MISCELÁNEA DE PENSAMIENTOS HERMÉTICOS. Francisco Ariza

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miércoles, 16 de diciembre de 2020

FEDERICO GONZÁLEZ, O LA BELLEZA COMO UNA FORMA DE CONOCER

Federico González Frías consagró toda su vida a cultivar la relación con las Ideas más altas, e hizo de esa relación el signo de su identidad como ser humano. Y lo que él intuyó, meditó, reflexionó, maduró o conoció directamente de los Mundos superiores lo quiso transmitir a sus semejantes, a todos aquellos que acudieron a su llamado y se reunieron con él en el centro de la plaza pública, como un Sócrates de nuestros días. Él pertenece, por tanto, a la estirpe de los grandes transmisores de la Filosofía Perenne, un nombre de la Tradición Primordial. 

Y no hay transmisión, o al menos esta no es completa, si no lleva en sí misma la fuerza evocadora de un tiempo y una realidad “otra”, reminiscente, que sólo se puede expresar mediante el lenguaje nutrido de la contemplación de la Belleza, que no olvidemos es un nombre divino, Tifereth en la Cábala, el corazón del Árbol de la Vida. Portadora de una luz inmaterial, sutil, al mismo tiempo que ilumina el caos de las tinieblas inferiores por participar del Intelecto divino la belleza es también una energía que nos arrebata hacia arriba, alimentando el ardor y la pasión del alma en la búsqueda del Conocimiento. La belleza como un presentimiento, o mejor, como una intuición directa del cielo. Acerca de ella, dice Federico en su Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos:

“Intuir la belleza y ser uno con ella es una forma de Conocer, una síntesis perfecta de la unicidad que se expresa por su intermedio. El éxtasis arrebatador del amor, la manifestación como música de las esferas y la serenidad que nos llega por estos motivos no son sólo maneras de expresar este hecho que conjuga al sujeto que conoce y al objeto que despierta, la Intuición Intelectual, hermanados en la misma Inteligencia y llevados por ella en presencia de la Sabiduría”.

Estas palabras de Federico resuenan también en las de Platón:

"¿Acaso crees –dijo– que es vana la vida de un hombre que mira en esa dirección, que contempla esa belleza con lo que es necesario contemplarla y vive en su compañía? ¿O no crees –dijo– que sólo entonces, cuando vea la belleza con lo que es visible, le será posible engendrar, no ya imágenes de virtud, al no estar en contacto con una imagen, sino virtudes verdaderas, ya que está en contacto con la verdad? Y al que ha engendrado y criado una virtud verdadera, ¿no crees que le es posible hacerse amigo de los dioses y llegar a ser, si alguno otro hombre puede serlo, inmortal también él?” (El Banquete, 211d-212b). Francisco Ariza

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lunes, 9 de noviembre de 2020

“LOS HOMBRES PASAN, PERO LA DOCTRINA PERMANECE”

¿Por qué hoy, 9 de Noviembre de 2020, día del sexto aniversario del paso al Oriente Eterno de Federico González Frías, nuestro querido amigo y hermano, tengo que homenajear su memoria si no pasa un día sin que ella deje de estar presente en la mía? Todos los días son 9 de Noviembre, o ningún día lo es desde el momento en que el tiempo concluyó su danza y todo recuerdo es para invocar el Nombre del Señor, que dijo "hacer esto en conmemoración mía", y también: “cuando dos o tres se reúnan en mi Nombre, yo estaré en medio de ellos”. Este es el sentido nuclear de la Tradición inmortal, y lo que justifica el sacrificio (de sacrum facere, “hacer sacro”) de cualquier vida humana en pos de su encarnación.

La entidad espiritual-intelectual llamada “Federico”, “Príncipe de la Paz”, está viva pues se identificó, y se identifica, plenamente con la Tradición. Si su individualidad se consumó pasando a lo Universal, el poder de su verbo atemporal y redentor, fijado en su obra escrita, continúa fecundando secretamente la substancia de mi pensamiento, y la de todo aquel que disfruta su lectura concentradamente, pues es un festín para la Inteligencia, que se revela en ella junto a la Belleza y la Sabiduría.
“Los hombres pasan, pero la doctrina permanece”, me dijo apenas unos meses después de haberlo conocido y de haber asistido en Barcelona a sus clases sobre la Tradición Hermética y la Vía Simbólica, allá por la lejana primavera de 1979.
Este es el mensaje: la “doctrina permanece”, ya sea de modo virtual o efectivo, en el corazón de los hombres, y esta es la promesa que han de renovar cada día aquellos que han heredado su esencia, que es ese “pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera” (Juan 6,50).
“Es inmortal aquel que ha trascendido las distintas muertes y resurrecciones y casi sin pretenderlo accede a este nivel, o estado, su auténtica identidad, que es aquella que jamás muere”. (Federico González Frías. Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Athanatos). Francisco Ariza


miércoles, 14 de agosto de 2019

ALGUNA CORRESPONDENCIA DE RENÉ GUÉNON


Nuestra amiga Emilia Agüero de Chazal está poniendo en su página de Facebook estos días de Agosto una serie de extractos de cartas de René Guénon en donde este, además de temas muy variados, trata también de cuestiones doctrinales acerca de ideas que expuso en algunos de sus numerosos libros, ampliándolas y abriendo nuevas perspectivas sobre las mismas. En este sentido podemos decir que dichas cartas tienen en sí mismas un valor añadido indiscutible.

Se estima que la correspondencia de Guénon es cuatro veces el volumen de su obra publicada, lo cual da la medida no solo del numeroso epistolario que mantuvo con sus colaboradores, sus conocidos, sus lectores (que ya en ese tiempo eran muchos), sus editores en distintos países del mundo, etc., sino que demuestra su entrega total a una función espiritual que se enmarca dentro del “fin de ciclo” que estamos viviendo. Guénon fue en el siglo XX la voz de la Tradición Unánime en Occidente, y su obra sigue siendo una guía intelectual para quien ligue con el sentido cosmogónico, ontológico y metafísico contenido en ella, que es de una sorprendente claridad didáctica, hasta el punto que parece haber sido trazada con compás, escuadra, plomada y nivel, dejando traslucir la “belleza de la Idea”, o sea “el esplendor de lo verdadero”, como diría Platón.

Esto es así, y por supuesto lejos de mi ánimo cualquier veleidad “guenoniana”. Esto para nada, que quede claro, entre otras cosas porque no soy ningún guenoniano, muchos de los cuales tienen una lectura muy literal de la obra de Guénon. Simplemente es un reconocimiento y un agradecimiento por la lucidez con la que expuso su pensamiento. Podrían matizarse algunas de las cosas que Guénon afirmó en su momento, pero son cuestiones secundarias que no han soportado el paso del tiempo, y que en nada afectan al núcleo de la doctrina que él expuso, fija e inmutable como el Polo celeste.

