MISCELÁNEA DE PENSAMIENTOS HERMÉTICOS. Francisco Ariza

sábado, 29 de diciembre de 2018

LA "PIEDRA CAÍDA DE LOS CIELOS"


Debido al interés que ha despertado en ciertas personas la nota anterior sobre la “piedra exiliada” de hace un par de días, queremos ampliar un poco más su simbolismo, que ya fue tratado por René Guénon en el capítulo 44 de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, titulado “Lapsit Exillis”. De hecho, estas líneas son el resultado de una meditación sobre algunas ideas expuestas por Guénon en dicho capítulo, y que están directamente relacionadas con la construcción como un modelo de la Cosmogonía y la realización interior, cuestión que está en la esencia misma de la Masonería como heredera del Arte Real practicado por los antiguos constructores, cuyo simbolismo puede transponerse perfectamente a los procesos de transmutación de la Alquimia, también llamada no por casualidad el “Arte Regia”.

Concretamente el tema de la lapsit exillis pertenece a un amplio simbolismo que tiene a la piedra (lapis) como protagonista principal, y podríamos incluso remontarnos a las leyendas y mitos existentes en determinadas tradiciones donde se habla de los “hombres nacidos de la piedra”, es decir que ésta tiene un valor genésico y fecundador, pues por lo general eran, y siguen siendo, piedras que por sus características “orgánicas” atraen los rayos y relámpagos, actuando así como intermediarias entre el cielo y la tierra. Estas características se potencian cuando, como es el caso que tratamos, las piedras son caídas o descendidas de los cielos, relacionándose así directamente con los misterios del “renacimiento” iniciático y alquímico.

A este respecto, el mismo Guénon nos recuerda que esas piedras descendidas de los cielos (y que por eso mismo están como exiliadas en la tierra, de ahí el nombre de lapsit exillis, que es una contracción fonética de lapis lapsus ex caelis, la ‘piedra caída de los cielos’) no son otras que los aerolitos y los betilos, los que de forma unánime han sido considerados como especialmente sagrados por todos los pueblos tradicionales. Estas piedras eran “mensajeras” de los dioses, es decir de los estados superiores, y por su intermedio era posible comunicarse con ellos y recibir su influencia. Tenían, pues, una función oracular, además de fecundante.

Así, la Tradición dice que la piedra sobre la que Jacob apoyó su cabeza para dormir era un betilo, de ahí que el patriarca le pusiera a ese lugar el nombre de Beit-el (Casa de Dios), que con el tiempo se convertiría en la ciudad de Belén, lugar de nacimiento de Cristo como todos sabemos. Se dice que durante su sueño Jacob vio una escalera cuya base se apoyaba precisamente en la piedra, y de la que descendían y ascendían ángeles, es decir los mensajeros de sus estados superiores. Esto nos hace recordar que en algunos cuadros de logia aparece una escalera (llamada precisamente la “escalera de Jacob”) que se apoya en el Altar o Ara, el cual también equivale a la piedra de Jacob.

De pronto nos damos cuenta que reflexionando sobre este artículo de Guénon se nos hace evidente la idea de una genealogía espiritual que desemboca en la tradición de los constructores, y que tiene como protagonista principal a esta piedra descendida de los cielos.

Guénon, partiendo de ese origen celeste, nos habla de que dicha piedra no es otra que la esmeralda que se desprende de la frente de Lucifer (el “Ángel de la luz”) tras su caída; y que esa esmeralda pasa a ser posteriormente la Copa del Grial, en la que se vierte la sangre y el agua que brota del corazón de Cristo; que ésa es la copa que después José de Arimatea (discípulo “secreto” de Cristo junto a Nicodemo) lleva de Oriente a Occidente, concretamente a Gran Bretaña; que allí existía desde tiempos pretéritos una de esas piedras celestes que recibía el nombre de Lia Fail, la “piedra del destino”, que era una “piedra parlante”, y por tanto oracular, y que fue la piedra de consagración de los antiguos reyes de Irlanda y después de los de Inglaterra; que esa misma piedra se identificó con la de Beit-el, la cual, según la tradición hebrea, es también la que siguió a los israelitas durante su travesía del desierto, y de donde manaba el agua que bebían, y que ese agua está en relación con el alimento provisto por el Grial considerado como “vaso de abundancia”; que, en fin, esa piedra pasaría a ser más tarde la piedra Setiyah, o “fundamental”, colocada en el Templo de Jerusalén debajo mismo del Arca de la Alianza. A nuestro entender creemos que aquí está la conexión con la tradición de constructores y por tanto con la Masonería, pues como sabemos los orígenes de ésta (o uno de ellos ya que existe un origen antediluviano de la misma, es decir 'noaquita') se remontan a los constructores del Templo de Salomón.

