MISCELÁNEA DE PENSAMIENTOS HERMÉTICOS. Francisco Ariza

domingo, 28 de enero de 2018

EL FUEGO DE LA TRANSMUTACIÓN


No se puede dejar de ver el mundo como un Misterio. Cuando esto sucede, la impresión es muy vívida, fulgurante, y aparece por sí misma, aunque somos nosotros, seres individuales, los que “aparecemos” ante esa realidad indubitable, y que nos incluye plenamente. Una realidad que “es todo lo que es” (“Brahmâ condicionado”, el Ser), pero al mismo tiempo “todo lo que no es” (“Brahma incondicionado”, el No Ser). La Suprema Identidad metafísica no admite dualidad alguna, aunque esta sea la más alta.

Frente a la ideología de los actuales “sopladores de carbón”, o sea la new-age y el circo del bazar pseudo-esotérico, que creen que el “yo” o la “conciencia individual” (ahankâra) ha de “disolverse” en una especie de vaga “conciencia cósmica” para alcanzar la “liberación”, la Alquimia espiritual por el contrario siempre ha propuesto la transmutación de ese mismo “yo” individual en un rayo de luz (buddhi, elemento supraindividual del ser humano) que lo “conecte” con su Ser originario, con su Sí Mismo (Atmâ).

Porque la transmutación alquímica es el “trabajo iniciático”, o sea el “paso” gradual del conocimiento especulativo de la doctrina metafísica y cosmogónica a su conocimiento operativo, efectivo y encarnado.

En el Arte hermético la “disolución” tiene que ver con la liberación o desenlace de ligaduras de tipo psicológico, y se corresponde con el proceso de purificación y regeneración alquímica, simbolizada por la sucesiva transmutación de los “metales impuros”. La verdadera y genuina “disolución”, o Liberación, es de orden metafísico y estrictamente espiritual pues es la absorción de lo “condicionado” en lo “no-condicionado”. Pero antes el alma se ha de purificar enteramente coagulando en un “cuerpo de luz intelectual”, o como dicen los textos alquímicos:

“este Mercurio celeste es espíritu en estado lucidísimo… naturaleza en sí misma brillante y transparente, casi diáfano, y de luz… no sometida a mezcla ajena alguna ni a ninguna pasión; acto de pura inteligencia, y con luz invisible e incorpórea, que es causa de esta luz visible”. (Cesare della Riviera: El Mundo Mágico de los Héroes).

“Fundidos, pero no confundidos” decía con toda lucidez el Maestro Eckhart para referirse al resultado de esa transmutación interior, que es un proceso operado por el “fulgor ígneo del dragón”, que aunque de naturaleza celeste -pues está dotado de alas- vive encadenado en el interior de la tierra. Ese fuego invisible, pero infinitamente más poderoso que el visible, es el principal agente de la transmutación de los “metales impuros”, capaz de licuarlos y devolverles su naturaleza original. Dicen de nuevo los textos alquímicos que sin ese fuego la “Materia de Obra” –equivalente a la “piedra bruta” de la Masonería- es algo inútil:

“y el Mercurio Filosófico es una quimera que sólo vive en la imaginación. Todo depende del Régimen de Fuego”.

El fuego del dragón alquímico es la propia energía de la kundalini: es a ella a la que hay que “despertar” de su “sueño” confortable, de su “beatífico confort espiritual”, para con su potencia renovada por una voluntad de ser, también indubitable, comenzar a ascender por el eje del “cuerpo sutil”, por la geografía del “alma viviente” (jivâtma), que no se distingue de Atmâ sino de manera totalmente ilusoria. Ese “espejismo”, producto de mayâ, crea la ilusión de separatividad entre el “yo” y el “Sí Mismo”. Saber esto, e interiorizarlo, es un jalón en el camino del Conocimiento.

Atraídos por la “Luz intelectual” emprendamos el viaje por esa geografía de lo invisible, ascendiendo por los sucesivos “estados de conciencia” que articulan todo su recorrido hasta alcanzar y “coronar” la cúspide. En el simbolismo constructivo esa cúspide es una piedra de diamante, “brillante y transparente”, el resultado de la transmutación de la piedra tosca. 