Especialmente interesantes me parecen las cartas donde Guénon denuncia a los que él denomina los “suizos” (con Frithjof Schuon a la cabeza), considerándolos unos parásitos de su obra, y que en absoluto están a su mismo nivel intelectual y espiritual, como algunos pueden llegar a pensar. Por las razones que fuesen Schuon no había llegado a comprender algo esencial, y que está en el origen de toda su desviación posterior: que la religión y la Metafísica son dos ámbitos completamente distintos, y por tanto no se pueden mezclar ni confundir. No deja de ser una ironía que esto no lo comprendiera alguien que, como Schuon, se consideraba a sí mismo un iniciado en el sufismo, cuando es precisamente en el Islam donde esos dos ámbitos están perfectamente delimitados, quizá más que en ninguna otra tradición. Mezclando la religión con la Metafísica se rebaja esta última al plano dogmático y devocional propio de la religión, o sea de lo exotérico (de exterior), con lo cual el sentido esotérico (de interior) e iniciático finalmente acabaría desapariciendo. En ese supuesto ¿dónde quedaría la realización espiritual y auténticamente metafísica, que es la que justifica la iniciación a los misterios, y hasta sus últimas consecuencias, por así decir? Es muy sintomático en este sentido que el primer libro publicado por Schuon se titulara “De la unidad trascendente de la religiones”, precisamente en un año, 1948, en el que Guénon ya estaba denunciando por carta sus desviaciones doctrinales.

Evidentemente esa “unidad trascendente”, para que sea tal, es decir para que “trascienda” las limitaciones de lo creado (que es a las que se circunscribe lo religioso) ha de provenir del ámbito metafísico. Esta es una cuestión a la que el propio Guénon dedicó muchas páginas, sabiendo lo “perjudicial” que era crear esa confusión entre los que buscan la realización por el Conocimiento, o sea por la Gnosis. Simplemente esa realización quedaría abortada. Aquí tenemos un ejemplo claro de la parábola evangélica del “trigo y la cizaña”, y todo el que la conozca sabrá de qué estamos hablando. El mal, en forma muchas veces de traición, se incuba también en el seno de las propias organizaciones iniciáticas, o allí donde se ha generado una influencia espiritual a través de la obra de un Maestro (en este caso Guénon, pero no solo de él) que vivifica un medio esotérico o hermético en decadencia, como sucedía en el Occidente de su tiempo.

El daño hubiera sido irreparable si el propio Guénon no hubiera actuado a través de su correspondencia dirigida a personas de su plena confianza. Y no solo eso, sino que empezó a publicar una serie de artículos que, aun sin nombrarlos explícitamente por sus nombres, estaban claramente dirigidos a denunciar las desviaciones de Schuon y sus partidarios. Este es el caso por ejemplo de “Ceremonialismo y esteticismo” y “Verdaderos y falsos instructores espirituales”, entre otros (todos esos artículos formaron parte tras la muerte de Guénon de “Iniciación y Realización Espiritual”).

Por eso mismo, cualquier iniciativa encaminada a “recordar” esas cuestiones siempre es bienvenida, pues sabemos el ascendiente que continúa teniendo Schuon (aunque menos) [1] y todos los que como él, en el fondo, confunden lo psíquico con lo espiritual. Desde aquí quiero felicitar y dar las gracias a Emilia Agüero de Chazal por esta feliz, oportuna y valiente iniciativa. Francisco Ariza

Nota
[1] A ello ha contribuido decisivamente, al menos en el ámbito de la lengua castellana, Federico González, el cual clarificó en su momento, y desde el punto de vista doctrinal, todo este asunto desde las páginas de la revista Symbolos junto a algunos de sus colaboradores, entre los que se encontraba quien esto escribe. Posteriormente, en 1998, la propia revista Symbolos publicó “Schuon versus Guénon”, dentro de su colección Cuadernos de la Gnosis nº 9. Aquí ponemos el enlace: http://symbolos.com/cg9vers1.htm

domingo, 4 de agosto de 2019

"LA COMPRENSIÓN DEL PRESENTE BORRA LOS ERRORES DEL PASADO"


Quién no se ha lamentado alguna vez de ciertos errores cometidos en el pasado y a continuación se ha dicho a sí mismo: “si pudiera volver atrás…”. Evidentemente hacia atrás no podemos volver, y lo que está hecho ahí quedó, como una foto fija e inamovible. A esto los antiguos llamaban fatum, “fatalidad”, pero en sentido restringido, pues este término también significa destino, de ahí los “hados del destino” en referencia a las energías de los astros, que influyen pero no determinan.

Sin embargo, las consecuencias de aquella acción errónea del pasado, teñida de fatum, que cometimos bien por ignorancia, soberbia, o por cualquier otro motivo, y que de tanto en tanto nos perturba y nos duele como una herida mal cicatrizada, esas consecuencias, decimos, sí pueden ser “rectificadas” operando directamente sobre ellas, lo cual solo es posible comprendiendo la causa, o causas, de aquella acción errónea. No es el pasado el que vuelve, sino las consecuencias de nuestros actos (el karma). Es en este sentido que se dice que estamos condicionados por el pasado.

Sin embargo, Federico González en alguna ocasión afirmó algo que está directamente relacionado con lo que estamos diciendo, a saber: que “la comprensión del presente borra los pecados, o los errores, del pasado”. En efecto, si logramos comprender las causas de nuestros errores, las consecuencias de los mismos en el presente quedarán por ello mismo neutralizadas, y ese equilibrio roto en alguna parte de nuestro ser se encontrará nuevamente restaurado.

Naturalmente, en esa comprensión va incluido el “arrepentimiento”, que es una forma de la rectificación, palabra que contiene la idea de rectitud y por tanto de eje, como hemos señalado en diversas ocasiones. Por eso no valen los autoengaños. 

Hay un “ojo que todo lo ve” del que no podemos sustraernos ya que se trata de nuestra propia “conciencia vigilante”, cuya naturaleza es conforme con el dharma, que es una manera de denominar la Justicia divina en tanto que expresa la Ley o Norma universal, ya sea a nivel macrocósmico como microcósmico. Es a esa conciencia a la que tarde o temprano tendremos que rendir cuentas de nuestras acciones, para así liberarnos de sus consecuencias, cualquiera que estas sean, pues si bien ponemos el acento en los errores, también debemos liberarnos de nuestros supuestos “aciertos”, que igualmente pueden condicionarnos. De hecho es de los errores de los que mejor y más rápidamente se aprende, como dicta la propia experiencia.

En cualquier caso, toda rectificación que se haga bajo estos parámetros es en sí misma un rito, palabra que contiene en su etimología la idea de un “orden” interno, de ahí su fuerza y poder de “sanación”, mucho más eficaz que cualquier visita al psicólogo (valga la ironía), pues no se pueden curar los “males del alma” sin salir de la esfera donde estos se producen. Somos prisioneros encerrados en la caverna de que habla Platón en la República, donde solo se proyectan sombras de objetos y cosas iluminados por un fuego que arde en la parte superior de la misma, y sólo cuando los prisioneros se dan cuenta de que además de este fuego existe la luz del Sol, mucho más potente y que penetra en la caverna por su parte más alta y cenital, es cuando verdaderamente desean salir de la caverna tenebrosa, que es como una burbuja flotando en el inconmensurable cuerpo luminoso de Visnú, el dios que restaura los permanentes desequilibrios de la Vida cósmica, así sea del conjunto de esta, o la de un mundo y de cada una de las criaturas que lo habitan.