De esta manera, comprobamos que el ara o altar masónico (o su análogo del templo cristiano), sobre el que se apoya la escalera de Jacob, no es otro que la misma piedra Setiyah, apareciendo entonces dicha escalera como lo que es: un símbolo del eje del mundo que comunica la tierra con el cielo, y el cielo con la tierra, o ciñéndonos al simbolismo de la lapsit exillis: que comunica a la piedra fundamental y central con su origen verdadero: la piedra angular o clave de bóveda del templo, del cosmos y del hombre, la cual constituye la verdadera Piedra Filosofal alquímica, o la “piedra cúbica en punta”, símbolo del Conocimiento y de la Realidad metafísica con la que este se identifica. Francisco Ariza

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jueves, 27 de diciembre de 2018

LA "PIEDRA EXILIADA"


Ciertamente la piedra angular es lo “excepcional” de la obra arquitectónica, cósmica y humana. Ella es una Idea que si la intuimos es también por el vacío que deja su ausencia en el alma, o mejor su olvido, lo cual no es de extrañar pues cada día bebemos un trago de agua del río del Leteo, como un veneno que nos va matando lentamente, pues como todos sabemos el olvido de la esencia es una especie de muerte. Es un desarraigo de la patria celeste, y tal vez por esto una de las denominaciones que se ha dado a la piedra angular sea la de lapis exillis, la “piedra exiliada”, caída del cielo. En realidad es lo que más anhelamos conocer, pues en ella reside la verdadera identidad de lo humano, que paradójicamente es de naturaleza suprahumana.

“Jesús le dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”. (Juan 14-6).

Es el esoterismo, es decir el Espíritu contenido en la letra, el que revivifica permanentemente el exoterismo. La Piedra Angular, el Polo, la Tradición Primordial… son expresiones que de hecho sirven para simbolizar también al Maestro Jesús, y su Enseñanza, que desde luego tiene una lectura metafísica incuestionable, presente en todos los Evangelios. De lo contrario no se entenderían los numerosos hombres y mujeres de Iglesia, y católicos de base, que han sido verdaderos esoteristas y hermetistas, todos los cuales han recreado para su tiempo el Evangelio Eterno. El mismo Jesús dejó dicho a Pedro (el exoterismo) que Juan (el esoterismo, la Iglesia interior) permanecería hasta su segunda venida:

“Viéndole Pedro dice a Jesús: ‘Señor, y éste, ¿qué?’ Jesús le respondió: ‘Si quiero que se quede hasta que yo vuelva, ¿qué te importa? Tú, sígueme” (Juan 21, 20-23).

“Nosotros somos la Iglesia” (Federico González: En el Vientre de la Ballena). Francisco Ariza

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jueves, 29 de noviembre de 2018

EN LOS ORÍGENES DE NUESTRA CULTURA...


En los orígenes de nuestra cultura intervinieron por igual lo apolíneo y lo dionisíaco. Ambos evocan la potencia demiúrgica del Sol, que se expresa bajo un fuego que es luz y pasión, contemplación extática de la Belleza y exaltación de la vida como hierofanía o manifestación de lo sagrado. Son dioses olímpicos, vencedores de los titanes y moradores del “éter inasequible”, también llamado Mundo Arquetípico. La naturaleza del Ser son sus nombres y atributos, todos ellos signados con el “esplendor de la Verdad”.