De esa piedra diamantina, símbolo del Conocimiento mismo, está hecha la copa del Grial. “Advertí que mi alma estaba vacía cuando fue llenada”. Francisco Ariza

lunes, 15 de enero de 2018

CARPE DIEM


El poeta romano Horacio, amigo de Virgilio y citado por Dante al principio de La Divina Comedia, escribió en su Oda XI lo siguiente teniendo como interlocutora a Leuconoe, “la del espíritu sincero”:

No pretendas saber, pues no está permitido, / el fin que a ti y a mí, Leuconoe, / nos tienen asignados los dioses, / ni consultes los números Babilónicos. / Mejor será aceptar lo que venga, / ya sean muchos los inviernos que Júpiter /te conceda, o sea este el último, / el que ahora hace que el mar Tirreno / rompa contra los opuestos escollos. / Sé prudente, filtra el vino / y adapta al breve espacio de tu vida / una esperanza larga. / Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso. / Vive el día de hoy. Captúralo. / No te fíes del incierto mañana.

Esta expresión tan conocida, Carpe Diem, “vive el día”, o “aprovecha el momento”, al meditar en ella descubro que, como todas las cosas que tienen enjundia y meollo, posee diversos niveles de lectura. Lo que aquí exponemos está escrito desde uno de esos niveles.
Capturar el momento, vivir intensamente el presente... Ante esta idea-fuerza, que no por mil veces reiterada ha perdido su poder de evocación, es obvio que no podemos seguir soñando con “la realidad” confundiendo los deseos con lo que las cosas son en sí. En esa confusión viven los prisioneros de la caverna de Platón, los cuales, sin embargo, reaccionan cuando se percatan que están asumiendo como “real” aquello que tan solo es un reflejo, una ilusión, una sombra, la imagen interpuesta de una realidad que sí es la verdadera pues en ella está la fuente de la luz cenital que ilumina la oscuridad de la caverna. Pero es imposible explicar lo que esa realidad “es”, aunque sí puede conocerse siguiendo el rastro de su luz, a modo de eje o escala.

Realmente, “ser es conocer”. El “ser es lo que conoce”, lo que “comprehende”, pues no se trata únicamente de un conocer empírico, sino de un conocimiento interior que es el resultado de la identidad entre el conocer y lo conocido. La palabra “sabor” y “saber” tienen la misma raíz: sap, de donde sapientia, sabiduría. El “sabor” de un fruto lo identifica, y lo mismo sucede, por analogía, con el “saber” en el orden de las ideas y los principios metafísicos: necesitas “saborearlos”, “asimilarlos”, “comértelos”, como hace Juan Evangelista con el “Libro de la Vida” en un conocido grabado de Durero.

Esos principios son los alimentos nutricios de tu mente y de tu espíritu. Un conocimiento, pues, que comprehendes en cuerpo, alma y espíritu, triunidad que no puede disociarse pues está hecha a imagen y semejanza de la Unidad divina. “Aprovecha el momento” con todo lo que tú eres, no sólo con una parte sino con la totalidad de ti mismo. La doctrina metafísica nos dice que nada hay fuera de la Unidad, del Ser, que es eterno e infinito en su Principio (el No Ser), pero que al mismo tiempo es una luz en el Alma del Mundo que alumbra, crea y redime todo lo viviente. La vida como una perenne y sagrada epifanía.

Las imágenes interpuestas no pueden llenar la copa vacía de tu corazón. El plano más alto de Yetsirah sigue siendo Yetsirah, el “velo de maya”. Pensar lo contrario es limitar la inteligencia, o errar en el laberinto de lo “indefinido”. El “mundo de las formaciones” es un estado intrauterino, que ha de acabar de “conformarse”, de nacer, rompiendo el “techo” de los límites individuales para acceder a lo Universal, a lo ilimitado, que no es otra cosa que multiplicar por su propia potencia lo verdadero que hay en ti. La “multiplicación de los talentos”, o “de los panes y los peces”, también tiene que ver con esa universalidad, qué duda cabe.

