MISCELÁNEA DE PENSAMIENTOS HERMÉTICOS. Francisco Ariza

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domingo, 4 de abril de 2021

"NOLI ME TANGERE", NO ME RETENGAS. Palabras de Jesús resucitado a María Magdalena

Giotto. Noli me Tangere, Capilla de los Scrovegni, Padua.

Todas las tradiciones tienen sus mitos fundadores y héroes ejemplares, que se celebran en fechas señaladas del año, coincidiendo muchas veces con el solsticio de invierno y el equinoccio de primavera, o cercanos a ellos. La tradición cristiana, en cuya cultura hemos nacido la gran mayoría de nosotros, tiene dos fechas muy señaladas relacionadas con esos mitos fundacionales: la Navidad (nacimiento del héroe que coincide con la fecha de otros héroes-dioses, como Mitra) y la Semana Santa, durante la cual el héroe fundador es aclamado como “salvador” al entrar en la ciudad sagrada, en este caso Jerusalén, y subido en un asno, animal representativo de las energías inferiores, queriendo ejemplificar con ello la victoria definitiva de la luz sobre las tinieblas.

Su entrada en la ciudad sagrada coincide con el domingo, el día del Sol, y es recibido con ramos de palmera y de olivo, árboles relacionados con la resurrección y la luz de la Sabiduría. Esa entrada victoriosa es como un anticipo de su entrada en el Cielo de los Bienaventurados, acogido en el seno el Padre. Posteriormente se celebran los misterios de la Eucaristía (el rito central del Cristianismo), la comunión con el Santo Espíritu mediante la transubstanciación, o sea la espiritualización del cuerpo y la sangre, que constituye una verdadera sublimación alquímica, y otro anticipo de la “intensa divinización” (apoteosis) del héroe convertido en dios: "Tomad y comed, esto es mi cuerpo (…) Tomad y bebed, esto es mi sangre".

Para que todo esto sea cumplido, y real, el héroe ejemplar, el modelo vivo del “Hijo del hombre”, ha de ser “fijado” en su propia cruz y asumir los “errores” del mundo para que a través de Él también estos sean sublimados. El acto de traición de Judas Iscariote tras la Eucaristía anuncia el compromiso y aceptación de ese cumplimiento trágico: “lo que has de hacer hazlo pronto”. Comienza la Pasión y el martirio del héroe-dios. El tiempo se consume, se está cumpliendo, en el sentido de conclusión, que también tiene un significado de culminación cíclica, pues el eje de la cruz está en lo más alto del Calvario, del monte Gólgota, que significa “lugar del cráneo”, en referencia al cráneo de Adán, el primer hombre, el cual se hace presente a través de Cristo, que en un momento dado, y después de haber resucitado, aparece ante María Magdalena como un jardinero, u hortelano, que es lo que era Adán cultivando el Jardín edénico. En ese momento Cristo “está” en el Paraíso terrestre (conforme a lo que le había dicho al "buen ladrón" en la cruz: que ambos estarían esa tarde en el Paraíso), reconociendo así el lugar central del ser humano en la Creación, pero también advierte de que se trata de un estado pasajero, y que por tanto hay que continuar el camino ascendente hacia el Paraíso Celeste, de ahí las palabras que el héroe divinizado dirige a María Magdalena: "Noli me tangere" (Juan 20: 17), o sea “No me toques”, también traducido como “No me retengas”.

La piedra de la cámara sepulcral es semejante a la “clave de bóveda” arquitectónica. Es evidente la analogía entre dicha cámara (que desde luego tiene connotaciones con la "cámara del medio" masónica) y la propia “caverna iniciática”, que es también la “caverna cósmica”. Por eso la piedra que guarda el cuerpo de Cristo es removida por el ángel para que aquel pueda “salir” del sepulcro-cosmos, y abandonando su forma corporal y psíquica ir a visitar a cada uno de sus discípulos antes de ascender definitivamente al Dios Oculto, que, precisamente por eso, abandonó a su Hijo en la hora más fatídica, dejándolo en la más absoluta soledad. 

El propio Cristo ya lo advirtió: “El Espíritu sopla donde quiere, y oyes su voz; pero ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu”. (Juan 3: 8-21).

DOS NOTAS ADICIONALES:

1.- ¿Cómo no ver en la pasión, muerte y resurrección de Cristo tres momentos fundamentales de los Misterios de la iniciación, que ciertamente también están en todas las tradiciones sapienciales, incluida la Masonería, en la que no por casualidad el Maestro Hiram vive su propia pasión, muerte y resurrección?

2.- Puede ser que la Iglesia exterior haya asumido hasta tal punto la “forma” que se encuentre “petrificada”, no en vano fue la obra de Pedro (que significa "piedra"), pero continúa existiendo la Iglesia interior, o “Iglesia secreta” como también se la conoce, y que la propia tradición cristiana afirma que es la obra del evangelista Juan, el “discípulo bien amado” que reposó su cabeza sobre el corazón de Cristo durante la Última Cena. En este contexto cobra sentido el diálogo entre Jesús y Pedro en el que ambos hablan de Juan, del discípulo bien amado y en el fondo de la permanencia viviente de la Iglesia interior, o esoterismo cristiano, hasta los tiempos de la Segunda venida:

“Entonces Pedro, al verlo, dijo a Jesús: Señor, ¿y éste, qué? Jesús le dijo: Si yo quiero que él se quede hasta que yo venga, ¿a ti, qué? Tú, sígueme. Por eso el dicho se propagó entre los hermanos que aquel discípulo no moriría; pero Jesús no le dijo que no moriría, sino: Si yo quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti, qué?” (Juan 21: 20-22).  Francisco Ariza

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jueves, 1 de octubre de 2020

"SEMBRAR AL VOLEO"


Hemos aprendido a vivir en la oscuridad y adaptarnos a las pautas que marca el tono sombrío que caracteriza a todo fin de ciclo, como el que estamos viviendo. En este medio nos movemos con soltura, sembrando al voleo como labradores que somos de la celeste cultura, aunque no nos preocupamos de los frutos de nuestra acción pues conocemos por experiencia que “el hombre propone pero Dios dispone”. 