Ciertamente, comprender esto requiere de un trabajo previo llevado a cabo con el auxilio y la guía de una Tradición sapiencial, entregándonos a su enseñanza y procurando asimilarla sin los anteojos de los prejuicios, en su gran mayoría heredados del medio socio-cultural y familiar. Mediante esa guía, efectivamente comprenderemos con la mente y el intelecto, pero actuaremos bajo el impulso de la voluntad. Solo el conocimiento puede liberarnos del encadenamiento de causas y efectos, pero es requisito indispensable “querer” de verdad esa liberación.

Cuando esto es así, ese “querer” encontrará eco en el “Querer” del Gran Arquitecto, que es su propia Voluntad, inseparable de la Inteligencia (o Providencia) que gobierna el Mundo. Bajo esa perspectiva completamente nueva veremos que los errores que hayamos cometido a nivel individual habrán sido en realidad notas discordantes que finalmente concurrirán en el gran concierto de la Armonía Universal. Será entonces cuando nuestro karma, o el conjunto de todas nuestras acciones, pasadas, presentes e incluso futuras, estarán en conformidad con el dharma, habiéndonos sumado a un Orden, “que es su Nombre”, y nuestro verdadero destino. Francisco Ariza

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viernes, 5 de julio de 2019

¿SOMOS UN CAMINO Y PROCESO INACABADOS?


Nuestro amigo Carlos García, en un comentario a la nota anterior “Símbolos Herméticos del Camino de Santiago (I parte)”, nos ha hecho una pregunta que por su pertinencia creo que merece una amplia contestación. La pregunta es: “¿Somos un Camino y proceso inacabados?” Es evidente que es así, pues de lo contrario no habría en nosotros la necesidad de “iniciar un camino” y el proceso que ello conlleva, que en realidad es el de la propia vida. Así lo expresa el camino de Santiago con los códigos propios de una cultura, que es la nuestra. Pero el Tao-Te-King chino dice lo mismo: “Un camino de mil millas comienza ante tus pies”.

Esto está estrechamente relacionado con las tres preguntas fundamentales de la Filosofía, a saber: “¿quién soy”?, “¿de dónde vengo?”, “¿a dónde voy?” La primera pregunta es la que nos espolea y nos pone “en el camino”, que no es otro que el camino del Conocimiento, o del autoconocimiento, pues siempre se “es” aquello que se conoce. Es la pregunta que constantemente está presente hasta que no se resuelve el problema de nuestra identidad. Podríamos decir que es la pregunta “central”, que vuelve a reiterarse cada vez que creemos ilusoriamente que ya hemos llegado al final del camino, cuando en verdad no estábamos sino una etapa del mismo.

A veces hay que deshacer todo el camino y empezar de nuevo, como cuando en el “juego de la oca” (con el que el camino de Santiago guarda muchas similitudes) el jugador llega a una casilla que no solo le impide seguir sino que le envía nuevamente al comienzo de la “partida” (nunca mejor dicho), y esto puede sucederle numerosas veces. Parece que no se avanza, pero en realidad no es así, y además esta es la única manera en que se puede avanzar de verdad en un camino de grandes contrastes como es el camino iniciático y hermético.

En realidad todo esto forma parte de las “pruebas purificadoras”, que traen consigo el desarrollo de nuestras cualidades innatas, las cuales estaban ocultas y replegadas como un germen, apenas virtuales, como está la “piedra cúbica” potencialmente oculta en la “piedra bruta”, y solo la paciencia y la perseverancia del operario pueden ir dándole su forma definitiva y acabada, encontrando no obstante su plenitud y “perfección” cuando se transforme en “piedra cúbica en punta”, lo cual equivale a haber hallado la “piedra filosofal”.

Aquí no vale aparentar que “estamos” en el camino por el hecho de haber aprendido ciertas correspondencias y analogías simbólicas entre el hombre y el cosmos, sino que el caminante tiene que “entregarse por entero” a algo que desconoce completamente, que es un Misterio, y que solo su fe en él lo sostiene en pie, y sin esperar nada a cambio, pues quizá el “secreto de la obra” está precisamente en entregarse a dicho Misterio en cuerpo, alma y espíritu. De algún modo se “descubre” que lo realmente importante es participar en el “juego” y caminar sin temor por los senderos de la Sabiduría, abandonándonos en sus brazos, como recomienda el profeta Jeremías (6:16) cuando nos exhorta a ir por el “buen camino”, lo cual requiere haberse perdido y encontrado previamente numerosas veces por el “laberinto de nuestras dudas”, en palabras de Federico González.

“Vuelve, alma mía, a tu reposo, porque el Señor te ha colmado de bienes”. (Salmos 116: 7).

Entonces, llegados a ese punto, las preguntas, ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, y ¿a dónde voy? ya no tiene mucho sentido planteárselas. Han formado parte más bien del “juego especular de la mente”, pues nunca hemos dejado de Ser lo que somos, en presente, y además siempre venimos del Sí Mismo y hacia el Sí Mismo vamos, puesto que no hay otro Ser que el Ser. Francisco Ariza

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viernes, 5 de abril de 2019

APUNTE SOBRE LA INICIACIÓN


Dice Federico González en El Simbolismo Precolombino a propósito del rito de la iniciación que:

“La muerte a un plano de conciencia –tal vez pudiera decirse, a un grado de experiencia– y la resurrección a un plano mayor, en cuanto más amplio y universal al menos, están íntimamente ligadas a la idea de destrucción del pasado, de fin de las imágenes conceptuales del hombre viejo y renacimiento a otro mundo, el del hombre nuevo; y también con ideas de trabajo, disciplina, orden, sacrificio –que viene de sacrum facere, de hacer sacro–, o mejor, de autosacrificio, en relación con las pruebas que deben sortearse y vencerse en los ritos de iniciación y que obligatoriamente han de vivirse no sólo en la mera superficialidad, sino en la interioridad de la conciencia, para estar efectivamente en el camino del Conocimiento, de la intuición inteligente percibida de manera directa, es decir, para ser un iniciado o tener algún grado de iniciación”.

En algunas tradiciones se dice que “cuando el discípulo está preparado aparece el maestro”, y uno se pregunta qué querrá decir “estar preparado” sino precisamente lo que expresa aquí Federico. ¿Y el maestro? En realidad hay una misteriosa identidad entre el maestro “externo” y el maestro “interno”. Una vez se “reconoce” al primero, el segundo hace su aparición en lo más recóndito del corazón, y se convierte en el “jefe” de tu mansión interna, es decir en su piedra angular, o “clave de bóveda”, o sea que “Yo soy tu”, que es esa identidad, la que permite la posibilidad real de trascender “por lo alto” la individualidad y de conocer los estados suprahumanos.

