MISCELÁNEA DE PENSAMIENTOS HERMÉTICOS. Francisco Ariza

lunes, 1 de enero de 2018

EL TRIPLE ROSTRO DEL TIEMPO


La Utopía es un espacio distinto, un mundo invisible situado en el eterno presente. Por eso debe proyectarse hacia el futuro, como algo a conseguir, o hacia el pasado: una edad feliz, el paraíso terrenal, la Tradición. En este último caso apoyada por razones que van de lo biológico a lo histórico y que la memoria atestigua. El mito del Origen, que es vertical, es decir que existe permanentemente y en simultaneidad, debe ser trasladado al pasado para ser comprendido en la sucesión. Igualmente el deseo y la voluntad de integrarse a él se proyectan en un futuro posible; tal la razón de la Utopía. (Federico González: Las Utopías Renacentistas, cap. IV).

El presente “siempre es”. El es “omnipresente” (como el Ser), pero no se le puede asir, o retener, como tampoco puede retenerse el “instante”. Si nos fijamos bien, el presente es en realidad un “no-tiempo” y sin embargo el tiempo fluye perennemente gracias a él. El presente es el origen del tiempo porque “siempre es”. Por eso mismo el presente es el centro o el “medio” del tiempo, entendiendo el tiempo en este caso no como una sucesión de ciclos que mueren y nacen a perpetuidad, sino como un flujo constante y absolutamente continuo.

El pasado y el futuro siempre estarán “antes” y “después” del presente, separándolos pero también uniéndolos, como puede apreciarse en esta figura cuzqueña de la Trinidad con que acompañamos esta nota, semejante al “triple rostro de Jano”, el cual siendo el dios del “triple tiempo”, pasado, presente y futuro, es también el “Señor de la Eternidad”. En efecto, tanto el pasado como el futuro se extienden indefinidamente hacia el tiempo pretérito (el rostro que mira a la izquierda), y hacia el tiempo “por venir” (el rostro que mira a la derecha), mientras que el presente (que mira al frente) permanece siempre inalterable, siendo la representación más apropiada del “eterno presente”.

El pasado y el futuro son como los dos polos del tiempo y el presente su constante conjugación, que es lo mismo que decir que en Dios, en el Ser Único, el pasado y el futuro coinciden “en simultaneidad”. Por el mismo motivo, el pasado, la Antigüedad, nunca han dejado de existir pues en verdad el tiempo es la “memoria” de Dios, que es también una facultad del alma humana, como son la voluntad y la inteligencia. El pasado convive en nuestra memoria, y se hace “presente” gracias a ella. Es por tanto un instrumento que el alma tiene para conocerse a sí misma, en suma para “recordar” su verdadera identidad.

Por eso, la memoria que se despierta en nosotros gracias a las enseñanzas de la Vía Simbólica y de la Tradición no es la que está vinculada a lo más inmediato y contingente, sino la que es parte constitutiva de una Sabiduría Perenne, así llamada porque subsiste en el tiempo a través del mito atemporal del Origen, y es “recordada” contemporáneamente por la “cadena de testificación tradicional”, cualquiera que esta sea, pues siempre estará vinculada a ese mismo Origen atemporal, y por tanto siempre presente.

El mito del Origen coexiste con el devenir del tiempo posibilitando así que el hombre pueda “liberarse” de la reincidencia en la “rueda del mundo”. De ahí que la “remembranza”, presentida en la conciencia, de un “lugar virgen” y sin historia, paradigma de la libertad y la felicidad (el Paraíso), sea el acicate que necesitamos para iniciar su búsqueda y realizarlo en el “por venir” de nuestra vida.

Esa realización en el “futuro” es obra de la voluntad, del libre albedrío, que quiere ser aquello que el alma conoce o que ha “recordado”, pues como hemos dicho en varias oportunidades conocer y recordar es lo mismo en el pensamiento de Platón, quien dejó dicho que el “tiempo es la imagen móvil de la eternidad”, o sea del “eterno presente”. La Utopía es el ingreso en la “Jerusalén Celeste”, en el “Paraíso futuro”, que “es ahora”, en el presente, y seguramente a esto se refiere Federico en otro lugar de su obra cuando afirma lúcidamente que la “utopía reúne el tiempo mítico [que es atemporal] en un espacio virtual [el centro del mundo]”.