Sabemos, además, que entre lo posible y lo real no hay ninguna diferencia, sino más bien identidad, o sea que la regeneración es aquí y ahora (“más luego es nunca” dice el poeta), como tampoco hay diferencia entre el ser y el conocer. La Gracia Divina no contabiliza el “debe” y el “haber”, pues en el “negocio” en que nos hemos embarcado por libre voluntad y por amor a la Sabiduría los intereses son completamente otros, desconocidos para quienes han apostado todo a la ruleta rusa de este mundo a la deriva. Han perdido toda esperanza en una regeneración abducidos por el "gran letargo colectivo", esa espesa y espantosa niebla de la mediocridad que nos distrae de nuestro verdadero objetivo y nos sumerge en una estéril melancolía, sintiéndonos como humo de paja que se lleva el viento del olvido.

Sin embargo, desde la perspectiva metafísica, y alquímica, siempre existe la oportunidad de la rectificación. Desde esa perspectiva no hay culpas, que siempre conducen al sentimiento de la autocompasión (muy cercano a la moralina social-religiosa), sino errores nacidos de la ignorancia, para la cual, siempre, el único remedio es el Conocimiento, la Gnosis. Por eso no basta con las "buenas intenciones", de las que está empedrado el camino del infierno, como dice el refrán. 

Paracelso hablaba de que el ser humano está en permanente combustión, y funciona como un atanor, imagen que conviene perfectamente y define la naturaleza ígnea del alma humana. No hay regeneración sin la actividad permanente de ese fuego, que es físico a un nivel, y solo hay que ver cómo trabajan ciertos órganos corporales para percatarse de ello. 

Pero aquí lo que interesa es despertar ese otro fuego que está "oculto", más fino, diáfano y traslúcido, del cual nos habla el Hermetismo de todas las épocas, de tal manera que la sutilísima luz que de él se desprende sea capaz de atraer otras energías, otras influencias, que nos permitan ir ascendiendo por la escala de los cielos planetarios y extraplanetarios, revistiéndonos de sus cualidades por asimilación. 

Esa luz es una forma que toma la Inteligencia cuando se manifiesta sin trabas en nuestra conciencia. Por eso mismo, la experiencia del viaje del Conocimiento se vive como una paulatina liberación de los lazos psicológicos, que al comienzo son muy espesos y harto difíciles de desanudar, quizás por las propias leyes de la gravedad que a esos niveles nos atraen "hacia abajo", e impiden el "vuelo" hacia otros paisajes y geografías, aquellas que describieron los poetas y bardos de las expediciones que hicieron los héroes míticos por los mares y tierras celestes. 

A esos lugares del alma cósmica y humana se llega tras invertir el sentido de la dirección de esa misma ley de la gravedad que, habiéndose transmutado en la fuerza del Amor, lejos de atraernos hacia abajo nos impulsa "hacia arriba", hacia los mundos superiores, descritos en su conjunto como una ciudad, la Ciudad Celeste, en donde hay "muchas moradas" pero una única Luz que las ilumina.

En realidad no estamos muy lejos de la Tierra celeste. De hecho la llevamos siempre con nosotros; y es más, nunca hemos salido de ella, tan sólo nos habíamos dormido imaginando sueños imposibles y por tanto irreales.

Al Ser solo le interesa lo que se oculta en la cámara más secreta de nuestro corazón, pues allí Él se reconoce en lo humano, y viceversa, lo cual no deja de ser una forma de expresar el misterio de la Unidad. Francisco Ariza 

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Imagen del frontispicio: Johann Daniel Mylius. Opus medico-chymicum, emblema 29 de los Sellos de los Filósofos, 1618. 

miércoles, 1 de enero de 2020

DEL "NACIMIENTO DE LOS DIOSES" Y DE "DIOS EN NOSOTROS"

Recordábamos en la nota anterior que los cinco últimos días del año eran vividos entre los antiguos aztecas como un “regreso al caos” indeterminado. Eran los días nemontemi “baldíos”, “nefastos”, o “llenos de vacío”, y que todo eso facilitaba experimentar el no ser, como paso necesario para todo verdadero cambio de estado.

En otras tradiciones, como la Egipcia, estos mismos días no tenían ese cariz que le daba la cosmogonía azteca, si bien coincidía con ella en ese carácter “atemporal”, en los que el tiempo ha dejado de existir como tal. Estos días fueron creados por Thot (el Hermes egipcio), y se llamaban heru renpet "los que están por encima del año", o sea los que no están en el tiempo, por eso también recibían el nombre de mesut necheru "del nacimiento de los dioses", concretamente de cinco de ellos: Osiris, Isis, Horus, Neftis y Seth.

Eran días vividos como nuevas posibilidades dentro del “tiempo atemporal” y mítico donde “nacen los dioses”, posibilidades que se volcarán sobre el cosmos determinando así el curso del gran tiempo cíclico donde se cumplen los destinos de todos los seres manifestados. Se dice que Thot durante el nacimiento de los dioses evitó que a estos les diera la luz de Jonsu, el dios lunar, o sea que durante el parto de los cinco dioses Thot retiró toda referencia a la medida del tiempo, ya que la luna, con sus movimientos periódicos (Jonsu quiere decir “viajero”), genera las primeras medidas del curso temporal advertidas por el hombre. Ritualmente se vive el regreso al tiempo mítico, atemporal, teogónico, donde nacen los dioses a perpetuidad.

Si en un ejercicio de analogía simbólica esto lo trasladamos a la tradición cristiana, esos días “abismales”, “por encima del tiempo” o “del orden cósmico”, comenzarían tras el día de Navidad, prolongándose hasta el último día del año. Es como si en realidad este, el año-tiempo, terminara el 25 de Diciembre con el nacimiento de Cristo, y no diera comienzo nuevamente hasta el 1 de Enero, consagrado a Emmanuel, “Dios con nosotros”, o “en nosotros”, que es el nombre del Mesías anunciado por los ángeles (equivalentes a los dioses) con las siguientes palabras: "Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad". (Lucas 2: 8-14).