Carpe Diem, aprovecha el día como si fuera el último y el primero de la creación. Retén el momento fugitivo, la oportunidad de “estar” y de “ser” en un presente siempre reiterado, esa “esperanza larga” a la que se refiere Horacio en su Oda. Ciertamente ningún momento puede ser más provechoso que vivirlo con la libertad que otorga el conocimiento de lo no-condicionado, o al menos “saber” que esa posibilidad metafísica puede ser actualizada en tu conciencia. Que ese conocimiento acabe siendo una realidad plena, y no un “supuesto soñado”, es sin duda el tesoro más preciado, el único que llevarás contigo cuando cruces el umbral definitivo. Francisco Ariza

lunes, 1 de enero de 2018

EL TRIPLE ROSTRO DEL TIEMPO


La Utopía es un espacio distinto, un mundo invisible situado en el eterno presente. Por eso debe proyectarse hacia el futuro, como algo a conseguir, o hacia el pasado: una edad feliz, el paraíso terrenal, la Tradición. En este último caso apoyada por razones que van de lo biológico a lo histórico y que la memoria atestigua. El mito del Origen, que es vertical, es decir que existe permanentemente y en simultaneidad, debe ser trasladado al pasado para ser comprendido en la sucesión. Igualmente el deseo y la voluntad de integrarse a él se proyectan en un futuro posible; tal la razón de la Utopía. (Federico González: Las Utopías Renacentistas, cap. IV).

El presente “siempre es”. El es “omnipresente” (como el Ser), pero no se le puede asir, o retener, como tampoco puede retenerse el “instante”. Si nos fijamos bien, el presente es en realidad un “no-tiempo” y sin embargo el tiempo fluye perennemente gracias a él. El presente es el origen del tiempo porque “siempre es”. Por eso mismo el presente es el centro o el “medio” del tiempo, entendiendo el tiempo en este caso no como una sucesión de ciclos que mueren y nacen a perpetuidad, sino como un flujo constante y absolutamente continuo.

El pasado y el futuro siempre estarán “antes” y “después” del presente, separándolos pero también uniéndolos, como puede apreciarse en esta figura cuzqueña de la Trinidad con que acompañamos esta nota, semejante al “triple rostro de Jano”, el cual siendo el dios del “triple tiempo”, pasado, presente y futuro, es también el “Señor de la Eternidad”. En efecto, tanto el pasado como el futuro se extienden indefinidamente hacia el tiempo pretérito (el rostro que mira a la izquierda), y hacia el tiempo “por venir” (el rostro que mira a la derecha), mientras que el presente (que mira al frente) permanece siempre inalterable, siendo la representación más apropiada del “eterno presente”.

El pasado y el futuro son como los dos polos del tiempo y el presente su constante conjugación, que es lo mismo que decir que en Dios, en el Ser Único, el pasado y el futuro coinciden “en simultaneidad”. Por el mismo motivo, el pasado, la Antigüedad, nunca han dejado de existir pues en verdad el tiempo es la “memoria” de Dios, que es también una facultad del alma humana, como son la voluntad y la inteligencia. El pasado convive en nuestra memoria, y se hace “presente” gracias a ella. Es por tanto un instrumento que el alma tiene para conocerse a sí misma, en suma para “recordar” su verdadera identidad.

Por eso, la memoria que se despierta en nosotros gracias a las enseñanzas de la Vía Simbólica y de la Tradición no es la que está vinculada a lo más inmediato y contingente, sino la que es parte constitutiva de una Sabiduría Perenne, así llamada porque subsiste en el tiempo a través del mito atemporal del Origen, y es “recordada” contemporáneamente por la “cadena de testificación tradicional”, cualquiera que esta sea, pues siempre estará vinculada a ese mismo Origen atemporal, y por tanto siempre presente.

El mito del Origen coexiste con el devenir del tiempo posibilitando así que el hombre pueda “liberarse” de la reincidencia en la “rueda del mundo”. De ahí que la “remembranza”, presentida en la conciencia, de un “lugar virgen” y sin historia, paradigma de la libertad y la felicidad (el Paraíso), sea el acicate que necesitamos para iniciar su búsqueda y realizarlo en el “por venir” de nuestra vida.

Esa realización en el “futuro” es obra de la voluntad, del libre albedrío, que quiere ser aquello que el alma conoce o que ha “recordado”, pues como hemos dicho en varias oportunidades conocer y recordar es lo mismo en el pensamiento de Platón, quien dejó dicho que el “tiempo es la imagen móvil de la eternidad”, o sea del “eterno presente”. La Utopía es el ingreso en la “Jerusalén Celeste”, en el “Paraíso futuro”, que “es ahora”, en el presente, y seguramente a esto se refiere Federico en otro lugar de su obra cuando afirma lúcidamente que la “utopía reúne el tiempo mítico [que es atemporal] en un espacio virtual [el centro del mundo]”.