Este es el verdadero “fin del tiempo”, y de la historia, incluida la “historia personal”, y entendiendo la palabra “fin” en dos de sus acepciones principales, que aquí coinciden plenamente: como un destino cumplido en lo humano y como una culminación vivida en el seno de la Providencia divina, es decir, y parafraseando a Federico, por la Inteligencia en íntimo contacto con la Sabiduría. Francisco Ariza

Nota: Sobre todo esto ver también René Guénon: La Gran Tríada, cap. XXII.

domingo, 24 de diciembre de 2017

SOBRE LA LUZ SOLSTICIAL


La Luz Solsticial alumbra por igual en los dos Hemisferios. Ella inunda la tierra entera, significando así el dominio completo de este Eón formidable y categórico cuya palabra es un anagrama hermético. SOL: Solum Omnium Lumen, “El Sol Todo lo Ilumina”.

El movimiento de la Tierra parece introducir una dualidad luz-oscuridad que en realidad no existe salvo para nosotros encerrados en los propios límites de esa dualidad. Pero en los solsticios, cuando ese movimiento se detiene, se afirma por completo la simultaneidad del milagro omnipresente de la luz, fuente de la vida, de la natural y la sobrenatural.

Ya se trate de la “puerta solsticial” de Verano o de la “puerta solsticial” de Invierno, siempre es la luz quien transita por ellas: la luz que alumbra a los hombres, o la luz que conduce a los dioses, la luz tamizada por el calor de la sangre y la pasión, o la luz sin matices, desnuda, “ausente de afanes”, tan luminosa como el oro y tan transparente como el diamante. FranciscoAriza

martes, 19 de diciembre de 2017

"LOS HOMBRES DE TULE"

Los hechos que cambian el rumbo de la Historia, o que introducen un nuevo giro en su movimiento, no siempre son los más conocidos o destacados, sino que muchas veces han permanecido ocultos hasta que alguien fija su atención en ellos y se le “revela”, por así decir, su secreto sentido, reconociendo la influencia que tal hecho concreto produjo en el cambio de paradigma a partir del cual una cultura o civilización desarrolla otras posibilidades de sí misma.

El hilo sutil de la Historia escribe su relato interno y verdadero a través de esos hechos, que pueden tener también su fecha, o sea el momento en que sucedieron (pues ciertamente todo hecho, o fecho en castellano antiguo, tiene su “fecha”), aunque la inmediatez del suceso no nos deje ver la impronta que su potencia espiritual dejará en el tiempo, el cual se encargará de ir actualizándola.

Borges hablaba al respecto del “pudor de la Historia”, que es el título de uno de los capítulos que componen su libro Otras Inquisiciones. En él señala que la verdadera Historia es “pudorosa” y sus fechas esenciales pueden permanecer inadvertidas durante un tiempo indeterminado. Pone el ejemplo del historiador romano Tácito, que no percibió, aunque la registrara en su obra, la importancia que la crucifixión de Cristo tuvo para los siglos venideros. Pero Borges se centra especialmente en dos hechos significativos que describen la naturaleza de ese pudor. En el primero presta atención al hecho de que el dramaturgo griego Esquilo elevara de uno a dos el número de los actores, pues originariamente

“un solo actor, el hipócrita, elevado por el coturno, trajeado de negro o de púrpura y agrandada la cara por una máscara, compartía la escena con los doce individuos del coro”.

Con el segundo actor, afirma Borges, entraron en escena el diálogo y las indefinidas posibilidades de la reacción de unos caracteres o temperamentos sobre otros. Está claro que ese simple hecho ejercería a partir de entonces una enorme influencia en el desarrollo de la cultura griega, y posteriormente romana y occidental. Entendemos con esto que el antiguo orden civilizador helénico, invariable durante siglos, se veía perfectamente reflejado en el único actor -que encarnaba en el drama a muchos otros personajes- y en la relación que este mantenía con los individuos del coro, que con Esquilo pasaron a ser doce (en vez de los cincuenta que hasta entonces lo componían), número que no es casual sino que expresa la idea de armonía que, para los griegos, y más concretamente para los pitagóricos, estaba sintetizada en las doce caras del dodecaedro, un símbolo geométrico del cosmos.

Recordemos que los números son ante todo Ideas que moldean el Orden universal, el cual se refleja en las estructuras simbólicas de una civilización, en este caso la griega, cuyos sabios supieron interpretar los “signos” de la aparición de un nuevo ciclo dentro de su mundo, con todo lo que esto trajo aparejado de cambios en esas estructuras simbólicas y el pensamiento generado por ellas; es decir en las percepciones que en un momento dado el espíritu que conforma el alma de una civilización y de los hombres y mujeres que la integran tienen de la Belleza, la Inteligencia y la Sabiduría. 