No negar, ni mucho menos “matar” esa individualidad, sino transmutarla, que es muy distinto, pues todos los elementos que la componen han de participar de ese festín de la Inteligencia al que somos invitados, nunca obligados, pues la libertad interior, por decirlo de alguna manera, es un canon de la iniciación al Misterio. La cadena de unión humana está engarzada simultáneamente con la cadena de unión suprahumana, mítica. ¿Qué diferencia esencial existe entre Hermes, o Hiram, y quienes transmiten, y reciben, su Palabra y su Arte?  Francisco Ariza

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miércoles, 6 de febrero de 2019

"PERDERSE PARA ENCONTRARSE". EN TORNO AL SÍMBOLO DE LA RUEDA


Estas palabras son el fruto de una meditación en la última entrega del primer capítulo de mi libro dedicado a la obra de Federico González, y que me nace compartir con todos vosotros. Quienes habéis seguido estas entregas sabréis que este primer capítulo está dedicado enteramente al estudio de su libro El Simbolismo de la Rueda.

La cosmogonía, el arte, la cultura, la historia, la ciencia sagrada y la metafísica que Federico González ha expuesto en su obra, y concretamente en El Simbolismo de la Rueda, es un testimonio vivo y actual de esa larga cadena de testificación tradicional que ha vehiculado la enseñanza del Conocimiento, de la Gnosis, a lo largo de los siglos. La clave de esa enseñanza no es otra que el símbolo, palabra que alude a la re-unión de dos partes que son análogas y se corresponden entre sí.

La conocida fórmula de la Tabla de Esmeralda hermética: “lo de abajo es como lo de arriba, y lo de arriba como lo de abajo, para realizar el milagro de una cosa única”, es tal vez la mejor definición de lo que es la función del símbolo, que por otro lado expresa perfectamente la figura geométrica de la “Estrella de David”, también conocida como “Sello de Salomón”.

“Uno es lo que conoce”, y en la búsqueda de nuestra identidad el símbolo y sus códigos son el soporte que facilita el encuentro entre el sujeto que conoce y el objeto de su conocer, dando como resultado el Conocimiento mismo, “deleite de la divina Sabiduría”, al decir de Marsilio Ficino.

Federico González nos propone la Vía Simbólica como eje de esa enseñanza, transmitida en su obra fundamentalmente a través de los códigos de la Tradición Hermética y la investigación en la cosmogonía y el arte de las distintas culturas y tradiciones sagradas. En definitiva, la Simbólica como la vía que nos aboca a la vivencia plena de esa utopía del Espíritu propuesta por todas las gnosis, y que ha sido llamada Tradición Primordial, que en nada es distinta del propio Conocimiento.

Se ha dicho que Federico González es un “Hércules de nuestro tiempo”, sugiriendo con ello la enorme gesta heroica que significa revivificar y comunicar la esencia de esa Tradición primigenia en una época tan oscura, espiritual e intelectualmente hablando, como la nuestra. Así es la naturaleza del ave Fénix, que renace permanentemente de sus cenizas para ser una luz que alumbra en las tinieblas de quien vive la experiencia íntima del Amor a la Sabiduría, que es lo que distingue hoy, como ayer y siempre, a los verdaderos filósofos y adeptos herméticos de los simples diletantes.

Con frecuencia se olvida que la Tradición es sobre todo la transmisión de una influencia espiritual, concebida como una “luz” que nos va ordenando interiormente, proceso que conlleva necesariamente la disolución de las viejas y anquilosadas estructuras mentales para abrirnos a otras perspectivas y posibilidades más universales, y por ello más auténticas pues no dependen ya de reflejo especular alguno. Aunque no sea imprescindible, el estudio del símbolo ayuda y contribuye a hacer efectiva la acción de la influencia espiritual. De su comprensión dependerá en gran parte la purificación y transmutación de nuestra mente, devolviéndole su “virginidad” original para que la idea que el símbolo revela se plasme en ella sin interferencia psicológica alguna.

La Tradición siempre deja un hilo suelto, y un rastro que es la huella de la propia Sabiduría en este mundo. Agarra ese hilo, como hizo Teseo (otro héroe mítico) para no perderte en los meandros del laberinto del Minotauro. Aunque a veces no tienes más remedio que perderte, pues esta es la única manera de darte cuenta de lo que realmente has perdido, y que por tanto no tienes más remedio que recuperar. “Perderse para encontrarse” ha dicho muchas veces Federico González evocando las palabras del Evangelio. Pero ese impulso que te lleva nuevamente a encontrar el hilo ha de venir de un “gesto” nacido de la “voluntad de ser”, o sea de una acción del “azufre interno” -del dios que hay en ti-[1] sobre el mercurio volátil para fijarlo en tu conciencia, “fijación” que es una forma de “reunir lo disperso”.

El Espíritu, el Ser, la Unidad, está siempre presente en el corazón del hombre. El origen y el destino del viaje hacia el Conocimiento coinciden, de lo que resulta que en verdad nunca hemos “salido” de nosotros mismos, y el laberinto era propiamente el de nuestras dudas, el de nuestra falta de fe, en definitiva.

El Conocimiento no se adquiere, como tampoco se “posee”, sino que te das cuenta de que “tú ya eres eso”, pues como decíamos el ser no es distinto de lo que conoce. De ahí que Platón hablara de “recordar” cuando se refería a conocer. Y por eso la memoria, que es el nombre de una diosa, es también uno de los motores de la transmutación.

Pues, en efecto, todo este engranaje de ideas que se tejen entre sí para conformar el “cuerpo” de la Inteligencia universal, que es el Orden cósmico, o Dharma, tiene que ver con la transmutación alquímica, es decir con el “fuego de rota”, como decían los alquimistas medievales y renacentistas para referirse a la naturaleza “operativa” de la Rueda.[2] La Rota Mundi es un modelo de la Cosmogonía y en este sentido es idéntica al Liber Mundi de que hablaban los antiguos rosa-cruces, que no es distinto del Libro de la Vida.

Es por eso que el viaje del Conocimiento nadie puede hacerlo por uno. En eso consiste precisamente la iniciación: en iniciar un camino que está ante tus pies, como dice el Tao-Te-King, y solo tienes que seguir por sus senderos, llamados los “senderos de la Sabiduría” en las enseñanzas del Árbol de la Vida cabalístico, un modelo muy presente en la obra de Federico González, como saben todos los que la han leído y estudiado. De la “periferia al centro de la Rueda”, o de Malkhuth a Kether, donde mora la Deidad, que sin embargo está ausente de su propio acto creador pues no participa del “movimiento” de la Rota Mundi.
El símbolo de la Rueda también nos pone frente a esta paradoja, quizá la más grande con la que nos encontraremos en nuestro viaje: que el Ser, la Unidad, está inmanente en la Creación y al mismo tiempo la trasciende. Es un misterio que late ya en las propias palabras de Jesús antes del sumo sacrificio: “Padre, ¿por qué me has abandonado”.