Este es el verdadero “fin del tiempo”, y de la historia, incluida la “historia personal”, y entendiendo la palabra “fin” en dos de sus acepciones principales, que aquí coinciden plenamente: como un destino cumplido en lo humano y como una culminación vivida en el seno de la Providencia divina, es decir, y parafraseando a Federico, por la Inteligencia en íntimo contacto con la Sabiduría. Francisco Ariza

Nota: Sobre todo esto ver también René Guénon: La Gran Tríada, cap. XXII.

domingo, 24 de diciembre de 2017

SOBRE LA LUZ SOLSTICIAL


La Luz Solsticial alumbra por igual en los dos Hemisferios. Ella inunda la tierra entera, significando así el dominio completo de este Eón formidable y categórico cuya palabra es un anagrama hermético. SOL: Solum Omnium Lumen, “El Sol Todo lo Ilumina”.

El movimiento de la Tierra parece introducir una dualidad luz-oscuridad que en realidad no existe salvo para nosotros encerrados en los propios límites de esa dualidad. Pero en los solsticios, cuando ese movimiento se detiene, se afirma por completo la simultaneidad del milagro omnipresente de la luz, fuente de la vida, de la natural y la sobrenatural.

Ya se trate de la “puerta solsticial” de Verano o de la “puerta solsticial” de Invierno, siempre es la luz quien transita por ellas: la luz que alumbra a los hombres, o la luz que conduce a los dioses, la luz tamizada por el calor de la sangre y la pasión, o la luz sin matices, desnuda, “ausente de afanes”, tan luminosa como el oro y tan transparente como el diamante. FranciscoAriza

martes, 19 de diciembre de 2017

"LOS HOMBRES DE TULE"

Los hechos que cambian el rumbo de la Historia, o que introducen un nuevo giro en su movimiento, no siempre son los más conocidos o destacados, sino que muchas veces han permanecido ocultos hasta que alguien fija su atención en ellos y se le “revela”, por así decir, su secreto sentido, reconociendo la influencia que tal hecho concreto produjo en el cambio de paradigma a partir del cual una cultura o civilización desarrolla otras posibilidades de sí misma.

El hilo sutil de la Historia escribe su relato interno y verdadero a través de esos hechos, que pueden tener también su fecha, o sea el momento en que sucedieron (pues ciertamente todo hecho, o fecho en castellano antiguo, tiene su “fecha”), aunque la inmediatez del suceso no nos deje ver la impronta que su potencia espiritual dejará en el tiempo, el cual se encargará de ir actualizándola.

Borges hablaba al respecto del “pudor de la Historia”, que es el título de uno de los capítulos que componen su libro Otras Inquisiciones. En él señala que la verdadera Historia es “pudorosa” y sus fechas esenciales pueden permanecer inadvertidas durante un tiempo indeterminado. Pone el ejemplo del historiador romano Tácito, que no percibió, aunque la registrara en su obra, la importancia que la crucifixión de Cristo tuvo para los siglos venideros. Pero Borges se centra especialmente en dos hechos significativos que describen la naturaleza de ese pudor. En el primero presta atención al hecho de que el dramaturgo griego Esquilo elevara de uno a dos el número de los actores, pues originariamente

“un solo actor, el hipócrita, elevado por el coturno, trajeado de negro o de púrpura y agrandada la cara por una máscara, compartía la escena con los doce individuos del coro”.

Con el segundo actor, afirma Borges, entraron en escena el diálogo y las indefinidas posibilidades de la reacción de unos caracteres o temperamentos sobre otros. Está claro que ese simple hecho ejercería a partir de entonces una enorme influencia en el desarrollo de la cultura griega, y posteriormente romana y occidental. Entendemos con esto que el antiguo orden civilizador helénico, invariable durante siglos, se veía perfectamente reflejado en el único actor -que encarnaba en el drama a muchos otros personajes- y en la relación que este mantenía con los individuos del coro, que con Esquilo pasaron a ser doce (en vez de los cincuenta que hasta entonces lo componían), número que no es casual sino que expresa la idea de armonía que, para los griegos, y más concretamente para los pitagóricos, estaba sintetizada en las doce caras del dodecaedro, un símbolo geométrico del cosmos.