En este caso concreto, y lejos de producirse en ella un cambio radical, la civilización griega no se rompe sino que adopta nuevas formas de expresión de su cultura en consonancia con el cambio cíclico relevante que, en el momento en que Esquilo escribe sus tragedias -entre el siglo VI y V a.C.-, se estaba produciendo en la esfera del pensamiento filosófico y religioso no solo en Grecia, sino en otras partes de la tierra. Precisamente el Pitagorismo representó también una adaptación de la antigua tradición órfica, y Esquilo, que pertenecía a la escuela pitagórica según relata Cicerón en las Tusculanas, también participaría en dicha adaptación dentro del ámbito de la dramaturgia.

Borges, concediéndose un gusto literario, dice que nunca sabremos si Esquilo presintió lo significativo del hecho de pasar del uno al dos, de la unidad a la dualidad, y así a la multiplicidad. Desde luego que nunca sabremos si Esquilo fue más o menos consciente de esa decisión, pero en realidad esto no importa demasiado. Fuese como fuese, lo realmente importante es el influjo que una tradición sapiencial, como en este caso es la pitagórica, puede ejercer en el espíritu de quienes estaban destinados a ser los intérpretes en su tiempo de la Inteligencia Universal, manifestada en los arquetipos numéricos y sus analogías y correspondencias mutuas.


                                                                II
La otra cita que Borges recoge en “El pudor de la Historia” procede de la Gesta Danorum (Historia de los Daneses), escrita por Saxo Gramático allá por el siglo XII. He aquí la cita:

A los hombres de Thule (Islandia) les deleita aprender y registrar la historia de todos los pueblos y no tienen por menos glorioso publicar las excelencias ajenas que las propias”.

Thule era el nombre que recibía Islandia en la Edad Media. Ella fue descubierta por el marino griego Piteas allá por el siglo IV a.C., el cual le puso ese nombre seguramente en recuerdo de la isla de Thule, la mítica tierra de los “hiperbóreos” a la que, según la tradición griega, Apolo regresa cada año por el solsticio de invierno.

Saxo Gramático se refiere a hombres como el islandés Snorri Sturluson, contemporáneo suyo y creador de una de las Eddas donde se recoge la rica mitología nórdica y escandinava. Pues bien, en esta cita de Saxo Gramático hemos visto como una clave cifrada para entender un poco mejor el papel que en toda época han jugado los “hombres de Tule”, o de “Tula”, si por él entendemos no sólo un lugar geográfico determinado, como lo fue Islandia en su momento, sino uno de los nombres que, junto al de “Paradesha” o al de “Agartha”, ha recibido el “Centro del Mundo”, morada de la Tradición Primigenia, de la Sabiduría y del Conocimiento.

Desde luego que Islandia, en los siglos medievales, fue posiblemente uno de los lugares “físicos” y “visibles” donde se manifestó dicho Centro, por eso se deleitaban sus hombres “en aprender y registrar la historia de todos los pueblos”, o sea la memoria de la humanidad. Pero además también conservaron la suya propia y el espíritu de su tradición, cuyos mitos y símbolos principales fueron recogidos en las Eddas.

Como señalamos en la nota anterior, el Pitagorismo también hizo lo mismo, pero además de conservar la esencia de su antigua tradición la adaptó, y así se entiende que surgieran hombres como Sócrates y Platón, que crearon la Filosofía, o sea el “Amor a la Sabiduría”, a través precisamente de los “Diálogos”, que según nos recordaba Esquilo nacieron del pasaje de la unidad a la “díada”. En ellos está todo cuanto nosotros, los que estamos sumergidos en la hora más oscura del ciclo, necesitamos saber para salir precisamente de esa oscuridad.

También los “hombres de Tule” de nuestro tiempo se deleitan aprendiendo y registrando la esencia de las culturas que continúan manteniendo viva la memoria y el espíritu de la Tradición Primigenia. La voz de la Sabiduría Perenne se manifiesta con tonos y matices distintos, pero en el núcleo de todas las culturas y tradiciones esa voz permanece inalterable; en realidad es ella misma la que, resonando en nuestro interior, “liga” todos esos tonos y matices a la unidad de su Origen común.