Jacob Böhme. Cristo convirtiéndose en humano. El triángulo central invertido simboliza la “matriz cósmica” donde se genera el Hijo de Dios y del Hombre.

Emmanuel, que santifica el primer día del “año nuevo” es como una promesa o germen del nacimiento de “Dios en el hombre”. Es una posibilidad real que se realiza en y gracias al tiempo y sus ciclos, como el de los 360 días del “año civil” (un modelo a escala de los grandes ciclos cósmicos), días que se corresponden con los 360 grados de la circunferencia. Cada uno de esos días está consagrado a un aspecto de la divinidad a través de sus intermediarios humanos y celestes (al igual que en todas las cosmogonías) contribuyendo al crecimiento interior de ese germen, crecimiento que en el Cristianismo (y en la antigua tradición de Mitra) culmina el 25 de Diciembre con el nacimiento del “Sol Invicto”, del Niño-Dios, o Niño-Alquímico, pues se trata de la transmutación o regeneración de la naturaleza humana en su Principio divino, lo cual no sería posible si ese Principio no estuviera ya presente en el corazón de lo humano. Francisco Ariza


miércoles, 16 de octubre de 2019

ACERCA DE LA 'METAXIS' PLATÓNICA O LA 'PARTICIPACIÓN EN LAS IDEAS'


Estas líneas tienen su origen en una conversación, vía sms, que mantuve hace unos meses con uno de los amigos de Facebook. Tratamos de la “metaxis” y de si esta se puede identificar con el Mundo o Plano Intermediario, esa “región” del Alma Universal situada entre el mundo sensible y el inteligible.

La metaxis, o metaxy, es un concepto que menciona Platón en distintos lugares de su obra, y que permite entender una de las claves de su filosofía, o mejor dicho de la Filosofía, ya que el maestro griego no expuso un sistema filosófico propio (al modo de los filósofos modernos), sino una enseñanza heredada en sus aspectos fundamentales del pitagorismo, el mito arcaico, los presocráticos y el propio Sócrates naturalmente, enseñanza que él interpreta y da forma a través de los diálogos, es decir del uso de la palabra humana iluminada y dirigida por el Logos, pues de lo que se trata es de encontrar la “idea”, o el concepto si se quiere, que está en la esencia de las cosas. 

En la obra de Platón, y de sus discípulos e intérpretes más fieles a su pensamiento (caso de Proclo) existen numerosas referencias al Plano Intermediario, equivalente al “Mundo Imaginal” de ciertos metafísicos islámicos árabes y persas, quienes también recibieron la herencia de Platón y los neoplatónicos. 

Pero hablando de la metaxis, esta no debe asimilarse exactamente al Plano Intermediario tomado en su conjunto. Metaxis significa “participación” y más concretamente “participación con o en las ideas”. Sin participar del Mundo de las Ideas (que es el único realmente existente y del que derivan todos los demás) las cosas y los seres sólo serían sombras fugaces, como las que relata Platón en el mito de la caverna. Pero aunque no sea exactamente lo mismo, dicha participación en las Ideas es posible gracias al Plano Intermediario, que no solo separa el mundo terrestre del celeste, sino que los “une” y los vincula entre sí. Por cierto que ese mismo papel es el que desempeña el símbolo, en tanto que entidad intermediaria que promueve la capacidad de dar “forma” al mundo de las ideas que se revela en la conciencia. 

Mas para que ello sea posible, es decir para que esa “participación” en el Mundo Inteligible se haga efectiva, es necesario que el ser reciba una influencia espiritual, representada o simbolizada muchas veces por un “rayo luminoso” emanado directamente del Espíritu. En este sentido, la tradición hindú habla de Buddhi, o Intelecto Superior, como un rayo luminoso emanado de Atmâ, el Espíritu o Ser Universal, rayo que se proyecta sobre la individualidad humana despertando en ella la “conciencia del yo” (ahamkara), que nada tiene que ver con el “ego”, pues dicha conciencia no es otra cosa que el reflejo de ese mismo Intelecto en el alma humana, y por medio del cual esta se “organiza” en todas sus funciones, sutiles, mentales y corporales. Pero lo importante es advertir que sin la presencia de Buddhi, sería imposible esa “participación” en el Mundo de las Ideas. 

Vemos así que Buddhi es en esencia lo mismo que el Logos platónico, que es igualmente el intermediario entre el Mundo de los Arquetipos y la individualidad humana. El Logos, o Verbo, se simboliza también como un rayo luminoso que proviene del Noûs-Dios, es decir del Ser Universal. Ese rayo determina con su influencia que nuestra alma pueda elevarse y “concebir” en sí misma esos arquetipos, “participando” de sus beneficios espirituales y contribuyendo así a su propia regeneración y transmutación. 

De ahí que Buddhi, o el Logos, sea nuestro principio trascendente, que no sólo es capaz de “actualizar” las posibilidades contenidas en el estado humano individual, sino que se constituye en un auténtico eje o escala por donde podemos ir ascendiendo y conociendo nuestras auténticas posibilidades supraindividuales, ontológicas y metafísicas. Francisco Ariza

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jueves, 12 de septiembre de 2019

SOBRE LA TRADICIÓN UNÁNIME. ACERCA DE UN VERSÍCULO DEL APOCALIPSIS DE JUAN

La idea de “comer” y de “sabor” ligada con la Sabiduría a la que aludíamos en la nota anterior sobre la Tradición Unánime, evoca el episodio del Apocalipsis donde precisamente Juan Evangelista “come” el libro que le ofrece el ángel, sobre cuya cabeza estaba “el arco iris, y su rostro era como el sol, y sus piernas como columnas de fuego”:


Fuime hacia el ángel diciendo que me diese el libro. Él me respondió: “Toma y cómelo, y amargará tu vientre, mas en tu boca será dulce como la miel. Tomé el libro de mano del ángel y me puse a comerlo, y era en mi boca como miel dulce, pero cuando lo hube comido sentí amargadas mis entrañas. Me dijeron: Es preciso que de nuevo profetices a los pueblos, a las naciones, a las lenguas y a los reyes numerosos. (Apocalipsis, 10, 9-11).