El Ser “Es” y “No Es”, simultáneamente. Y sin embargo en la resolución de esa paradoja, o sea en la íntima e inseparable “unión” del Ser y del No Ser, se encuentra la total y absoluta liberación de cualquier condicionamiento, incluso el que puede venir del amor al Conocimiento, pues en esas altas instancias metafísicas de la Suprema Identidad el estado en que se vive es lo más parecido a lo que Nicolás de Cusa definió, con su gran capacidad de síntesis, como la “docta ignorancia”. Francisco Ariza
Notas
[1] Recordemos que la palabra azufre viene del griego “zeion”, que quiere decir divino. A esto se refería seguramente Platón cuando por boca de Sócrates habla de que la fuerza que impulsa al que quiere conocer es idéntica a la que puede ejercer un dios sobre él.

[2] En este sentido, no es por casualidad que la palabra chakra, centro de energía del “cuerpo sutil” vinculado con la transmutación, signifique precisamente ‘rueda’.

lunes, 28 de enero de 2019

A "CONTRACORRIENTE"


Mirando el periódico he leído una frase atribuida al escritor inglés Chesterton en la que este decía que “las cosas muertas son las que van con la corriente y solo las vivas son las que pueden ir en contra de la corriente”. Esta frase me ha hecho reflexionar a propósito de la anterior nota donde señalaba la diferencia entre el “tradicionalismo” y la Tradición, que muchos tienden a confundir, cuando en realidad en muy poco o en nada se parecen. El “tradicionalismo” tiende constantemente a una lectura petrificada de la Tradición, entendida esta como el depósito de un conocimiento que, por su propia naturaleza sapiencial, libera al ser humano de todas las ligaduras que le impiden “reconocer” (atención a esta palabra “circular”) su verdadera identidad. Es la liberación de la ignorancia de que nos hablan precisamente todas las tradiciones verdaderas. “De la ignorancia condúceme al Conocimiento, de las tinieblas condúceme a la Luz”, podemos leer en los textos hindúes.

Si la ignorancia es la “muerte” del alma, el conocimiento le devuelve la vida, o sea la “regenera” y la hace “nacer de nuevo”, que es lo que impide el “confort espiritual” del “tradicionalista”. Este ha entendido, o mal entendido, que la iniciación a lo sagrado es tener una buena “formación teórica” de la doctrina metafísica y de los textos de la Tradición y de sus verdaderos intérpretes o hermeneutas, cuando en verdad esto, que por otro lado es imprescindible, no sirve para nada si no se implica el ser entero en semejante aventura y sacrifica –“hace sacro”- su “yo” individualizado, que es una forma de llamar a la transmutación alquímica. Por eso René Guénon habla de que el “tradicionalista” es un simple “buscador”, o sea que va de una lectura a otra, sin “fijar” (alquímicamente hablando) en su alma el “espíritu” contenido en la letra. En este sentido, todos somos, o hemos sido, en algún momento “tradicionalistas”, y como dice el Evangelio, “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Por eso existe la “rectificación”, palabra igualmente alquímica, y masónica, que tiene que ver con la idea de eje.

El tradicionalista, convencido de su “saber”, puede permanecer en ese estado indefinidamente pensando que por el simple expediente de la comprensión teórica está “realizando” un camino espiritual. Puede haber “comprendido” a ese nivel teórico, pero no ha “entendido” nada. Precisamente esa búsqueda sin rumbo es sinónimo de inestabilidad, que es todo lo contrario a la “estabilidad” interior de quien ha tomado como guía a la Inteligencia, “viendo” a través de sus ojos y “comprendiendo” a través de las “luces” que ella misma enciende en la más profunda oscuridad de la caverna de su corazón. Contra esta certeza nada puede la “corriente” de este mundo, por eso el verdadero “buscador” que vive intensamente sus hallazgos intelectuales-espirituales va “contracorriente”. Como “El Loco” de los arcanos del Tarot que, como se dice en Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha (de Federico González y Colaboradores) no pretende tener razón ni demostrarla sino que su locura es un estado “de amor a la Vida y al Conocimiento”.

“¿Y por qué me llamáis: Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo? Todo el que viene a mí y oye mis palabras y las pone en práctica, os mostraré a quién es semejante: es semejante a un hombre que al edificar una casa, cavó hondo y echó cimiento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el torrente dio con fuerza contra aquella casa, pero no pudo moverla porque había sido bien construida. Pero el que ha oído y no ha hecho nada, es semejante a un hombre que edificó una casa sobre tierra, sin echar cimiento; y el torrente dio con fuerza contra ella y al instante se desplomó, y fue grande la ruina de aquella casa”. (Lucas 6: 46-49). Francisco Ariza

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sábado, 26 de enero de 2019

NOTA ACLARATORIA SOBRE EL 'TRADICIONALISMO'


He visto recientemente que en una página dedicada, según dicen, a la Tradición Perenne, mi nombre aparece incluido en una lista de “autores tradicionalistas” elaborada por esa misma página a partir de una encuesta. He de decir, en primer lugar, que quien esto escribe no se considera en absoluto un autor “tradicionalista”, expresión que en su momento tanto René Guénon como Federico González, Ananda Coomaraswamy o Alan Watts, ya se encargaron de separarla cuidadosamente del término “tradicional”, así como de Tradición, que está relacionada con la idea de transmisión de la Ciencia Sagrada o Cosmogonía Perenne, comunes a todas las culturas verdaderamente tradicionales. El “tradicionalismo”, o lo “tradicionalista”, es en el fondo un producto más de la “mentalidad escolar” o “académica”, en definitiva profana, y que por tanto no llega a captar la auténtica esencia de lo que significa el Conocimiento metafísico. De ahí a confundir la metafísica con la religión, o lo iniciático con lo místico, va solo un paso.

Acerca del “tradicionalismo”, señala a este respecto René Guénon en el capítulo “Tradición y Tradicionalismo” de su libro El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos que:

En suma, el ‘tradicionalista’ no es y no puede ser más que un simple ‘buscador’, y es por eso por lo que está siempre en peligro de extraviarse, puesto que no está en posesión de los principios que son los únicos que le darían una dirección infalible; y ese peligro será naturalmente tanto mayor cuanto que encontrará en su camino, como otras tantas emboscadas, todas esas falsas ideas suscitadas por el poder de ilusión que tiene un interés capital en impedirle llegar al verdadero término de su búsqueda. Es evidente, en efecto, que ese poder no puede mantenerse y continuar ejerciendo su acción sino a condición de que toda restauración de la idea tradicional sea hecha imposible, y eso más que nunca en el momento donde se apresta a ir más lejos en el sentido de la subversión, lo que constituye, como lo hemos explicado, la segunda fase de esta acción.