En los orígenes de nuestra cultura el Mito arcaico, anterior a la historia y por tanto siempre actual, se recreó a través de la palabra alumbrada bajo una Cosmogonía que fue interpretada por Pitágoras mediante el Número, del que derivaría la Filosofía -el amor a la Sabiduría-, desarrollada plenamente por Platón. Como su nombre indica Pitágoras es “hijo de la Pitia”, la intérprete oracular de la serpiente telúrica y primordial; pero también es hijo de Apolo, como atestiguaron sus discípulos pues para ellos era la viva encarnación del Dios Geómetra. Los efluvios de la Tierra y del Cielo se conjugaron en un alma capaz de reconocer toda la herencia de una Tradición sapiencial en la que el Mito constituía su nutriente secreta.

Por razones cíclicas, en el tiempo de Pitágoras los dioses, las ideas-fuerza de la Inteligencia y la Vida Universal, se describieron de otra manera, más acorde con un cambio producido en la mentalidad de los hombres y mujeres de aquella época, un cambio que sabemos se produjo prácticamente a escala planetaria. El discurso del mundo se tejió de acuerdo al modelo numérico por excelencia: la Década, que es la Tetraktys o sagrado Cuaternario, análoga al Árbol Sefirótico de la Cábala, donde también son diez sus Números, o sus Nombres, a los que se agregaron las 22 letras del alfabeto sagrado para conformar los “32 senderos de la Sabiduría”.

En la Tetraktys, “fuente y raíz de la Eterna Naturaleza”, se capturó la esencia de la Armonía Cósmica, por cuyo intermedio el alma humana reconoce su identidad con el Alma del Mundo, con la “sonoridad” del plano sutil más alto, experimentando en íntimas nupcias la unión con el Espíritu, con su Ser. Si bien el intermediario simbólico tomó otra forma de expresión, la experiencia catártica e “iluminadora” simultáneamente dionisíaca y apolínea que ese proceso genera en la conciencia cuando se vive directamente, continuaba estando plenamente intacta pues ambas son inseparables. En lograr su equilibrio consiste gran parte del viaje del Conocimiento.

En los orígenes de nuestra cultura no se perdieron los vínculos con los mitos fundadores, sino que estos se fueron recreando continuamente a través de las distintas artes y ciencias de la Cosmogonía, entre ellas el teatro (originado en los ritos dionisíacos), cuya armazón era asimismo numérica. El mundo como un gran escenario teatral. Dante, siglos más tarde, recogió esa idea y la actualizó en su Divina Comedia, articulada en base a las armonías internas del número en correspondencia con la Escala Filosófica que recorre verticalmente todos los planos y niveles del Cosmos, desde la Unidad hasta su último reflejo en el interior de la Tierra, y viceversa, que es la dirección que toma el ser humano que retorna al Origen. También el pensamiento se formuló a través de la escritura como fuente de transmisión del Verbo, del Logos, pues uno de los dioses olímpicos no es otro que Hermes, el “intérprete y mensajero divino”.

Hermes donó la lira heptacorde a Apolo (y con ella las claves de la armonía de las esferas), y a Dionisos hizo compañero suyo inseparable, ligando así las dos vías e integrándolas en una Tradición de antiguo linaje, conocida como Hermetismo a partir de un momento dado perfectamente verificable. Y hasta hoy, pese a todo. Francisco Ariza

sábado, 10 de noviembre de 2018

EL "YOD EN EL CORAZÓN"


Federico González ha dado testimonio de la Sabiduría, y de su “cuerpo de luz” que es la Inteligencia, o sea de la “lucidez” como un estado permanente de la conciencia. Nada que ver con la “alucinación”, que es una forma de la ceguera, o del espejismo: creer que estás viendo algo que en realidad no existe, ni tan siquiera en la imaginación, que tiene una categoría y además es una función de la mente como saben todos los que se dedican a la Simbólica. No, alucinación como sinónimo de “fantasmada”, de “ostentar” algo que en realidad no se tiene.