San Juan comiendo el libro que le ofrece el ángel. Grabado de Alberto Durero

Este versículo se presta a distintas interpretaciones, todas ellas concordantes entre sí, como ocurre con muchos símbolos, y es evidente que estamos ante un símbolo, o conjunto de símbolos, que revelan elementos de la Enseñanza tradicional que no pertenecen solo al Cristianismo, aunque naturalmente la “forma” de expresarse sea la de este. Gracias precisamente a su alcance universal y metafísico dichas palabras pueden ser trasladadas al núcleo de otras tradiciones, en donde tendrían el mismo significado.

Por ejemplo, la expresión “toma y cómelo” se refiere claramente a la idea de trasmisión y recepción, lo cual define a la Tradición como tal, pues no puede haber transmisión sin recepción y posterior “asimilación” de lo que se recibe, que son ideas y principios que al “descender” sobre la individualidad humana dan lugar a la “conciencia del yo” (que la tradición hindú denomina ahankara, la modalidad individualizada de Buddhi, el Intelecto superior), y de donde deriva manas, el pensamiento propiamente humano igualmente individualizado, para desembocar finalmente en las envolturas substanciales y opacas de la carne y del cuerpo. Si este “asimila” los alimentos físicos, el alma “asimila” las ideas del Mundo inteligible.

Este “encadenamiento” vertical que vincula entre sí a todos los estados de un ser permite establecer las analogías y las correspondencias entre dichos estados, conformando finalmente todos ellos una unidad, la de ese ser mismo considerado en su totalidad: en cuerpo, alma y espíritu. Esta tríada, que constituye un ser completo como decimos, se corresponde y es exactamente análoga al Cuerpo, al Alma y al Espíritu Universal. Así pues, no hay ningún elemento en esa individualidad que no dependa en un grado u otro de sus principios y arquetipos universales, sin los cuales no existiría.

Precisamente, Buddhi, el Intelecto superior, es concebido como un “rayo luminoso” emanado directamente del Espíritu Universal (Atmâ). Buddhi sería entonces el vínculo entre el Espíritu y la individualidad, y a este respecto René Guénon señala (cap. VII de El Hombre y su devenir según el Vedanta) que Buddhi no “carece de relaciones con el Logos alejandrino”, esto es: con el Noûs Demiurgo, quien “ha creado el mundo entero no con las manos, sino por la palabra” (es decir por su Logos, Verbo o Intelecto) como leemos en el Corpus Hermeticum. Entonces, lo que le entrega el ángel a Juan, y lo que este “come” o “asimila” del Libro es precisamente esa Palabra, o Verbo generador, que también es Luz y Vida. Seguidamente, el ángel dice:

amargará tu vientre, mas en tu boca será dulce como la miel.

y Juan continúa:

Tomé el libro de mano del ángel y me puse a comerlo, y era en mi boca como miel dulce, pero cuando lo hube comido sentí amargadas mis entrañas.

El libro es dulce como la miel en la boca del apóstol porque su voluntad humana se ha hecho una con la Voluntad del Espíritu, pero al decir a continuación que le “sentí amargadas mis entrañas” Juan nos está advirtiendo que si nuestra voluntad no está en comunión con la Voluntad del Altísimo, el libro se volverá amargo en nuestras entrañas.

Es bastante notable esta advertencia de Juan escrita en el Apocalipsis, el texto que cierra el Antiguo y el Nuevo Testamento, y en donde se habla del “fin de los tiempos” y del “descenso” de la Jerusalén Celeste sobre la Tierra y el corazón del hombre, dando inicio al siguiente Manvantara o ciclo de una nueva humanidad, acontecimiento no solo humano y terrestre sino cósmico también, y que Juan describe con las siguiente palabras: “Y habrá un nuevo Cielo y una nueva Tierra”; tiempos de esperanza los nuestros, pero también de gran tribulación, en los que incluso muchos de los “elegidos” serán engañados, mostrándose así una debilidad espiritual en quienes han sido preparados para ser la simiente del “ciclo futuro”. El apóstol, en su visión profética, nos advierte de esta realidad, que está sucediendo ahora y sólo hay que tener “ojos para ver” y “oídos para oír”.

En este sentido, las entrañas aluden a lo más “entrañable” de lo humano, y que estas se “amarguen” significa que la voluntad del hombre se ha escindido de la Voluntad divina, cortándose así los canales por donde manan las aguas superiores hacia los mundos inferiores, aguas representadas por el arco iris, símbolo de la unión entre el Cielo y la Tierra. En un versículo de su Evangelio (el 7, 38) Juan nos da la clave para restablecer nuevamente esa “comunicación”, y narra un episodio que transcurrió durante la fiesta de los Tabernáculos:

En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.

Esa “creencia” desde luego nada tiene que ver con la adhesión a un personaje histórico, pues se trata del propio “Verbo encarnado”, que es al mismo tiempo “el Hijo del Hombre” y el “Hijo del Dios Vivo”. Esto mismo está implícito en Enmanuel, que es uno de los nombres que recibe Cristo al nacer y que significa: “Dios en nosotros”. Este sería el sentido más elevado contenido en la propia idea de Tradición Primordial, la cual existe precisamente por una emanación de ese Principio metafísico, que se “encarna” en lo humano porque en el hombre está esa posibilidad, dotándole de la trascendencia necesaria para superar la condición de un estado del ser, para “nacer” en el Espíritu. “El que cree en mí, como dice la Escritura (o la Tradición revelada), de su interior correrán ríos de agua viva”.

Esto último evoca aquellas palabras escritas por el propio Juan en su Evangelio en las que se relata el episodio del encuentro de Cristo con Nicodemo, que era miembro del Sanedrín y uno de sus discípulos secretos: “Hay que nacer de arriba”, señalándole a continuación que

el viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene, ni a dónde va. Así es todo aquel que es nacido del Espíritu. (Juan 3, 3-8).