Los hombres de Tule son muy conscientes de que en estos tiempos donde imperan el “pensamiento líquido” y la “posverdad” (¿nos hemos percatado de lo que realmente quieren decir estas dos expresiones?) su labor, por modesta que sea, está encaminada a mantener viva la llama de la Sabiduría, lo cual comporta necesariamente una didáctica, una enseñanza, que tiene como eje articulador la Doctrina metafísica revelada a través del símbolo y su lenguaje revelador, y que esa didáctica debe adecuarse a los tiempos, incluso a los más inhóspitos, para hacerla comprensiva a sus contemporáneos. Las obras respectivas de Federico González y de René Guénon son, en este sentido, paradigmáticas, pues como se ha dicho:

Nadie enciende una lámpara y la pone en sitio oculto, ni bajo el celemín, sino sobre el candelero, para que los que entren vean el resplandor”. (Lucas 12, 11-13).

Es evidente que estando en la culminación de un gran ciclo, la “luz” que resplandece de esa “lámpara” es más necesaria que nunca. Pero más adelante el evangelista también recoge estas otras palabras de Cristo:

Entre tanto se fue juntando la muchedumbre por millares, hasta el punto de pisarse unos a otros, y comenzó Él a decir a sus discípulos: Ante todo guardaos del fermento de los fariseos, que es la hipocresía, pues nada hay oculto que no haya de descubrirse, ni nada escondido que no llegue a saberse. Por esto, todo lo que decís en las tinieblas, será oído en la luz, y lo que habléis al oído en vuestros aposentos, será pregonado desde los tejados”. (Lucas 12, 1-3).

Frente a la hipocresía de los fariseos y sus falsedades, Cristo insta a sus discípulos a proclamar sus enseñanzas desde los tejados, o sea desde lo “más alto”, enseñanzas que ellos “oyeron” en sus “aposentos interiores”. Y que no se preocupen de lo que tengan que decir, porque el Espíritu “os enseñará en aquella hora lo que habéis de decir”. (Lucas 12, 12).

¡Qué alumbre esa luz ante los hombres, y que invoquen con todo su ser a la Unidad!

Conservar la memoria y el espíritu de la Tradición implica combatir al que la niega, la manipula o la malversa. Un combate que ha de hacerse con las armas que proveen las Ideas, y con ellas ir a las causas del “error” y la “desviación”, mostrando así las maniobras de los “hipócritas” y los “falsos profetas” de nuestro tiempo, expertos en “mezclar” lo verdadero con lo falso, y a quienes por ello mismo les está vedado el plano auténticamente espiritual.

La Doctrina metafísica, que expresa justamente al Conocimiento, es la coraza teórica necesaria para que la Inteligencia que ella vehicula se imponga como un eje ordenador del pensamiento, lo que incluye desde luego el “diálogo” como una manera de forjarlo, pero jamás la “polémica” y las trampas que nos tiende constantemente lo que los budistas llaman el “demonio de la dialéctica”. Los “hombres de Tule” nada tienen que ver con los “sofistas”, el reverso negativo del verdadero “amante de la Sabiduría”.

martes, 28 de noviembre de 2017

OTRO ZARPAZO DE LA CONTRA-TRADICIÓN

La masacre provocada por los terroristas del Daesh entre los sufís de Egipto el pasado viernes 24 de Noviembre pone en evidencia, una vez más, hasta qué punto estamos frente a uno de los brazos ejecutores del Adversario, en el sentido evangélico y coránico de este término, o sea de todo aquello que está “en contra” o se "opone" al Espíritu. Aunque habría que decir que oponerse al Espíritu es la mayor de las ilusiones y demuestra una total ignorancia de la auténtica espiritualidad, que siempre estará vedada al "príncipe de la mentira". El Espíritu es la Unidad, y desde luego si hubiera otra semejante a ella entonces ya no sería la Unidad, que está por encima de todas las oposiciones y dualidades posibles. “El Ser Es el Ser” es el principio de la Ontología, puerta que nos abre a la No Dualidad y a la Identidad Suprema.

El Adversario “imita”, pero de forma invertida, la acción del Espíritu. Por eso mismo es dentro de las religiones y las tradiciones en decadencia donde encontramos a sus más fervorosos acólitos, aquellos a los que René Guénon ha denominado con toda propiedad la “contra-tradición”, cuyo fin no es otro que crear la “parodia” de una verdadera tradición. Está claro que el "Califato" del Daesh personifica esa parodia invertida.

El Daesh, como Al-Qaeda y otras ramificaciones semejantes alimentadas ideológicamente por esas formas degradadas del Islam como son el salafismo y el wahabismo, son las expresiones de la contra-tradición dentro del mundo islámico.