En más de una ocasión he comentado entre mis amigos de Facebook que desde hace muchos años mi único interés está centrado en la investigación de los códigos simbólicos de la Tradición Unánime y de las distintas formas tradicionales emanadas de ella, en mi caso principalmente la gran Tradición Hermética y sus vehículos, entre ellos la metafísica de la historia, disciplinas a las que considero un soporte intelectual-espiritual para ir realizando mi camino hacia el Conocimiento, donde se que reside la verdadera identidad de mi ser y la Libertad incondicionada a la que ella da lugar, sin necesidad de pertenecer a “listas” que, en el fondo, y con todos los respetos, creo que son poco más o menos que “vanidad de vanidades”, como diría Salomón. Francisco Ariza

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viernes, 9 de noviembre de 2018

FEDERICO GONZÁLEZ FRÍAS EN EL CORAZÓN. EN EL CUARTO ANIVERSARIO DE SU PASO AL ORIENTE ETERNO


El legado intelectual-espiritual de Federico González Frías es como un viento que “sopla donde quiere y tu oyes su voz, pero tú no sabes de dónde viene y a dónde va; tal es todo aquel que nace del espíritu” (Juan 3: 8). Ese viento trae las semillas de luz de las ideas universales, que irrumpen en la mediocridad de tu vida iluminando el espacio de la conciencia.

Se siembra al “voleo”, como siempre ha sido, es y será en una Tradición que, como la Hermética, está a la “intemperie”, y no metida en un claustro, entre otras cosas porque nada tiene que ocultar. Más bien tiene que “mostrar” y “descubrir”, que no por ello perderá su condición de “hermética”. Como la diosa Isis, que no por descorrer el velo que oculta su rostro deja de ser la diosa de la Sabiduría.

El Misterio es por sí mismo y no necesita de valedores o padrinos. Sí una Tradición que lo vehicule, y que se haga presente en el ágora, como hicieron Sócrates, Platón, Dante y todos nuestros padres fundadores, entre ellos Federico González Frías, a quien hemos podido ver con nuestros ojos, palpar con nuestras manos, y oír con nuestros oídos su verbo de vida.

Devolver lo que se ha recibido y no enterrar en tierra baldía nuestros talentos, otorgados por el Señor de la viña para que los hagamos fructificar, sabiendo que en su Construcción hay lugar para todos. Nadie sobra en ella. Francisco Ariza

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sábado, 18 de agosto de 2018

EL ARTE COMO UNA "POÉTICA REDENTORA"


Cuando uno lee, por ejemplo, que el “Arte es una ‘actividad redentora’ y una ‘poética’ comprometida con el conocer del hombre” (cap. III de El Simbolismo de la Rueda, de Federico González) enseguida advierte que ha tenido una “revelación”, una “sacudida” en el grado o intensidad que esto sea, pero sin duda algo dentro de nosotros se ha liberado de una imposición cultural programada, y nos ha situado “en el camino” y en el “punto” exacto de salida para comenzar la aventura del verdadero “autoconocimiento”.

Tu compromiso es inmediato con la Tradición, la Hermética en este caso, que es la que te ha “inspirado” su Verbo –su Intelecto- y un eco de él ha resonado en tu memoria, pero esa memoria de la que hasta entonces apenas si conocías su existencia y que también se ha “revelado”, simultáneamente, ante tu asombro. Llegas a la conclusión de que esto no puede ser un “juego estético” más, y que definitivamente nada tiene que ver con un deseo permanentemente insatisfecho, o con la búsqueda de una “felicidad” inexistente en este mundo, que por algo ha sido llamado un “valle de lágrimas”. Esto es otra cosa.

El Arte de que se habla no es exclusivo de nadie: lo tiene todo ser humano, solo que la gran mayoría no lo sabe. Es una “poética” como dice Federico, y por lo tanto algo intangible, y si una imagen sirve para describirlo sería la de un “soplo”, un “espíritu”, que no viene de ninguna parte pero que sostiene todo lo existente. ¿Cómo definir el arte de vivir, la vida como un arte si no es que te tomas como el sujeto y el objeto de tu propio Conocimiento, que es lo único que te redime del valle de sombras tenebrosas?

Entregarse a esa poética es “descubrir” nuestros “talentos” como dice la parábola evangélica, o sea “sacarlos a la luz” para conocerlos al mismo tiempo que los hacemos “fructificar”, y que jamás hay que “esconder” pues sería como enterrarnos en vida.

Esos talentos son las “cualidades” que han nacido con nosotros, nuestro nâma o “nombre” en términos hindúes, lo que constituye la “esencia” de nuestra individualidad. El estado embrionario o de letargo en que se encuentra el alma en un mundo profanado como el nuestro impide que esas “cualidades” inherentes a su esencia puedan crecer y desarrollarse, y poder ingresar así en un mundo realmente “nuevo”, que es el de todos los días paradójicamente pero bañado con otra “luz” más diáfana y diamantina.

Ser conscientes de esa realidad es lo que a veces se llama, con cierta solemnidad, el “despertar iniciático”. Hay muchos “despertares” a lo largo de este camino hasta que “despiertas” de una vez por todas del “gran sueño”. Pero ese primer despertar es fundamental, análogo a las “piedras de fundación” de la simbólica arquitectónica. Francisco Ariza

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lunes, 11 de junio de 2018

LA "PROGENITURA ESPIRITUAL"


En los once vídeos sobre “Los Misterios de Mitra” hemos hablado en diversas ocasiones de Apolo como el “Sol espiritual”, del que Helios, el Sol físico, es su emanación en el orden sensible de la creación. Queremos ampliar esta idea, que es esencial para comprender, a su vez, a la “generación” humana como la expresión de otro tipo de “concepción” mucho más sutil, pues tiene que ver con el “alumbramiento” del hombre “interior” gracias a la acción vivificadora del Sol espiritual, también llamado Verbo, Nous o Intelecto Divino.

No es de extrañar entonces que en todas las culturas y civilizaciones tradicionales siempre se haya asociado la luz al verbo, y el verbo a la luz, como es el caso del Fiat Lux bíblico, el “Hágase la luz” pronunciado “en el principio” –que es ahora mismo- por la Palabra o Sonido primigenio que genera el cosmos u orden universal a partir del “caos” de lo informe.

Esta cosmogénesis, o “generación del cosmos”, es análoga a la generación humana en sus dos aspectos: el carnal y el espiritual. En la concepción carnal, en el momento en que el embrión recibe el “hálito vital” que hace que su corazón palpite en armonía con el “ritmo del mundo”; y en la concepción espiritual cuando recibe el influjo del “Sol que preña” el alma, en palabras de Dante. En el caso del embrión físico no se es realmente humano hasta que no se recibe el “hálito vital”, mientras que en el ámbito iniciático el ser no despierta y comienza a desarrollar sus potencialidades dormidas y “nace de nuevo” hasta que no recibe “la influencia espiritual” en su mente y en su corazón, la sede de su “yo interno”. Son ambos un Fiat Lux simultáneo, pues el ser humano constituye una unidad en cuerpo, alma y espíritu.