La elección de cualquier vía de Conocimiento, ya sea la hermética o cualquier otra tradición sapiencial, te lleva ineludiblemente a un “compromiso” contigo mismo, ¿con quién sino? Esto no significa ninguna obligación. Uno es lo que conoce, y si la gracia del Señor te ha otorgado esa extraordinaria “oportunidad de ser”, de poder llamar a la “puerta de la Sabiduría”, te lo has de tomar en serio. ¿Donde se “inicia” uno en el Conocimiento sino es, en primer lugar, en su propio corazón?

Todo lo que tu eres, es decir todo tu ser, el Ser, ya está ahí, en el corazón, solo que en forma de semilla, de germen, que no por casualidad es la forma que tiene la letra hebrea yod, o iod, de ahí la expresión tradicional “el yod en el corazón” para referirse precisamente a esa realidad que tu eres, y que no puedes obviar o ir aplazando indefinidamente su “realización” una vez has descorrido el velo de las ilusiones, o de las alucinaciones. Francisco Ariza

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viernes, 9 de noviembre de 2018

FEDERICO GONZÁLEZ FRÍAS EN EL CORAZÓN. EN EL CUARTO ANIVERSARIO DE SU PASO AL ORIENTE ETERNO


El legado intelectual-espiritual de Federico González Frías es como un viento que “sopla donde quiere y tu oyes su voz, pero tú no sabes de dónde viene y a dónde va; tal es todo aquel que nace del espíritu” (Juan 3: 8). Ese viento trae las semillas de luz de las ideas universales, que irrumpen en la mediocridad de tu vida iluminando el espacio de la conciencia.

Se siembra al “voleo”, como siempre ha sido, es y será en una Tradición que, como la Hermética, está a la “intemperie”, y no metida en un claustro, entre otras cosas porque nada tiene que ocultar. Más bien tiene que “mostrar” y “descubrir”, que no por ello perderá su condición de “hermética”. Como la diosa Isis, que no por descorrer el velo que oculta su rostro deja de ser la diosa de la Sabiduría.

El Misterio es por sí mismo y no necesita de valedores o padrinos. Sí una Tradición que lo vehicule, y que se haga presente en el ágora, como hicieron Sócrates, Platón, Dante y todos nuestros padres fundadores, entre ellos Federico González Frías, a quien hemos podido ver con nuestros ojos, palpar con nuestras manos, y oír con nuestros oídos su verbo de vida.

Devolver lo que se ha recibido y no enterrar en tierra baldía nuestros talentos, otorgados por el Señor de la viña para que los hagamos fructificar, sabiendo que en su Construcción hay lugar para todos. Nadie sobra en ella. Francisco Ariza

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lunes, 5 de noviembre de 2018

EL CEMENTERIO DE LOS DINOSAURIOS


Hace muchos años, una vez soñé que en la montaña del Tibidabo, concretamente en Vallvidrera (Barcelona) a donde iba con frecuencia pues allí tenía buenos amigos, había numerosos restos de dinosaurios, algo así como un cementerio de esos animales prodigiosos, con sus huesos y sus huellas enormes dejadas en la superficie de las rocas. Dentro del sueño me transporté a millones de años atrás. Lo he recordado ahora escuchando una canción que hablaba de los dinosaurios, y también de “egocentrismo”. La letra decía algo así: “¿quién soy yo cuando estoy fuera de mi?, ¿de dónde vengo y adónde voy?”

¿Qué significó aquel sueño? ¿Por qué soñé con un cementerio de dinosaurios? ¿Fue premonitorio como tantos sueños? Pienso en lo que dice René Guénon acerca de los “residuos psíquicos” dejados por una civilización tradicional, o una organización iniciática, cuando las abandona el espíritu vivificador. Pero no es exactamente eso, pues el espíritu continúa vivo, ya que no muere nunca, aunque es verdad que él “sopla donde quiere” y cuando quiere y a quien quiere. Entonces, ¿qué querían decir esos huesos y esas huellas? Recompongo la imagen, y concluyo que los primeros expresan la percepción del tiempo indefinido e inagotable, y las huellas son las del propio Ser Universal, dejadas ahí para que la humanidad no se olvide de su presencia inmanente y siga su rastro a través de la perennidad temporal.