Recordemos que los números son ante todo Ideas que moldean el Orden universal, el cual se refleja en las estructuras simbólicas de una civilización, en este caso la griega, cuyos sabios supieron interpretar los “signos” de la aparición de un nuevo ciclo dentro de su mundo, con todo lo que esto trajo aparejado de cambios en esas estructuras simbólicas y el pensamiento generado por ellas; es decir en las percepciones que en un momento dado el espíritu que conforma el alma de una civilización y de los hombres y mujeres que la integran tienen de la Belleza, la Inteligencia y la Sabiduría. 

En este caso concreto, y lejos de producirse en ella un cambio radical, la civilización griega no se rompe sino que adopta nuevas formas de expresión de su cultura en consonancia con el cambio cíclico relevante que, en el momento en que Esquilo escribe sus tragedias -entre el siglo VI y V a.C.-, se estaba produciendo en la esfera del pensamiento filosófico y religioso no solo en Grecia, sino en otras partes de la tierra. Precisamente el Pitagorismo representó también una adaptación de la antigua tradición órfica, y Esquilo, que pertenecía a la escuela pitagórica según relata Cicerón en las Tusculanas, también participaría en dicha adaptación dentro del ámbito de la dramaturgia.

Borges, concediéndose un gusto literario, dice que nunca sabremos si Esquilo presintió lo significativo del hecho de pasar del uno al dos, de la unidad a la dualidad, y así a la multiplicidad. Desde luego que nunca sabremos si Esquilo fue más o menos consciente de esa decisión, pero en realidad esto no importa demasiado. Fuese como fuese, lo realmente importante es el influjo que una tradición sapiencial, como en este caso es la pitagórica, puede ejercer en el espíritu de quienes estaban destinados a ser los intérpretes en su tiempo de la Inteligencia Universal, manifestada en los arquetipos numéricos y sus analogías y correspondencias mutuas.


                                                                II
La otra cita que Borges recoge en “El pudor de la Historia” procede de la Gesta Danorum (Historia de los Daneses), escrita por Saxo Gramático allá por el siglo XII. He aquí la cita:

“A los hombres de Thule (Islandia) les deleita aprender y registrar la historia de todos los pueblos y no tienen por menos glorioso publicar las excelencias ajenas que las propias”.

Thule era el nombre que recibía Islandia en la Edad Media. Ella fue descubierta por el marino griego Piteas allá por el siglo IV a.C., el cual le puso ese nombre seguramente en recuerdo de la isla de Thule, la mítica tierra de los “hiperbóreos” a la que, según la tradición griega, Apolo regresa cada año por el solsticio de invierno.

Saxo Gramático se refiere a hombres como el islandés Snorri Sturluson, contemporáneo suyo y creador de una de las Eddas donde se recoge la rica mitología nórdica y escandinava. Pues bien, en esta cita de Saxo Gramático hemos visto como una clave cifrada para entender un poco mejor el papel que en toda época han jugado los “hombres de Tule”, o de “Tula”, si por él entendemos no sólo un lugar geográfico determinado, como lo fue Islandia en su momento, sino uno de los nombres que, junto al de “Paradesha” o al de “Agartha”, ha recibido el “Centro del Mundo”, morada de la Tradición Primigenia, de la Sabiduría y del Conocimiento.

Desde luego que Islandia, en los siglos medievales, fue posiblemente uno de los lugares “físicos” y “visibles” donde se manifestó dicho Centro, por eso se deleitaban sus hombres “en aprender y registrar la historia de todos los pueblos”, o sea la memoria de la humanidad. Pero además también conservaron la suya propia y el espíritu de su tradición, cuyos mitos y símbolos principales fueron recogidos en las Eddas.

Como señalamos en la nota anterior, el Pitagorismo también hizo lo mismo, pero además de conservar la esencia de su antigua tradición la adaptó, y así se entiende que surgieran hombres como Sócrates y Platón, que crearon la Filosofía, o sea el “Amor a la Sabiduría”, a través precisamente de los “Diálogos”, que según nos recordaba Esquilo nacieron del pasaje de la unidad a la “díada”. En ellos está todo cuanto nosotros, los que estamos sumergidos en la hora más oscura del ciclo, necesitamos saber para salir precisamente de esa oscuridad.

También los “hombres de Tule” de nuestro tiempo se deleitan aprendiendo y registrando la esencia de las culturas que continúan manteniendo viva la memoria y el espíritu de la Tradición Primigenia. La voz de la Sabiduría Perenne se manifiesta con tonos y matices distintos, pero en el núcleo de todas las culturas y tradiciones esa voz permanece inalterable; en realidad es ella misma la que, resonando en nuestro interior, “liga” todos esos tonos y matices a la unidad de su Origen común.