En un estudio titulado “La Paternidad Espiritual y el Complejo de Marioneta”, Ananda K. Coomaraswamy, cita a este respecto al poeta sufí el Rumi:

“Cuando llega el tiempo de que el embrión reciba el espíritu vital, en ese momento el Sol deviene su sostén. A este embrión el Sol lo pone en movimiento, pues el Sol le dota de espíritu inmediatamente. Hasta que el Sol brilló sobre él, de las demás estrellas este embrión recibió solo una impresión. ¿Por cuál vía devino conectado en la matriz con el bellísimo Sol? Por la vía oculta que se sustrae a nuestra percepción sensorial”.

En esta cita Coomaraswamy resume las diversas referencias que hace de otros autores y tradiciones tanto de Oriente como de Occidente, y que se puede sintetizar a su vez en la idea siguiente: que en la generación humana no son suficientes los “padres físicos”, sino que para que dicha generación se produzca ha de existir la intervención del espíritu o hálito divino, del Soplo o Verbo, identificado con la luz del Espíritu, que se corresponde aquí con el Eros solar, o sea:

la Naturaleza divina que Filón llama “la causa más alta, la causa primera, la causa verdadera” de la generación, mientras que los padres son meramente las causas concomitantes; y a la «Naturaleza siempre productiva» de Platón y al «Padre» de San Pablo: “De la divina paternidad se derivan y se nombran los padres en la tierra”. (Efesios III, 25).

Los padres, en conformidad con el medio cósmico que representa lo “externo” con respecto a la interioridad del ser, aportan el elemento corporal y psíquico, el que define de hecho a la individualidad, mientras que el Sol espiritual, el “Sol del sol” aporta la semilla de la “luz metafísica”, “transmitida” por esa “vía oculta que se sustrae a nuestra percepción sensorial”. Pero para que la individualidad humana exista -y la vida como tal- es necesaria la participación del Sol espiritual, del Eros solar, equivalente al Gandharva hindo-budista, e incluso a Tonacatecuhtli, el dios creador azteca. Este último reina en el treceavo cielo, desde donde envía su luz y su calor al seno materno para que los niños sean concebidos.

En los textos hindúes citados por Coomaraswamy se habla del “beso del Sol” para denominar la acción del influjo espiritual en el estado humano, ya sea durante la concepción carnal o durante la concepción espiritual, que la iniciación a los misterios ejemplifica. En la medida que el Sol “besa” al hombre, pueden decir cada uno de los hijos de los hombres: “yo soy”, “yo tengo un ser”.

En la Alquimia ese principio divino y generador es el Azufre, vinculado con el “Sol interno” y por tanto con lo “áureo”, con la luz mineral como símbolo de la luz espiritual, que es también un fuego sutil muy poderoso, pues es el que “purifica” el componente psíquico de la individualidad contribuyendo así a la regeneración y al renacimiento.

Estamos hablando, en definitiva, de la iniciación al conocimiento del Sí Mismo, que se presenta bajo dos vertientes, una manifestada y otra inmanifestada, o sea como “Brahma saguna” o como “Brahma nirguna”, por utilizar la terminología hindú. En tanto que manifestado, el Sí Mismo, que no es otro que Atmâ, está en todos los seres, y estos existen gracias a él, que es el que les da la vida, tanto espiritual como física, mientras que como inmanifestado el Sí Mismo simplemente No Es, por eso nada puede decirse acerca de su naturaleza, que es el Misterio mismo, sin adjetivo ni calificativo alguno.

Es por tanto del Sí Mismo como Espíritu creador y generador del que estamos hablando, o sea del Espíritu como el “Padre” del hombre, y por tanto de este como “hijo” del Espíritu, pues es de él de quien recibe el “soplo” o “hálito” que le insufla el “alma viviente”, el jîvatmâ, o sea Atmâ o el Sí Mismo en tanto que manifestado a través de una forma y de un estado, en este caso la “forma viviente” del estado humano.

Esta es la razón de que René Guénon se refiera a veces al Sí Mismo como Prajâpati, el “Señor de los seres producidos”, producidos de él mismo, de su “Espíritu vivificador” en todos los niveles de la Existencia. Prajâpati expresa la Voluntad del Principio en tanto que “formador del universo manifestado”, o sea como Ordenador Supremo, o Gran Arquitecto del Universo, cuyo “cuerpo” intangible es la Armonía universal, o Alma del Mundo, una manera de denominar el Dharma, la “Ley Cósmica”. Por este motivo a Prajâpati también se le conoce como el “Ordenador interno”, expresión muy significativa para quien está en el camino del Conocimiento y al que se dirige en realidad Juan Evangelista con estas palabras:
"No te asombres de que te haya dicho: Tenéis que nacer de lo alto" (Juan, III, 7).

El Dharma es la conformidad a nuestra naturaleza esencial, a ese “yo mismo”, que es supraindividual. En la medida en que esto sea así se estará en armonía con el conjunto del medio terrestre y cósmico. Todo lo que no está en conformidad con nuestro “sí mismo” supraindividual tampoco lo estará con el Dharma, y por tanto aquel desarrollo de nuestras potencialidades latentes seguirá siendo solo “virtual”. Si se nos permite la expresión, ese desequilibrio es el que “corrige” la Iniciación a lo sagrado, que no es otra cosa que un “despertar” a lo real que hay en el movimiento constante de la “rueda del mundo”, y no hay nada más real que el Espíritu y sus emanaciones, es decir las ideas y principios que lo revelan. La iniciación a lo sagrado como el “Arte de lo Real”: el Arte Real, término que define en realidad a toda vía de Conocimiento que toma a la Cosmogonía como el soporte de su realización metafísica.

En relación con el estado humano y el ciclo temporal en que este se desarrolla, el Manvantara, Prajâpati se manifiesta como Manu, el cual da a ese ciclo su propia ley, su dharma, es decir los principios que deberán regirlo desde su comienzo hasta su fin. Manú es así el prototipo del hombre (manavâ), pero considerado como un “ser pensante” cuya conciencia individual (ahankâra) refleja la Inteligencia Universal, que es el propio Manú, como manifestación de Prajâpati. Estamos hablando del principio del que emanan nuestras facultades cognoscitivas y mentales (manas), incluida la memoria, que como decía Platón, y Federico González recoge en su Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos, es la “disposición del alma capaz de conservar la verdad que hay en ella”.

En la medida en que el “pensamiento” del hombre refleja la luz o el rayo (buddhi) del Intelecto divino se encontrará más cercano a Manú, su verdadero ancestro y “progenitor espiritual”. Y en la medida en que, al contrario, ese pensamiento se aleje de esa luz suprasensible el hombre se “encerrará” cada vez más en sus limitaciones individuales y egocéntricas, con lo que el conocimiento de otros estados más sutiles y superiores le estará vedado hasta que “despierte” a ese hecho, que ocurre en lo secreto y más íntimo de su ser. En otras palabras, cerrándose a las influencias superiores el ser humano no cumplirá con su destino, que no es otro que acceder a su origen suprahumano y supracósmico, un destino que, como se afirma también en aquellas cosmogonías mesoamericanas, ha sido introducido por Tonacatecuhtli en el vientre materno durante la concepción.