Acerca del wahabismo Guénon afirmaba en una carta fechada en marzo de 1936 que: "Hay que desconfiar mucho de las opiniones de los Wahabitas, que son adversarios declarados de todo lo que es de orden esotérico", y por tanto iniciático, añadimos nosotros.

La contra-tradición es una fuerza muy activa en la disolución cíclica de la presente humanidad, y conviene recordar que la mayor habilidad del Adversario es precisamente la de hacernos creer que no existe, cuando en verdad hoy en día campa por donde quiere. Aviso para navegantes internautas.

El Daesh destruye todo lo que cae en sus manos: asesinan tanto a musulmanes como a cristianos o de cualquier otra religión, etnia o cultura. Su fuerza destructiva no tiene parangón con nada desde los tiempos del nazismo, con el que se le ha comparado. De hecho, el surgimiento del nazismo (y de su coetáneo el comunismo soviético) se debió fundamentalmente a la debilidad de la civilización cristiana occidental, una debilidad que era fruto de su decadencia, muy acentuada ya a comienzos del siglo XX. Recordemos que el nazismo se ensañó especialmente con el pueblo judío, cuya tradición por cierto tanto tiene en común con el Cristianismo y el Islam, todos ellas salidas del patriarca Abraham.

Pero este atentado del Daesh, además de crear el terror, tiene como finalidad acabar con aquellas organizaciones que dentro del mundo musulman todavía conservan la esencia metafísica del Islam, como es el caso precisamente del sufismo. El Daesh busca acabar primero con el soporte humano que mantiene vivo el núcleo metafísico de la doctrina (ella misma indestructible por su naturaleza supra-humana y supracósmica), que es la que “vivifica” al exoterismo religioso (así fue al menos en otros tiempos más lejanos), para posteriormente destruir a este último imponiendo finalmente la parodia de su “Califato”, que es la negación misma de la civilización islámica, y en el fondo de la idea misma de civilización.

No nos engañemos, el Daesh y sus semejantes combaten contra toda la humanidad, como lo estamos comprobando en Europa, América, Asia, África y Oceanía. Su intención última es imponer a sangre y fuego esa parodia al mundo entero. Otra ilusión más, pero así actúan las energías del inframundo, cegadas a todo tipo de luz que venga de la Inteligencia.

Asimismo, la propia denominación de “yihaddismo” que se atribuyen estos terroristas es una perversión del lenguaje y del significado simbólico que tiene ese término en la propia tradición árabe. Yihad se refiere por un lado a la “pequeña guerra santa”, y por otro a la “Gran Guerra Santa”. Ni una ni otra practican estos falsarios.

Podría parecer que practicaran la primera, pero nunca el terror por el terror y la destrucción física y moral engendrada por el nihilismo asesino del Daesh pueden ser homologados a una guerra de conquista como las llevadas a cabo por el Islam en determinados momentos de su historia. Y desde luego nada tiene que ver este siniestro “yihaddismo” con la “Gran Guerra Santa”, que es el combate contra los propios “enemigos internos” que realiza el ser humano en vías de Conocimiento. Es la guerra interna del que practica verdaderamente la “doctrina de la Unidad” y la Identidad Metafísica. Como decía Petrarca refiriéndose a esto mismo: "La guerra en el alma, y en la boca la paz".

Alá es ante todo Clemente y Misericordioso, y la acción del Daesh es la negación absoluta de ese Nombre divino y de la misma Unidad metafísica de la que emana.
Francisco Ariza

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miércoles, 15 de noviembre de 2017

LA NATURALEZA EVOCADORA DEL SÍMBOLO


La naturaleza evocadora del símbolo, y del lenguaje simbólico, es una forma de la anamnesis platónica, o sea de la memoria o del «recuerdo de sí», aquella experiencia que, en el ámbito de la iniciación al Conocimiento, despierta en el hombre esa otra facultad que le hace partícipe de su condición universal: la intuición intelectual. Es esta facultad supraindividual a la que alude Platón constantemente en su obra, y es la que nos permite obtener un conocimiento que no proviene únicamente a través de las impresiones sensoriales, que es lo que enseña por otro lado Aristóteles, que en este caso, como en tantos otros, hace una lectura “exotérica” de las enseñanzas de su maestro Platón. Siguiendo a este último, Frances A. Yates en su obra El Arte de la Memoria (cap. II) afirma que ese conocimiento sutil está latente en nuestra memoria y está constituido por:

Las formas o moldes de las Ideas, de aquellas realidades que conocía el alma antes de su descenso a este mundo inferior. El conocimiento verdadero consiste en adecuar las improntas de las impresiones sensoriales al molde o impronta de aquella otra realidad superior, de la que las cosas inferiores de aquí son reflejos.
En el Fedón Platón desarrolla el tema de que todos los objetos sensibles pueden ser referidos a ciertos tipos de los que son semejanzas. No es en esta vida donde hemos visto o aprendido los tipos, sino que los vimos antes de que nuestra vida comenzase, y está en nuestras memorias su conocimiento innato. El ejemplo dado sugiere referir nuestras percepciones sensoriales de objetos iguales a la Idea de Igualdad, que es innata en nosotros. En objetos iguales, tales como trozos iguales de madera, percibimos la igualdad, porque la Idea de la Igualdad ha sido impresa en nuestras memorias, su sello permanece latente en la cera de nuestra alma.
El conocimiento verdadero consiste en adecuar las improntas que provienen de las impresiones sensoriales a la impronta básica o sello de la Forma o Idea con la que se corresponden los objetos de los sentidos. En el Fedro [...] vuelve a desarrollar el tema de que el conocimiento de la verdad y del alma consiste en recordar, en la recordación de las Ideas, vistas una vez por todas las almas, y de las que todas las cosas terrestres no son más que copias confusas. Todo conocimiento y todo saber es el intento de recordar las realidades, de recoger en unidad, por sus correspondencias con las realidades, las numerosas percepciones de los sentidos. 
[Se dice en el Fedro, 249 e-250 d]: 
“En las copias terrestres de la justicia y la templanza y de las otras ideas que tan preciosas son para las almas no hay luz alguna, sólo cierto fuego; acercándose las imágenes a través de los oscurecidos órganos del sentido, capta en ellas la naturaleza de lo que ellas imitan”.

viernes, 10 de noviembre de 2017

COMPRENDER Y RETENER LO COMPRENDIDO


Las siguientes palabras las hemos encontrado en los “Manifiestos” rosacruces (concretamente en la “Confessio”, escrita a comienzos del siglo XVII), que nos hablan de una “realidad otra” y sin embargo siempre presente como un estado propio de la conciencia. Una conciencia que es individual en lo humano, pero que puede hacerse universal una vez ha "comprendido", y sobre todo ha "retenido" lo que paradójicamente está "todavía y para siempre por descubrir":

¿No sería delicioso poder vivir cada hora como si hubierais vivido la historia del mundo desde sus orígenes hasta nuestros días, y como si estuvierais destinados a seguir viviendo hasta su fin? ¿No sería maravilla habitar en un lugar tal que los pueblos que viven en las Indias, más allá del Ganges, no pudieran disimularos sus riquezas, ni los peruanos privaros de sus consejos? ¿No sería cosa deliciosa poder leer en un libro que os permita leer, comprender y retener el fruto nunca descubierto, todavía y para siempre por descubrir, de todos los libros que han existido y que están por venir y aparecer?

Precisamente ese comprender y retener es también un "guardar", que es lo que le dice Beatriz (la Madonna Inteligencia) a Dante en el canto V del Paraíso, en el preciso momento en que ambos llegan al cielo de Mercurio, el dios hermeneuta y mensajero de las ideas más altas:

Abre la mente a cuanto yo te digo / y guárdamelo bien; que no hace ciencia el entender, sino el guardar consigo”.

Una observación: Esta coincidencia entre Dante y los Manifiestos rosacruces no ha de extrañarnos, pues ambos son voces de una misma tradición iniciática y hermética, emanada, a su vez, de un solo y único Conocimiento metafísico, también llamado Centro del Mundo o Tradición primordial. La fuente de una perenne revelación. Francisco Ariza

viernes, 27 de octubre de 2017

EL BUEN Y EL MAL GOBIERNO

 Buen Gobierno. Ambrogio Lorenzetti. Sala de los Nueve. Palazzo Pubblico de Siena

Nos encontramos ante dos frescos que nos ilustran acerca del “Buen Gobierno” y del “Mal Gobierno”, y sus efectos sobre la polis, la ciudad, el país o cualquier forma de organización humana.