Los hombres de Tule son muy conscientes de que en estos tiempos donde imperan el “pensamiento líquido” y la “posverdad” (¿nos hemos percatado de lo que realmente quieren decir estas dos expresiones?) su labor, por modesta que sea, está encaminada a mantener viva la llama de la Sabiduría, lo cual comporta necesariamente una didáctica, una enseñanza, que tiene como eje articulador la Doctrina metafísica revelada a través del símbolo y su lenguaje revelador, y que esa didáctica debe adecuarse a los tiempos, incluso a los más inhóspitos, para hacerla comprensiva a sus contemporáneos. Las obras respectivas de Federico González y de René Guénon son, en este sentido, paradigmáticas, pues como se ha dicho:

“Nadie enciende una lámpara y la pone en sitio oculto, ni bajo el celemín, sino sobre el candelero, para que los que entren vean el resplandor”. (Lucas 12, 11-13).

Es evidente que estando en la culminación de un gran ciclo, la “luz” que resplandece de esa “lámpara” es más necesaria que nunca. Pero más adelante el evangelista también recoge estas otras palabras de Cristo:

“Entre tanto se fue juntando la muchedumbre por millares, hasta el punto de pisarse unos a otros, y comenzó Él a decir a sus discípulos: Ante todo guardaos del fermento de los fariseos, que es la hipocresía, pues nada hay oculto que no haya de descubrirse, ni nada escondido que no llegue a saberse. Por esto, todo lo que decís en las tinieblas, será oído en la luz, y lo que habléis al oído en vuestros aposentos, será pregonado desde los tejados”. (Lucas 12, 1-3).

Frente a la hipocresía de los fariseos y sus falsedades, Cristo insta a sus discípulos a proclamar sus enseñanzas desde los tejados, o sea desde lo “más alto”, enseñanzas que ellos “oyeron” en sus “aposentos interiores”. Y que no se preocupen de lo que tengan que decir, porque el Espíritu “os enseñará en aquella hora lo que habéis de decir”. (Lucas 12, 12).

¡Qué alumbre esa luz ante los hombres, y que invoquen con todo su ser a la Unidad!

Conservar la memoria y el espíritu de la Tradición implica combatir al que la niega, la manipula o la malversa. Un combate que ha de hacerse con las armas que proveen las Ideas, y con ellas ir a las causas del “error” y la “desviación”, mostrando así las maniobras de los “hipócritas” y los “falsos profetas” de nuestro tiempo, expertos en “mezclar” lo verdadero con lo falso, y a quienes por ello mismo les está vedado el plano auténticamente espiritual.

La Doctrina metafísica, que expresa justamente al Conocimiento, es la coraza teórica necesaria para que la Inteligencia que ella vehicula se imponga como un eje ordenador del pensamiento, lo que incluye desde luego el “diálogo” como una manera de forjarlo, pero jamás la “polémica” y las trampas que nos tiende constantemente lo que los budistas llaman el “demonio de la dialéctica”. Los “hombres de Tule” nada tienen que ver con los “sofistas”, el reverso negativo del verdadero “amante de la Sabiduría”.

martes, 28 de noviembre de 2017

OTRO ZARPAZO DE LA CONTRA-TRADICIÓN

La masacre provocada por los terroristas del Daesh entre los sufís de Egipto el pasado viernes 24 de Noviembre pone en evidencia, una vez más, hasta qué punto estamos frente a uno de los brazos ejecutores del Adversario, en el sentido evangélico y coránico de este término, o sea de todo aquello que está “en contra” o se "opone" al Espíritu. Aunque habría que decir que oponerse al Espíritu es la mayor de las ilusiones y demuestra una total ignorancia de la auténtica espiritualidad, que siempre estará vedada al "príncipe de la mentira". El Espíritu es la Unidad, y desde luego si hubiera otra semejante a ella entonces ya no sería la Unidad, que está por encima de todas las oposiciones y dualidades posibles. “El Ser Es el Ser” es el principio de la Ontología, puerta que nos abre a la No Dualidad y a la Identidad Suprema.