Ese nacimiento en el Espíritu otorga el “don de lenguas”, que es a lo que se refiere justamente el último párrafo de la cita que hemos escogido del Apocalipsis:

Me dijeron: Es preciso que de nuevo profetices a los pueblos, a las naciones, a las lenguas y a los reyes numerosos.

El “don de lenguas” caracteriza a quienes, como Juan y otros apóstoles (su hermano Santiago, por ejemplo), han superado las formas tradicionales y beben de la fuente de la “eterna juventud”, que es una forma de denominar a la propia Tradición Primordial, o Tradición Unánime. O dicho de otra manera, que pueden adoptar cualquiera de esas formas para transmitir la Enseñanza cosmogónica y metafísica (“dulce como miel en la boca”), cuya esencia se les ha revelado a través de un intenso trabajo consigo mismos guiados por una Enseñanza emanada del “Corazón del Mundo”, y que tiene su expresión más preclara en el símbolo sagrado y sus códigos de conocimiento vehiculados por la “cadena de transmisión iniciática”. Por eso, a quienes son verdaderos “hermanos en el Espíritu” ninguna de las lenguas para transmitir dicha Enseñanza les es ajena, pues han penetrado en la esencia de todas ellas, en esa “santa simiente” de que habla el Zohar y los textos sapienciales de todas las tradiciones.

En este sentido, el “don de lenguas” ha de interpretarse también como la capacidad para hacer entender la Ciencia Sagrada a la mentalidad de los hombres y mujeres hacia los que ella va dirigida, y en cualquier tiempo y lugar, lo cual es otra de las características de la Tradición Unánime, pues como en algún momento señaló Federico González: “la revelación siempre es coetánea con el tiempo”.

No es, pues, la Verdad la que se ha ocultado a la mirada y al pensamiento de los hombres, sino a la inversa. La Verdad siempre ha estado ahí, ante nosotros, a veces en las encrucijadas de los caminos de la vida. Esto es lo que no entendió Poncio Pilatos, quien tras “lavarse las manos” le pregunta a Jesús el Cristo qué era la Verdad, ignorando que la tenía enfrente de él; en aquel que con su verbo daba testimonio de ella y con la que resucitaba a los muertos, y que además dejó dicho: “Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz” (Juan 18, 37), expresión que vale igualmente para la función que ha cumplido y cumple la Tradición Unánime en el extenso devenir de la historia humana. Francisco Ariza 
Este artículo ha sido ampliado en la siguiente dirección:  https://franciscoariza.blogspot.com/2022/06/la-sabiduria-como-alimento-del-alma.html

miércoles, 4 de septiembre de 2019

SOBRE LA TRADICIÓN UNÁNIME


El meollo de lo que diremos a continuación, y en la siguiente entrega, seguramente ya lo hemos expuesto en varias ocasiones, pero siempre va bien recordar la vigencia de una Tradición Unánime, o Tradición Primordial, que se halla “unánimemente” en todas las formas tradicionales que han existido a lo largo de la Historia y en las que todavía existen, no exentas, sin embargo, del ocaso espiritual que vivimos en este tiempo, muy certeramente definido como “liquido”.

Pero esto es debido a la coyuntura temporal de un gran ciclo que se agota, y no afecta para nada a la esencia de la Tradición Unánime, a la que hemos de reconocer como presente en el núcleo de cada tradición particular, reconocimiento que, entre otras cosas, nos libra de caer en cristalizaciones dogmáticas, exclusivistas y fanáticas, propias de las religiones y exoterismos monoteístas en su degradación actual, en las que caen muchas veces personas que habiendo recibido una transmisión de carácter iniciático y esotérico no han podido superar el nivel literal del símbolo y del rito, que son en suma los vehículos y soportes de dicha transmisión, y que posibilitan el ascenso por el Eje del Mundo, o del Árbol de la Vida que está plantado en el centro de nuestro ser, aunque a veces no seamos muy conscientes de ello.

La Tradición Unánime se identifica con el propio Conocimiento, el cual no solo se limita a la Cosmogonía y a la Tri-unidad de los principios ontológicos, es decir al Ser, sino que abarca a los estados incondicionados, supracósmicos y auténticamente metafísicos. Y si hemos de hablar del “fruto” obtenido por ese Conocimiento este no sería otro que la Sabiduría, cuya raíz más íntima, y supraesencial podríamos decir, se nutre efectivamente de la “luminosa oscuridad” del No Ser (En Soph en la Cábala). A esa “luminosa oscuridad” alude Salomón al comienzo del Cantar de los Cantares cuando pone las siguientes palabras en boca de la Sulamita, imagen de la Sabiduría: “Soy morena, pero hermosa…”.

El comer de ese fruto quizás no otorgue la felicidad (tan relativa como cualquier otro estado de ánimo, pese a que durante el Imperio los romanos la considerasen un numen, felicitas, ligado con la “buena suerte”), pero sí puede dar la Libertad, con mayúsculas. El consejo de Pico de la Mirandola en su Discurso sobre la Dignidad del Hombre (del que hablamos en la Nota anterior) de poder elegir, en nuestro libre albedrío, la parte divina de nuestra naturaleza, tiene como fin último lograr esa Libertad, verdaderamente incondicional:

“recogido en el centro de su unidad, hecho un espíritu con Dios, introducido en la misteriosa soledad del Padre…”.