El autor, Ambrogio Lorenzetti, fue maestro de la Escuela de Siena en el siglo XIV. Estos frescos en realidad exponen una “Filosofía Política” enraizada en el pensamiento de Platón y en sus discípulos a lo largo de la historia, entre ellos los cristianos que se inspiran en dicho pensamiento (incluidos los aristotélicos como Tomás de Aquino), uno de los cuales es Dante, en cuya concepción del gobierno de la polis se inspira precisamente este pintor y humanista, extendiéndose al Renacimiento y otorgando vigor a las ideas fundacionales de la sociedad contemporánea.


Imbuido por las leyes del Equilibrio el “Buen Gobierno", cualquiera sea la forma que adopte, está inspirado en principios emanados de virtudes tales como la Justicia, la Templanza, la Fortaleza, la Magnanimidad, la Prudencia, la Paz y la Caridad. El objetivo principal del buen gobierno es conquistar la Armonía y la Concordia para los ciudadanos, aquellos que conviven en la ciudad, o el país y conforman su tejido social, de donde la palabra “sociable”.


El Mal Gobierno

La Tiranía rige el “Mal Gobierno”, guiado por la Avaricia, la Soberbia y la Arrogancia, que dan lugar, entre otros aspectos siniestros, al egoísmo, al embrutecimiento, al miedo y la división entre esos mismos ciudadanos, es decir a la ruptura interna del tejido que conforma la idea misma de ciudad. La Tiranía está representada por una especie de vampiro, a cuyos pies está encadenada la Justicia.


Sobre los resultados del buen gobierno se lee en un letrero sostenido por una figura alada que representa la Seguridad:


Sin miedo, cada persona puede transitar libremente; cada quien puede labrar y cultivar, dado que en esta comunidad se mantiene la seguridad, que despoja el mal de todo poder”.


Sobre los resultados del mal gobierno puede leerse en otro letrero sostenido por la figura del Miedo:


Debido a que cada uno busca su propio bien, en esta ciudad la Justicia está sujeta a la tiranía; en esta ciudad nadie pasa por ningún camino sin temer por su vida, pues hay asaltos fuera y dentro de las puertas de la ciudad”.


Desde luego estos frescos son para meditar en estos tiempos que corremos y que algunos llaman “históricos”. En realidad señalan un momento del ciclo de la humanidad donde las “hordas de Gog y Magog”, las fuerzas de la disolución, han asaltado el gobierno de la ciudad, ensombreciendo el paisaje de sus calles y las almas de sus habitantes. Nos jugamos nuestra civilización, o los restos que quedan de ella, pero que todavía palpitan en el corazón de los hombres y mujeres “de buena voluntad”. Poca broma. Que no sintamos vergüenza de nosotros mismos. Francisco Ariza 


martes, 3 de octubre de 2017

LA UNIDAD Y EL GOBIERNO DE LA "CIVITAS"


La idea de la Unidad no sólo pertenece al ámbito de la metafísica, que es el más elevado, sino que está presente en todo cuanto existe, incluido naturalmente el “gobierno de la ciudad”, que es lo que significa el noble arte de la política. De la “polis”, o la “civitas, nace precisamente la civilización.

La idea de la Unidad es por tanto arquetípica. Es la que legitima cualquier ley humana, pues es también el principio que “armoniza” las partes de un Todo, sea éste el cosmos, la civilización, la ciudad, o cualquier organismo vivo. La parte refleja al Todo al que pertenece, como la multiplicidad refleja a la Unidad, como bien lo expresa la llamada “proporción áurea” en el simbolismo geométrico.

La idea de la Política, con mayúsculas, también deriva de ese principio de Unidad. En el centro de la polis antigua estaba el sabio recordando a sus conciudadanos que las leyes que articulaban su civilización derivaban de ese principio, inmutable y atemporal. Ese principio de Unidad debía ser preservado en todos los cambios acaecidos en el devenir temporal, cambios motivados por las circunstancias cíclicas, a las que debían adaptarse las leyes que gobernaban la ciudad, o la civilización.

La “permanencia” de ese principio en el tiempo es un reflejo de lo que Dante llamaba el “perfecto orden divino”, que no es otro que la Cosmogonía, el Orden cósmico. Con esa continuidad de lo esencial se evitaba que su mundo sucumbiera en el caos y la desintegración. La presencia de las ideas metafísicas en la sucesión temporal se manifiesta a través del Dharma, la “Ley cósmica”.

Dante, uno de los padres espirituales de Europa, sabía de la gravedad de la época en que le tocó vivir, una época de transición donde estaba en juego el destino de Occidente y el sentido superior de su civilización. También nuestra época tiene ciertos paralelismos con la de Dante, pues ahora igualmente está en juego el destino de nuestra civilización y de nuestra cultura, si bien, y por razones cíclicas, lo que está en juego realmente son los destinos de la humanidad entera.