El Adversario “imita”, pero de forma invertida, la acción del Espíritu. Por eso mismo es dentro de las religiones y las tradiciones en decadencia donde encontramos a sus más fervorosos acólitos, aquellos a los que René Guénon ha denominado con toda propiedad la “contra-tradición”, cuyo fin no es otro que crear la “parodia” de una verdadera tradición. Está claro que el "Califato" del Daesh personifica esa parodia invertida.

El Daesh, como Al-Qaeda y otras ramificaciones semejantes alimentadas ideológicamente por esas formas degradadas del Islam como son el salafismo y el wahabismo, son las expresiones de la contra-tradición dentro del mundo islámico.

Acerca del wahabismo Guénon afirmaba en una carta fechada en marzo de 1936 que: "Hay que desconfiar mucho de las opiniones de los Wahabitas, que son adversarios declarados de todo lo que es de orden esotérico", y por tanto iniciático, añadimos nosotros.

La contra-tradición es una fuerza muy activa en la disolución cíclica de la presente humanidad, y conviene recordar que la mayor habilidad del Adversario es precisamente la de hacernos creer que no existe, cuando en verdad hoy en día campa por donde quiere. Aviso para navegantes internautas.

El Daesh destruye todo lo que cae en sus manos: asesinan tanto a musulmanes como a cristianos o de cualquier otra religión, etnia o cultura. Su fuerza destructiva no tiene parangón con nada desde los tiempos del nazismo, con el que se le ha comparado. De hecho, el surgimiento del nazismo (y de su coetáneo el comunismo soviético) se debió fundamentalmente a la debilidad de la civilización cristiana occidental, una debilidad que era fruto de su decadencia, muy acentuada ya a comienzos del siglo XX. Recordemos que el nazismo se ensañó especialmente con el pueblo judío, cuya tradición por cierto tanto tiene en común con el Cristianismo y el Islam, todos ellas salidas del patriarca Abraham.

Pero este atentado del Daesh, además de crear el terror, tiene como finalidad acabar con aquellas organizaciones que dentro del mundo musulman todavía conservan la esencia metafísica del Islam, como es el caso precisamente del sufismo. El Daesh busca acabar primero con el soporte humano que mantiene vivo el núcleo metafísico de la doctrina (ella misma indestructible por su naturaleza supra-humana y supracósmica), que es la que “vivifica” al exoterismo religioso (así fue al menos en otros tiempos más lejanos), para posteriormente destruir a este último imponiendo finalmente la parodia de su “Califato”, que es la negación misma de la civilización islámica, y en el fondo de la idea misma de civilización.

No nos engañemos, el Daesh y sus semejantes combaten contra toda la humanidad, como lo estamos comprobando en Europa, América, Asia, África y Oceanía. Su intención última es imponer a sangre y fuego esa parodia al mundo entero. Otra ilusión más, pero así actúan las energías del inframundo, cegadas a todo tipo de luz que venga de la Inteligencia.

Asimismo, la propia denominación de “yihaddismo” que se atribuyen estos terroristas es una perversión del lenguaje y del significado simbólico que tiene ese término en la propia tradición árabe. Yihad se refiere por un lado a la “pequeña guerra santa”, y por otro a la “Gran Guerra Santa”. Ni una ni otra practican estos falsarios.

Podría parecer que practicaran la primera, pero nunca el terror por el terror y la destrucción física y moral engendrada por el nihilismo asesino del Daesh pueden ser homologados a una guerra de conquista como las llevadas a cabo por el Islam en determinados momentos de su historia. Y desde luego nada tiene que ver este siniestro “yihaddismo” con la “Gran Guerra Santa”, que es el combate contra los propios “enemigos internos” que realiza el ser humano en vías de Conocimiento. Es la guerra interna del que practica verdaderamente la “doctrina de la Unidad” y la Identidad Metafísica. Como decía Petrarca refiriéndose a esto mismo: "La guerra en el alma, y en la boca la paz".