Acerca de ese destino, y su “despertar” en la conciencia recogemos nuevamente las palabras de Federico González en su Diccionario al definir el destino como:

“Un don que se hace en ciertos hombres, que tienen necesidad de él y que fijan la voluntad en la prosecución de su camino”. Francisco Ariza

sábado, 5 de mayo de 2018

"COLUMNA DE ARMONÍA"


“Columna de Armonía” es una bella expresión utilizada en la Masonería para referirse al momento en el que la música irrumpe en los trabajos del templo masónico, que no es sólo un modelo del cosmos sino también un modelo del propio templo interior. Hemos de tener en cuenta, además, que la música es una de las Siete Artes Liberales, las que conforman el núcleo de los estudios que el iniciado masón debe desarrollar para asimilar las enseñanzas de su Orden con respecto a la Cosmogonía y sus misterios. Concretamente las Artes y Ciencias Liberales tienen una importancia capital en el grado de Compañero, que es el grado “constructivo” por excelencia.

De hecho, la estructura musical conforma una arquitectura de sonidos, pero su base es geométrica y numérica como la arquitectura visible y tridimensional. La música se propaga por el espacio y por el tiempo siguiendo la escala septenaria, es decir articulada por intervalos rítmicos y armónicos análogos a la Harmonia Mundi, o “Música de la Esferas”. El hombre es capaz de reproducir esos ritmos, y de reconocer sus armonías internas, porque su alma es de naturaleza musical. Desde el punto de vista iniciático, el valor terapéutico de la música corre paralelo al conocimiento de esas armonías internas.

De naturaleza musical está hecha el alma humana y su inteligencia, ya que son ellas las que captan las sutiles relaciones entre las cosas; la maravillosa articulación que a todas las mantiene unidas, con sus matices, en un todo indivisible que se va revelando a medida que la unidad y la armonía se imponen a nuestro caos particular. (Federico González y colaboradores: Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha, Módulo I, acápite “Música”).

Este es el sentido que la Masonería asigna a la “Columna de Armonía” durante los trabajos de Logia: constituirse en una parte más del rito iniciático, participando así en la transmisión de la influencia espiritual, “percibida” también como un sonido, una palabra, un mito evocador, que actúa de Fiat Lux iluminador sobre el alma y toda la individualidad humana. En algunas antiguas logias operativas y en las especulativas del siglo XVIII, la música era un elemento activo en la psicodramatización vivida durante el rito de iniciación en los tres grados de aprendiz, compañero y maestro. FranciscoAriza

lunes, 1 de enero de 2018

EL TRIPLE ROSTRO DEL TIEMPO


La Utopía es un espacio distinto, un mundo invisible situado en el eterno presente. Por eso debe proyectarse hacia el futuro, como algo a conseguir, o hacia el pasado: una edad feliz, el paraíso terrenal, la Tradición. En este último caso apoyada por razones que van de lo biológico a lo histórico y que la memoria atestigua. El mito del Origen, que es vertical, es decir que existe permanentemente y en simultaneidad, debe ser trasladado al pasado para ser comprendido en la sucesión. Igualmente el deseo y la voluntad de integrarse a él se proyectan en un futuro posible; tal la razón de la Utopía. (Federico González: Las Utopías Renacentistas, cap. IV).

El presente “siempre es”. El es “omnipresente” (como el Ser), pero no se le puede asir, o retener, como tampoco puede retenerse el “instante”. Si nos fijamos bien, el presente es en realidad un “no-tiempo” y sin embargo el tiempo fluye perennemente gracias a él. El presente es el origen del tiempo porque “siempre es”. Por eso mismo el presente es el centro o el “medio” del tiempo, entendiendo el tiempo en este caso no como una sucesión de ciclos que mueren y nacen a perpetuidad, sino como un flujo constante y absolutamente continuo.

El pasado y el futuro siempre estarán “antes” y “después” del presente, separándolos pero también uniéndolos, como puede apreciarse en esta figura cuzqueña de la Trinidad con que acompañamos esta nota, semejante al “triple rostro de Jano”, el cual siendo el dios del “triple tiempo”, pasado, presente y futuro, es también el “Señor de la Eternidad”. En efecto, tanto el pasado como el futuro se extienden indefinidamente hacia el tiempo pretérito (el rostro que mira a la izquierda), y hacia el tiempo “por venir” (el rostro que mira a la derecha), mientras que el presente (que mira al frente) permanece siempre inalterable, siendo la representación más apropiada del “eterno presente”.

El pasado y el futuro son como los dos polos del tiempo y el presente su constante conjugación, que es lo mismo que decir que en Dios, en el Ser Único, el pasado y el futuro coinciden “en simultaneidad”. Por el mismo motivo, el pasado, la Antigüedad, nunca han dejado de existir pues en verdad el tiempo es la “memoria” de Dios, que es también una facultad del alma humana, como son la voluntad y la inteligencia. El pasado convive en nuestra memoria, y se hace “presente” gracias a ella. Es por tanto un instrumento que el alma tiene para conocerse a sí misma, en suma para “recordar” su verdadera identidad.

Por eso, la memoria que se despierta en nosotros gracias a las enseñanzas de la Vía Simbólica y de la Tradición no es la que está vinculada a lo más inmediato y contingente, sino la que es parte constitutiva de una Sabiduría Perenne, así llamada porque subsiste en el tiempo a través del mito atemporal del Origen, y es “recordada” contemporáneamente por la “cadena de testificación tradicional”, cualquiera que esta sea, pues siempre estará vinculada a ese mismo Origen atemporal, y por tanto siempre presente.

El mito del Origen coexiste con el devenir del tiempo posibilitando así que el hombre pueda “liberarse” de la reincidencia en la “rueda del mundo”. De ahí que la “remembranza”, presentida en la conciencia, de un “lugar virgen” y sin historia, paradigma de la libertad y la felicidad (el Paraíso), sea el acicate que necesitamos para iniciar su búsqueda y realizarlo en el “por venir” de nuestra vida.

Esa realización en el “futuro” es obra de la voluntad, del libre albedrío, que quiere ser aquello que el alma conoce o que ha “recordado”, pues como hemos dicho en varias oportunidades conocer y recordar es lo mismo en el pensamiento de Platón, quien dejó dicho que el “tiempo es la imagen móvil de la eternidad”, o sea del “eterno presente”. La Utopía es el ingreso en la “Jerusalén Celeste”, en el “Paraíso futuro”, que “es ahora”, en el presente, y seguramente a esto se refiere Federico en otro lugar de su obra cuando afirma lúcidamente que la “utopía reúne el tiempo mítico [que es atemporal] en un espacio virtual [el centro del mundo]”.

Este es el verdadero “fin del tiempo”, y de la historia, incluida la “historia personal”, y entendiendo la palabra “fin” en dos de sus acepciones principales, que aquí coinciden plenamente: como un destino cumplido en lo humano y como una culminación vivida en el seno de la Providencia divina, es decir, y parafraseando a Federico, por la Inteligencia en íntimo contacto con la Sabiduría. Francisco Ariza

Nota: Sobre todo esto ver también René Guénon: La Gran Tríada, cap. XXII.