Todo lo contrario de comer del Árbol de la Ciencia, o del Bien y del Mal, dual por definición, y que inevitablemente nos expulsa del centro de nuestro ser al maravillarnos con los “frutos de la Creación”, y no con sus principios, que también pueden ser “comidos”, y en este punto hemos de añadir que la raíz de la palabra “sabor”, sap, es la misma de “saber”, sapere, de ahí sapiencia, es decir sabiduría.[1] (Continúa). Francisco Ariza


[1] Sobre el sabor en relación con la sabiduría, ver la última nota a pie de página del capítulo IX de El Hombre y su devenir según el Vedanta, de René Guénon.


miércoles, 17 de abril de 2019

EL ALQUIMISTA DE NOTRE DAME


Observando expectante cómo las llamas me van alcanzando, doy gracias al Señor por concederme por fin la liberación, tantas veces implorada, de este estado de petrificación en que me encuentro aprisionado. He vivido tanto tiempo en el tiempo congelado que acabé por abandonar toda esperanza, que es la negación de la posibilidad de ser. Un horror. Todas las salidas habían sido cegadas, hasta ahora mismo, cuando una emanación de los vientos solares ha tomado la forma del dragón celeste y ha descendido sobre la tierra como un amante enfurecido. Su abrazo me abrasa y disuelve la piedra carcelaria.

Se ha cumplido la máxima hermética, que es la quintaesencia de esa esperanza que creí abandonada para siempre: “cuando todo parece perdido es cuando será salvado”.

El fuego, como todos los símbolos del Espíritu, es una Idea que se hace substancia tangible para que participemos de su misterio. En el fuego anida el secreto de la transmutación, que es el paso cualitativo y gradual de la imagen simbólica a la realidad que ella representa. ¿Qué otra cosa sino quiso decir Cristo cuando afirmó ante los mercaderes, o sea ante todos nosotros: “Destruid este templo y yo lo levantaré en tres días”?

¿No será entonces este dragón enfurecido y abrasador, sumamente riguroso, una manifestación del Amor, una efusión de la Gracia?

El tronco milenario ha encontrado cobijo en el Amor, y la Sabiduría es su alimento. Es la Sabiduría, la Notre Dame arquetípica, la que otorga los cambios profundos, el enderezamiento de cualquier ser y de la propia Tradición mortecina. Fe, Esperanza y Caridad.
La Semana Santa anuncia la “plenitud de los tiempos”: la pasión, la muerte sacrificial y la resurrección liberadora en el regazo del Padre. FranciscoAriza


martes, 9 de abril de 2019

LA PIEDRA FILOSOFAL


La Iniciación Hermética tiende permanentemente hacia la ontología mediante el conocimiento ordenado de la cosmogonía. Un conocimiento que no es solo teórico, sino que se simultanea con la transmutación de la psique humana generada por la comprensión y efectivización de las ideas reveladas a través de los símbolos apropiados, entre ellos los de la Alquimia, análogos a los de la construcción, como es el caso de la piedra filosofal y la piedra angular, “clave de bóveda” de todo el edificio cósmico.

En ese proceso de transmutación el alma humana pasa por los “tres colores” de la Magna Obra, o Arte Real alquímico y constructivo: el negro (putrefacción o muerte, piedra bruta), el blanco (regeneración psíquica, piedra cúbica) y el rojo (renacimiento espiritual, piedra angular o piedra filosofal), equiparables en el Árbol de la Vida cabalístico a los mundos de Yetsirah, Beriyah y Atsiluth, respectivamente. Es este último mundo el propiamente ontológico, pues se refiere al conocimiento directo (es decir no mediatizado) del Ser Universal, o Gran Arquitecto del Universo, uno de cuyos símbolos más característicos es precisamente el Delta luminoso, que es el triángulo equilátero, símbolo de la Tri-unidad de los principios ontológicos. Moisés, ante la contemplación de la “zarza ardiente”, sintetizó esos principios en la siguiente fórmula: “El Ser Es el Ser”. No hay, didácticamente hablando, mejor manera de explicar la idea de la Unidad divina.

Hablando de este simbolismo, Federico González, en su libro Hermetismo y Masonería, equipara la piedra filosofal con el diamante, el cual representa la idea de perfección dentro del mundo mineral, aunque advierte que antes hay que llegar al oro, equiparándolo con el Sol y el Jardín del Paraíso, al que la Cábala sitúa precisamente en el mundo de Beriyah, concretamente en la esfera o sefirah Tifereth, el “corazón” del Árbol de la Vida. Tifereth en hebreo significa “Belleza”, también “Esplendor” y “Armonía”, nombres todo ellos referidos a la magnificencia del Orden cósmico como proyección o emanación de los principios ontológicos. Por eso, añade Federico González, la piedra filosofal:

“molida es el polvo de proyección o sea la posibilidad demiúrgica por medio de los teúrgos y, licuada, el Elixir de Inmortalidad, símbolo de la regeneración y del paso a distintos estados de existencia del Ser Universal”.

Entre esos estados están también los de no manifestación cósmica, que son justamente los estados ontológicos, los del Ser en Sí Mismo, que no siendo otro cosa que Sí Mismo tiene, además, la posibilidad de No Ser, o sea la posibilidad de lo supracósmico y lo metafísico.

De ahí que el símbolo o imagen cabalística que mejor representa al Ser como tal sea la “Corona”, Kether, la primera sefirah, la cual se sitúa encima de todo el Edificio Cósmico (constituido en la cosmogonía hermética por la Tierra, el Mundo Intermediario y el Cielo).  Está por encima porque es la piedra angular, o “piedra cimera”, dicho en términos constructivos. Pero no pertenece a esa Edificación, que gira en torno suyo como gira el cielo entero alrededor de la Estrella Polar, de la cual dice el Sefer ha Zohar(el “Libro del Esplendor”) que está situada en un “lugar que no es”.

“Despierta de lo profundo del Hades, y sal de las tinieblas; despierta y prorrumpe de las tinieblas. En verdad, tú has asumido el estado espiritual y divino: la voz de la resurrección ha hablado; el Fármaco de Vida ha penetrado en ti”. (“Colección de Alquimistas Griegos”). Francisco Ariza

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viernes, 22 de febrero de 2019

"MUSURGIA UNIVERSALIS", DE ATHANASIUS KIRCHER


En este grabado perteneciente a su obra Musurgia Universalis, el hermetista cristiano Athanasius Kircher (1602-1680) ha querido plasmar el origen celeste de la música y su repercusión en el alma humana, considerada como un instrumento musical que necesita ser afinado -perfeccionado- de acuerdo a los acordes emanados del diapasón divino. En la cosmovisión de Kircher, y en conformidad con otros maestros herméticos de su tiempo (Robert Fludd, Johannes Mylius, etc.), la articulación armónica de la Música Universal se expresa mediante el canto de los nueve coros angélicos situados en torno al Delta Luminoso, símbolo de la Triunidad ontológica y coronación de toda la Obra creacional, al mismo tiempo que “pasaje” a los estados metafísicos y supracósmicos.