Alá es ante todo Clemente y Misericordioso, y la acción del Daesh es la negación absoluta de ese Nombre divino y de la misma Unidad metafísica de la que emana.
Francisco Ariza

https://franciscoariza.blogspot.com/

miércoles, 15 de noviembre de 2017

LA NATURALEZA EVOCADORA DEL SÍMBOLO


La naturaleza evocadora del símbolo, y del lenguaje simbólico, es una forma de la anamnesis platónica, o sea de la memoria o del «recuerdo de sí», aquella experiencia que, en el ámbito de la iniciación al Conocimiento, despierta en el hombre esa otra facultad que le hace partícipe de su condición universal: la intuición intelectual. Es esta facultad supraindividual a la que alude Platón constantemente en su obra, y es la que nos permite obtener un conocimiento que no proviene únicamente a través de las impresiones sensoriales, que es lo que enseña por otro lado Aristóteles, que en este caso, como en tantos otros, hace una lectura “exotérica” de las enseñanzas de su maestro Platón. Siguiendo a este último, Frances A. Yates en su obra El Arte de la Memoria (cap. II) afirma que ese conocimiento sutil está latente en nuestra memoria y está constituido por:

Las formas o moldes de las Ideas, de aquellas realidades que conocía el alma antes de su descenso a este mundo inferior. El conocimiento verdadero consiste en adecuar las improntas de las impresiones sensoriales al molde o impronta de aquella otra realidad superior, de la que las cosas inferiores de aquí son reflejos.
En el Fedón Platón desarrolla el tema de que todos los objetos sensibles pueden ser referidos a ciertos tipos de los que son semejanzas. No es en esta vida donde hemos visto o aprendido los tipos, sino que los vimos antes de que nuestra vida comenzase, y está en nuestras memorias su conocimiento innato. El ejemplo dado sugiere referir nuestras percepciones sensoriales de objetos iguales a la Idea de Igualdad, que es innata en nosotros. En objetos iguales, tales como trozos iguales de madera, percibimos la igualdad, porque la Idea de la Igualdad ha sido impresa en nuestras memorias, su sello permanece latente en la cera de nuestra alma.
El conocimiento verdadero consiste en adecuar las improntas que provienen de las impresiones sensoriales a la impronta básica o sello de la Forma o Idea con la que se corresponden los objetos de los sentidos. En el Fedro [...] vuelve a desarrollar el tema de que el conocimiento de la verdad y del alma consiste en recordar, en la recordación de las Ideas, vistas una vez por todas las almas, y de las que todas las cosas terrestres no son más que copias confusas. Todo conocimiento y todo saber es el intento de recordar las realidades, de recoger en unidad, por sus correspondencias con las realidades, las numerosas percepciones de los sentidos. 
[Se dice en el Fedro, 249 e-250 d]: 
“En las copias terrestres de la justicia y la templanza y de las otras ideas que tan preciosas son para las almas no hay luz alguna, sólo cierto fuego; acercándose las imágenes a través de los oscurecidos órganos del sentido, capta en ellas la naturaleza de lo que ellas imitan”.

viernes, 10 de noviembre de 2017

COMPRENDER Y RETENER LO COMPRENDIDO


Las siguientes palabras las hemos encontrado en los “Manifiestos” rosacruces (concretamente en la “Confessio”, escrita a comienzos del siglo XVII), que nos hablan de una “realidad otra” y sin embargo siempre presente como un estado propio de la conciencia. Una conciencia que es individual en lo humano, pero que puede hacerse universal una vez ha "comprendido", y sobre todo ha "retenido" lo que paradójicamente está "todavía y para siempre por descubrir":

“¿No sería delicioso poder vivir cada hora como si hubierais vivido la historia del mundo desde sus orígenes hasta nuestros días, y como si estuvierais destinados a seguir viviendo hasta su fin? ¿No sería maravilla habitar en un lugar tal que los pueblos que viven en las Indias, más allá del Ganges, no pudieran disimularos sus riquezas, ni los peruanos privaros de sus consejos? ¿No sería cosa deliciosa poder leer en un libro que os permita leer, comprender y retener el fruto nunca descubierto, todavía y para siempre por descubrir, de todos los libros que han existido y que están por venir y aparecer?”

Precisamente ese comprender y retener es también un "guardar", que es lo que le dice Beatriz (la Madonna Inteligencia) a Dante en el canto V del Paraíso, en el preciso momento en que ambos llegan al cielo de Mercurio, el dios hermeneuta y mensajero de las ideas más altas:

“Abre la mente a cuanto yo te digo / y guárdamelo bien; que no hace ciencia el entender, sino el guardar consigo”.

Una observación: Esta coincidencia entre Dante y los Manifiestos rosacruces no ha de extrañarnos, pues ambos son voces de una misma tradición iniciática y hermética, emanada, a su vez, de un solo y único Conocimiento metafísico, también llamado Centro del Mundo o Tradición primordial. La fuente de una perenne revelación. Francisco Ariza