Pero también cabría otra lectura o interpretación del sueño, sin que sea contradictoria con la anterior. Sería esta: con ese espíritu vivificador, que bien sabes que no te ha abandonado, lo mejor que puedes hacer es alejarte de un mundo que ha acabado finalmente por petrificarse, un mundo completamente profano y residual dentro de esta Divina Comedia creada por el Gran Prestidigitador. Aléjate de ese mundo -más bien inmundo-, y no mires hacia atrás como la mujer de Lot, no vaya a ser que acabes como ella, o te pierdas en el abismo del Sheol, entre los muertos. Como dice el Evangelio que ellos se entierren entre sí.

Obra como los héroes de la mitología. Como Jasón por ejemplo, que se hizo acompañar por Atenea, la cual, además de infundirle inteligencia y valor, le aconsejó sabiamente en la construcción de la nave Argo, la que le llevaría a la mítica Cólquida, en el Oriente del mundo. Hazte acompañar tú también por Atenea, o por cualquier otro dios, como Hermes, y que te ayude a construir tu propia nave, tu vehículo interno.

Una vez en el proceloso mar sortea los numerosos peligros que te acecharán, todos ellos formas de las densidades psíquicas. Especialmente pon atención a las “rocas entrechocantes” que es el último obstáculo que se interpone en el acceso a esa tierra virgen, a ese “otro mundo” más real que ningún otro conocido. Sortéalas con cuidado y sobre todo con mucha paciencia. Una vez salvados todos los obstáculos, apodérate sin vacilar del “Vellocino de Oro” que cuelga de árbol-eje, sacrificando al noble Dragón que lo protege. ¿Quién te impide vivir esa aventura arquetípica sino los fantasmas de la mente? Despertarás del sueño al descubrir que nunca te fuiste de ti mismo pues el Ser todo lo contiene y no hay nada que esté “fuera” de Él. Y los dinosaurios que sigan en su cementerio. ¡Ciao! Francisco Ariza

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miércoles, 3 de octubre de 2018

LA DANZA DE LAS MUSAS


La danza de las Musas es la fuente del ritmo universal, de la armonía del mundo. Es un templo vivo. Ellas nos hacen un presente y acuden a nosotros cuando encuentran que nuestros ritmos, es decir nuestros gestos internos, se acompasan con el ritmo universal. En realidad nunca se han ido ¿adónde van a ir? Nacen con nosotros y permanecen siempre, como una posibilidad que en cualquier momento se puede actualizar. Cuando a causa de nuestros despistes el movimiento armónico y la circulación libre de esos ritmos, y de esa danza, se interrumpen, entonces nos salimos fuera del círculo mágico, donde solo hay ruido, "llanto y rechinar de dientes". Francisco Ariza

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sábado, 18 de agosto de 2018

EL ARTE COMO UNA "POÉTICA REDENTORA"


Cuando uno lee, por ejemplo, que el “Arte es una ‘actividad redentora’ y una ‘poética’ comprometida con el conocer del hombre” (cap. III de El Simbolismo de la Rueda, de Federico González) enseguida advierte que ha tenido una “revelación”, una “sacudida” en el grado o intensidad que esto sea, pero sin duda algo dentro de nosotros se ha liberado de una imposición cultural programada, y nos ha situado “en el camino” y en el “punto” exacto de salida para comenzar la aventura del verdadero “autoconocimiento”.