Athanasius Kircher, "Musurgia Universalis", 1650.

Como en otras partes de su obra, Kircher está formulando aquí la idea de la Armonía de las Esferas como era concebida en la Edad Media y el Renacimiento, es decir como una síntesis entre la filosofía pitagórico-platónica y la tradición judeo-cristiana, nutrida esta última del pensamiento que Dionisio Areopagita vierte en Las Jerarquías Celestes, un tratado que en realidad versa sobre los estados superiores del ser desde la perspectiva cristiana, influida, en el caso de Dionisio, por Proclo, el gran intérprete de Platón. Un ejemplo de esa síntesis lo vemos precisamente en el número de esas jerarquías celestes, o angélicas, que son 9 al igual que las Musas, presentes en este grabado a través de Polimnia, la cual aparece en la parte inferior derecha del grabado, formando “pareja” con Pitágoras situado a la izquierda del mismo.

Podemos observar que en la banderola sostenida por lo que parece ser dos querubines está escrita una leyenda que alude a cuatro cánones distribuidos en esos nueve coros de ángeles, lo que da un total de 36 voces (9 x 4 = 36), conformando así el modelo polifónico por excelencia de la música occidental hasta el final del Renacimiento. Dicho modelo interpreta la melodía del Verbo o Logos original en cuatro compases o intervalos diferentes, dando lugar propiamente hablando a la Armonía de las Esferas, simbolizada por el globo celeste rodeado por la banda del Zodíaco.

Una figura femenina aparece encima del orbe coronada de laurel. Ella representa a la Música sosteniendo en sus manos la lira de Apolo –o de Orfeo- y la flauta de Pan, los dos instrumentos de cuerda y de viento, respectivamente, que acompañan las voces del canto celeste en la gestación de la Armonía Universal, concebida como la “arquitectura del logos” (es decir del Verbo), en palabras de Federico González, quien añade que:

“la música es la manifestación de un gesto primigenio que se resuelve en canto y danza; es la irrupción del tiempo en un espacio arquetípico y la necesaria incorporación del movimiento que dinamiza la totalidad del ámbito vital” (Simbolismo y Arte, cap. VII).

En efecto, los coros angélicos del grabado de Kircher están graficando estas palabras de Federico, pues al tiempo que cantan ellos danzan en torno al centro arquetípico, que lo llena todo con el esplendor de su luz intangible, pero que se hace tangible a través del espacio (que “es la sutilísima luz” al decir de Proclo), el cual permite el movimiento y la danza como expresión de la cadencia o encadenamiento armónico de la Música del Mundo.

Pitágoras, a la izquierda de la imagen, señala con la mano derecha su famoso Teorema, donde se halla precisamente la “clave” numérica para determinar las distintas proporciones e intervalos de la cadencia musical, que el propio Pitágoras estableció utilizando el monocordio (literalmente “una cuerda”), cuya vibración dentro del diapasón divino hace posible vincular las cosas del cielo con las de la tierra. Esa clave numérico-musical en realidad se le revela a Pitágoras en los distintos sonidos producidos por los martillos en el yunque de una herrería, que aquí está ubicada en el interior de la tierra, representada como un útero o matriz donde cristalizan las energías más altas en forma de metales y piedras preciosas.

Sin embargo, Kircher dibuja no una cueva, sino más bien la forma de una oreja, indicando así que la Tierra es un ser vivo que tiene en su interior oídos capaces de captar las vibraciones armónicas de la Música del Cosmos, y de reproducirlas, exactamente igual que el ser humano, o sea el Microcosmos. Recordemos que Kircher empleó la palabra Geocosmos para referirse precisamente a la Tierra como un orden incrustado dentro del Orden Universal, que no es otro que el Macrocosmos.

La Magia Natural y la Teúrgia se basan en estas correspondencias entre los planos sutiles y corpóreos del cosmos. Es lo que está indicando el mismo Pitágoras cuando con su mano izquierda señala el interior de la tierra, estableciendo con ello una relación entre los tres mundos: el celeste, el terrestre y el subterráneo, es decir entre “lo de arriba y lo de abajo”. A nuestro entender la “Musurgia Universalis” de Kircher se fundamenta en esa inteligente y reveladora combinación entre la ciencia de Pitágoras y el arte de las Musas, representadas aquí por Polimnia, la bella de “la danza y los cantos sagrados”. Francisco Ariza

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sábado, 29 de diciembre de 2018

LA "PIEDRA CAÍDA DE LOS CIELOS"


Debido al interés que ha despertado en ciertas personas la nota anterior sobre la “piedra exiliada” de hace un par de días, queremos ampliar un poco más su simbolismo, que ya fue tratado por René Guénon en el capítulo 44 de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, titulado “Lapsit Exillis”. De hecho, estas líneas son el resultado de una meditación sobre algunas ideas expuestas por Guénon en dicho capítulo, y que están directamente relacionadas con la construcción como un modelo de la Cosmogonía y la realización interior, cuestión que está en la esencia misma de la Masonería como heredera del Arte Real practicado por los antiguos constructores, cuyo simbolismo puede transponerse perfectamente a los procesos de transmutación de la Alquimia, también llamada no por casualidad el “Arte Regia”.

Concretamente el tema de la lapsit exillis pertenece a un amplio simbolismo que tiene a la piedra (lapis) como protagonista principal, y podríamos incluso remontarnos a las leyendas y mitos existentes en determinadas tradiciones donde se habla de los “hombres nacidos de la piedra”, es decir que ésta tiene un valor genésico y fecundador, pues por lo general eran, y siguen siendo, piedras que por sus características “orgánicas” atraen los rayos y relámpagos, actuando así como intermediarias entre el cielo y la tierra. Estas características se potencian cuando, como es el caso que tratamos, las piedras son caídas o descendidas de los cielos, relacionándose así directamente con los misterios del “renacimiento” iniciático y alquímico.