El célebre historiador inglés Arnold Toynbee decía que muchas veces la caída de las civilizaciones se producía cuando la cultura -y la política que es inseparable de ella añadimos nosotros-, tomaba las formas más inferiores y groseras al dejar de estar el gobierno en manos de los más sabios y pasar a manos de los más ignorantes (que lo son precisamente por olvidar los principios a los que aludimos, aunque a veces estén doctorados en las universidades más prestigiosas, por decir algo), y por tanto los más peligrosos. Francisco Ariza 

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domingo, 24 de septiembre de 2017

LA OCLOCRACIA O EL "GOBIERNO DE LA MUCHEDUMBRE"

El historiador grecorromano Polibio, basándose en “El Político” de Platón (302b/ 303d), denominó con el término Anaciclosis la aplicación de las leyes cíclicas a las distintas formas de gobierno, que son fundamentalmente tres: la Monarquía, la Aristocracia y la Democracia. Cada una de ellas tiene su reverso negativo y degenerado, respectivamente: la Tiranía, la Oligarquía y la Oclocracia. Esta última quiere decir “gobierno de la muchedumbre”, o de la “masa”, una de cuyas características más notorias es la demagogia y el populismo. Si la Democracia es el “gobierno del pueblo”, la Oclocracia es el “gobierno de la muchedumbre”, si bien decir “gobierno” en este caso es de hecho una contradicción en los términos. Finalmente, la Oclocracia es lo que más se acerca a la noción de “caos” y “desintegración social”.
La sociedad occidental, salida de las “revoluciones burguesas” de los siglos XVII y XVIII, eligió la Democracia como forma de gobierno, que es por cierto y por cuestiones cíclicas la más adecuada para estos momentos de la Historia. Pero ya desde sus comienzos la Democracia siempre ha estado tentada por su reverso negativo, y ejemplos hemos tenido muchos en este espacio de tiempo. Pero es hoy en día, y coincidiendo con la globalización del mundo, cuando la Oclocracia, el “gobierno de la masa”, está más cerca de hacerse realidad, y revestido con los nombres e “ideologías” más variadas, aunque todas se identifican en la demagogia y el populismo. ¿Es un síntoma más de un fin de ciclo anunciado?
NOTA: Todo esto que decimos se refiere en realidad a la doctrina de los ciclos cósmicos, que es muy antigua y presente en muchísimas culturas y tradiciones. Por decirlo de una manera muy resumida, cada cierto periodo de tiempo el mundo se ve sometido a cambios muy profundos, el más grande de los cuales es el que implica a la humanidad entera. Por todos los signos que vemos a nuestro alrededor pensamos que el próximo fin de ciclo implica precisamente a nuestra humanidad actual. San Juan, en el Apocalipsis, lo expresa de manera simbólica, y muy clara a nuestro entender, cuando anuncia que ha visto "un nuevo cielo y una nueva tierra", refiriéndose sin duda al comienzo también de una “nueva humanidad”.
Si hemos señalado la Oclocracia es porque ella constituye un síntoma de este fin de ciclo. Esta se ha dado muchas veces a lo largo de la Historia, y significa la degeneración total de una civilización, y por tanto su desaparición. Pero, debido precisamente a la globalización, esa Oclocracia es también global, o sea que ya no atañe a una civilización determinada sino a la humanidad entera.
Solo hay que ver la deriva del mundo actual, y la “falta de esperanzas” en un futuro cada vez más incierto, para darse cuenta de que son inminentes acontecimientos muy importantes para el conjunto de nuestro mundo, aunque esa inminencia, cuando se trata de los ciclos cósmicos, puede tardar todavía un cierto tiempo en manifestarse. Como se dice también en los Evangelios “sólo el Padre sabe el día y la hora”. Francisco Ariza 

domingo, 13 de agosto de 2017

UN GESTO


El Fiat Lux cosmogónico es de hecho un “gesto” realizado por todos los dioses inmortales (o emanaciones de la Unidad Divina) en un instante simultáneo. Ellos “se sacrifican” para que el mundo sea, y sus luces intangibles son las semillas de todo lo que será manifestado sucesivamente en el Tiempo, el “Gran Cohesionador de lo creado” en palabras de Federico González. Cada día se reitera ese misterio en el mundo, y siempre está la posibilidad de vivirlo en el alma humana. Francisco Ariza