogiendo las palabras de quien dijo de sí mismo: "Yo soy el Alfa y el Omega, principio y fin" (expresión que conviene perfectamente a la naturaleza del Ser universal) dejó escrito que: "La Verdad os hará Libres", y la Verdad se identifica con la propia Idea del Infinito metafísico, tal y como se dice en una de las enunciaciones fundamentales del Vêdânta: "Brahma es la Verdad, el Conocimiento, el Infinito".[2]  
A propósito de esto, René Guénon, en el cap. XXXII de Iniciación y Realización Espiritual, recoge las siguientes palabras de Ananda Coomaraswamy, que hacen referencia a lo que estamos diciendo:
"Es preciso haber pasado más allá de lo manifestado (lo cual está representado por el paso ‘más allá del Sol’) para alcanzar lo no-manifestado (la ‘oscuridad’ entendida en su sentido superior), pero el fin último está todavía más allá de lo no-manifestado; el término de la vía no se alcanza en tanto que Atmâ no sea conocido a la vez como manifestado y no-manifestado"; para llegar a él [añade Guénon] se debe entonces pasar aún ‘más allá de la oscuridad’, o, como expresan algunos textos, ‘ver la otra faz de la oscuridad’. De otro modo, Atmâ puede ‘brillar’ en sí mismo, pero no ‘irradia’; es idéntico a Brahma,[3] pero en una sola naturaleza, no en la doble naturaleza comprendida en Su única esencia”.
Evocando esa “única esencia”, que es el Infinito, el sabio taoísta Tchoang-tseu, dejó escritas las siguientes palabras, en las que reconocemos pasajes que evocan la "docta ignorancia" de Nicolás de Cusa, de la que Federico González ha dicho que representa el más alto grado de Conocimiento:
«El Infinito ha dicho: yo no conozco el Principio; esta respuesta es profunda; la Inacción ha dicho: yo conozco el Principio; esta respuesta es superficial. El Infinito ha tenido razón al decir que no sabía nada de la esencia del Principio. La Inacción ha podido decir que Le conocía, en cuanto a Sus manifestaciones exteriores… No conocer-Le, es conocer-Le (en Su esencia); conocer-Le (en sus manifestaciones), es no conocer-Le (tal cual es en realidad). ¿Pero cómo comprender eso, que es no conociendo-Le como se Le conoce? — He aquí como dice el Estado Primordial. El Principio no puede ser entendido; lo que se entiende, no es Él. El Principio no puede ser visto; lo que se ve, no es Él. El Principio no puede ser enunciado; lo que se enuncia, no es Él… El Principio, no pudiendo ser imaginado, tampoco puede ser descrito. El que hace preguntas sobre el Principio, y el que las responde, ambos muestran que ignoran lo que es el Principio. Del Principio, no se puede preguntar ni responder lo que Él es» (Tchoang-tseu, XXII; traducción del Padre Wieger). 
Francisco Ariza 
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[1] Cuadernos de la Gnosis Nº2 (Symbolos, 1993).

[2] René Guénon: Los Estados Múltiples del Ser, cap. XVI.

[3] Guénon se refiere al Supremo o Incondicionado Brahma (Brahma nirguna), no a Brahma saguna, el dios creador, integrante de la Trimurti hindú junto a Visnú y Shiva.


Tchoang-tseu

martes, 14 de abril de 2020

CUANDO EL DIOS SHIVA DEJA DE DANZAR


La danza de Shiva es el propio movimiento creacional. Señala Federico González (Simbolismo y Arte, cap. III) que el movimiento es “la proyección espacial del tiempo”, ya que este no lo podemos medir si no es a través del movimiento en el espacio. El movimiento liga, así, el tiempo y el espacio. Pero cuando Shiva deja de danzar esto significa que ya no hay espacio que permita el movimiento de esa danza, o sea que el tiempo y el espacio se han fundido en una sola realidad, imposible de definir, por ser absolutamente inefable: es la “vivencia de la eternidad”. ¿Cómo explicar eso?

Cuando Shiva deja de danzar se produce la transformación del tiempo en un solo y absoluto instante sin solución de continuidad. El “instante” es inaprehensible, y por la misma razón tampoco es “computable” por decirlo de alguna manera gráfica, que siempre es simbólica al ser la descripción esquemática de una Idea, en este caso de la idea del no-tiempo.

En efecto, cuando Shiva y su Shakti (su potencia creadora) cesan en su perenne copulación, la ecuación espacio-tiempo queda abolida de inmediato. Si ya no hay movimiento, si los ritmos entrelazados no encuentran eco donde expandir su cadencia armónica, el Cosmos queda absorbido en su Principio, en su Origen increado. En ese instante todos los seres y mundos advierten que sus corazones están atravesados por el hilo de Atma, en perfecta simultaneidad. 

Ese “advertir” es un despertar de la conciencia que nos permite realizar el pasaje “de lo individual a lo universal”, lo cual es imposible que ocurra en el tiempo, pero que sí ha sido con la ayuda del tiempo como lo podremos realizar, por eso el propio Federico González, en ese mismo capítulo, nos dice que el tiempo es una manifestación del Amor divino. El tiempo podría ser descrito simbólicamente como una sucesión de instantes encadenados, de la misma manera que cada punto de la circunferencia es el extremo de uno de los radios que parten del centro, que es único, razón por la cual simboliza al Espíritu, a la Unidad metafísica. 

Y así como en una circunferencia no puede haber “dos centros”, también el Espíritu es único con respecto a la totalidad de los seres creados. Él es el Principio y el Fin del tiempo, que se conjugan en el verbo Ser: “Yo Soy el Alfa y la Omega”. 

Como señala René Guénon (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, cap. XVIII): “El ‘Señor de los tiempos’ no puede estar por su parte sometido al tiempo, el cual tiene en él su principio”. Él es, por tanto, el “Señor de la Eternidad”. Y en otro lugar, el mismo Guénon afirma que en la Eternidad, “el conjunto del tiempo está siempre presente en la totalidad de su extensión”.[1]

La revelación de esa realidad en el alma humana la llena de gozo y de júbilo, palabra tan cercana a jubileo, “el año en que el Señor te concede su Gracia”. En primer lugar porque el alma reconoce que ha sido “visitada” por el soplo del Espíritu, ya que Él solo se “presenta” a quien realmente lo ama, aunque sea donde y cuando Él quiera, pues, también aquí, solo el Padre conoce el día y la hora.

Esa alma no necesita llegar a ningún “fin de ciclo”, colectivo o individual, para darse cuenta que dicho fin “ya fue” para ella, consumada, y consumida, en el Amor, que no olvidemos es hijo del Conocimiento, de la Sabiduría, lo cual revela una jerarquía entre ambos. Es por eso que el Amor, hijo del Conocimiento, está en permanente guerra contra la muerte y la ignorancia, nuestro principal enemigo. El Amor es un dios generoso, capaz de unir los fragmentos dispersos de nuestro ser, y mantenernos firmes en la Fe, y en la Esperanza de escapar de las garras del Demiurgo, el artesano creador de la ilusión cósmica. Francisco Ariza




[1] Prefacio al libro de Ananda K. Coomaraswamy El Tiempo y la Eternidad. A continuación Guénon señala lo siguiente: “La independencia esencial y absoluta de la eternidad con respecto al tiempo y a toda duración (…) resuelve inmediatamente todas las dificultades planteadas a propósito de la Providencia y la omnisciencia divinas”.