A este respecto, el mismo Guénon nos recuerda que esas piedras descendidas de los cielos (y que por eso mismo están como exiliadas en la tierra, de ahí el nombre de lapsit exillis, que es una contracción fonética de lapis lapsus ex caelis, la ‘piedra caída de los cielos’) no son otras que los aerolitos y los betilos, los que de forma unánime han sido considerados como especialmente sagrados por todos los pueblos tradicionales. Estas piedras eran “mensajeras” de los dioses, es decir de los estados superiores, y por su intermedio era posible comunicarse con ellos y recibir su influencia. Tenían, pues, una función oracular, además de fecundante.

Así, la Tradición dice que la piedra sobre la que Jacob apoyó su cabeza para dormir era un betilo, de ahí que el patriarca le pusiera a ese lugar el nombre de Beit-el (Casa de Dios), que con el tiempo se convertiría en la ciudad de Belén, lugar de nacimiento de Cristo como todos sabemos. Se dice que durante su sueño Jacob vio una escalera cuya base se apoyaba precisamente en la piedra, y de la que descendían y ascendían ángeles, es decir los mensajeros de sus estados superiores. Esto nos hace recordar que en algunos cuadros de logia aparece una escalera (llamada precisamente la “escalera de Jacob”) que se apoya en el Altar o Ara, el cual también equivale a la piedra de Jacob.

De pronto nos damos cuenta que reflexionando sobre este artículo de Guénon se nos hace evidente la idea de una genealogía espiritual que desemboca en la tradición de los constructores, y que tiene como protagonista principal a esta piedra descendida de los cielos.

Guénon, partiendo de ese origen celeste, nos habla de que dicha piedra no es otra que la esmeralda que se desprende de la frente de Lucifer (el “Ángel de la luz”) tras su caída; y que esa esmeralda pasa a ser posteriormente la Copa del Grial, en la que se vierte la sangre y el agua que brota del corazón de Cristo; que ésa es la copa que después José de Arimatea (discípulo “secreto” de Cristo junto a Nicodemo) lleva de Oriente a Occidente, concretamente a Gran Bretaña; que allí existía desde tiempos pretéritos una de esas piedras celestes que recibía el nombre de Lia Fail, la “piedra del destino”, que era una “piedra parlante”, y por tanto oracular, y que fue la piedra de consagración de los antiguos reyes de Irlanda y después de los de Inglaterra; que esa misma piedra se identificó con la de Beit-el, la cual, según la tradición hebrea, es también la que siguió a los israelitas durante su travesía del desierto, y de donde manaba el agua que bebían, y que ese agua está en relación con el alimento provisto por el Grial considerado como “vaso de abundancia”; que, en fin, esa piedra pasaría a ser más tarde la piedra Setiyah, o “fundamental”, colocada en el Templo de Jerusalén debajo mismo del Arca de la Alianza. A nuestro entender creemos que aquí está la conexión con la tradición de constructores y por tanto con la Masonería, pues como sabemos los orígenes de ésta (o uno de ellos ya que existe un origen antediluviano de la misma, es decir 'noaquita') se remontan a los constructores del Templo de Salomón.

De esta manera, comprobamos que el ara o altar masónico (o su análogo del templo cristiano), sobre el que se apoya la escalera de Jacob, no es otro que la misma piedra Setiyah, apareciendo entonces dicha escalera como lo que es: un símbolo del eje del mundo que comunica la tierra con el cielo, y el cielo con la tierra, o ciñéndonos al simbolismo de la lapsit exillis: que comunica a la piedra fundamental y central con su origen verdadero: la piedra angular o clave de bóveda del templo, del cosmos y del hombre, la cual constituye la verdadera Piedra Filosofal alquímica, o la “piedra cúbica en punta”, símbolo del Conocimiento y de la Realidad metafísica con la que este se identifica. Francisco Ariza

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jueves, 27 de diciembre de 2018

LA "PIEDRA EXILIADA"


Ciertamente la piedra angular es lo “excepcional” de la obra arquitectónica, cósmica y humana. Ella es una Idea que si la intuimos es también por el vacío que deja su ausencia en el alma, o mejor su olvido, lo cual no es de extrañar pues cada día bebemos un trago de agua del río del Leteo, como un veneno que nos va matando lentamente, pues como todos sabemos el olvido de la esencia es una especie de muerte. Es un desarraigo de la patria celeste, y tal vez por esto una de las denominaciones que se ha dado a la piedra angular sea la de lapis exillis, la “piedra exiliada”, caída del cielo. En realidad es lo que más anhelamos conocer, pues en ella reside la verdadera identidad de lo humano, que paradójicamente es de naturaleza suprahumana.

“Jesús le dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”. (Juan 14-6).

Es el esoterismo, es decir el Espíritu contenido en la letra, el que revivifica permanentemente el exoterismo. La Piedra Angular, el Polo, la Tradición Primordial… son expresiones que de hecho sirven para simbolizar también al Maestro Jesús, y su Enseñanza, que desde luego tiene una lectura metafísica incuestionable, presente en todos los Evangelios. De lo contrario no se entenderían los numerosos hombres y mujeres de Iglesia, y católicos de base, que han sido verdaderos esoteristas y hermetistas, todos los cuales han recreado para su tiempo el Evangelio Eterno. El mismo Jesús dejó dicho a Pedro (el exoterismo) que Juan (el esoterismo, la Iglesia interior) permanecería hasta su segunda venida:

“Viéndole Pedro dice a Jesús: ‘Señor, y éste, ¿qué?’ Jesús le respondió: ‘Si quiero que se quede hasta que yo vuelva, ¿qué te importa? Tú, sígueme” (Juan 21, 20-23).

“Nosotros somos la Iglesia” (Federico González: En el Vientre de la Ballena). Francisco Ariza

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