Tu compromiso es inmediato con la Tradición, la Hermética en este caso, que es la que te ha “inspirado” su Verbo –su Intelecto- y un eco de él ha resonado en tu memoria, pero esa memoria de la que hasta entonces apenas si conocías su existencia y que también se ha “revelado”, simultáneamente, ante tu asombro. Llegas a la conclusión de que esto no puede ser un “juego estético” más, y que definitivamente nada tiene que ver con un deseo permanentemente insatisfecho, o con la búsqueda de una “felicidad” inexistente en este mundo, que por algo ha sido llamado un “valle de lágrimas”. Esto es otra cosa.

El Arte de que se habla no es exclusivo de nadie: lo tiene todo ser humano, solo que la gran mayoría no lo sabe. Es una “poética” como dice Federico, y por lo tanto algo intangible, y si una imagen sirve para describirlo sería la de un “soplo”, un “espíritu”, que no viene de ninguna parte pero que sostiene todo lo existente. ¿Cómo definir el arte de vivir, la vida como un arte si no es que te tomas como el sujeto y el objeto de tu propio Conocimiento, que es lo único que te redime del valle de sombras tenebrosas?

Entregarse a esa poética es “descubrir” nuestros “talentos” como dice la parábola evangélica, o sea “sacarlos a la luz” para conocerlos al mismo tiempo que los hacemos “fructificar”, y que jamás hay que “esconder” pues sería como enterrarnos en vida.

Esos talentos son las “cualidades” que han nacido con nosotros, nuestro nâma o “nombre” en términos hindúes, lo que constituye la “esencia” de nuestra individualidad. El estado embrionario o de letargo en que se encuentra el alma en un mundo profanado como el nuestro impide que esas “cualidades” inherentes a su esencia puedan crecer y desarrollarse, y poder ingresar así en un mundo realmente “nuevo”, que es el de todos los días paradójicamente pero bañado con otra “luz” más diáfana y diamantina.

Ser conscientes de esa realidad es lo que a veces se llama, con cierta solemnidad, el “despertar iniciático”. Hay muchos “despertares” a lo largo de este camino hasta que “despiertas” de una vez por todas del “gran sueño”. Pero ese primer despertar es fundamental, análogo a las “piedras de fundación” de la simbólica arquitectónica. Francisco Ariza

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martes, 7 de agosto de 2018

¿SE MARCHITÓ LA MAGIA DEL RITO?


Hemos pasado de lo épico a lo cómico. ¿Es porque la magia del rito, y del mito, se marchitó y en su lugar ha aparecido un mundo de supuestos, en donde cada cual es, junto con su orgullo, dueño del terruño conquistado? ¿Para esto tanto esfuerzo? ¿Acaso el “hilo de oro” se ha convertido en un cable de acero que nos aprisiona, en vez de liberarnos?

Ninguna idea se transmite si primero no se hace viva en ti, si no te “vuelve” a vivificar. De lo contrario te paraliza, y lo que era, y es, una “puerta del cielo”, posiblemente pase a convertirse en una “puerta del infierno”, pues el símbolo, como la letra, que no vivifica mata. Si esto ocurre en la geografía, en donde hay lugares que son auténticas “puertas del cielo” y otros “puertas del infierno”, ¿acaso no va a ocurrir en nosotros, que estamos hechos a imagen y semejanza de todo lo Creado?

Cuando el símbolo y la Idea que vehicula ya no actúan ni son operativos es porque tu mente no “recicla” las imágenes que recibe, y al no hacerlo esas imágenes no pueden revelar la potencia “iluminadora” de que son portadoras. La mente se ha anquilosado y en consecuencia confunde la imagen simbólica con lo simbolizado, el reflejo con su fuente original. Ha “olvidado”, por así decir, la capacidad de tejer relaciones y restablecer el sentido de las analogías y las correspondencias entre el mundo visible y el invisible, que es su manera de comprender, o “comprehender”, a ambos. Esta es la "Magia Natural".

Por eso mismo, la verdadera “revolución de la mente” nunca se podrá realizar en un movimiento horizontal –de donde no saldría jamás- sino en un movimiento vertical, de arriba abajo y de abajo a arriba, como hace la rueca de la tejedora celeste, gracias a cuyo movimiento y reiteración –de rito- los “hilos superiores” se entrelazan con los “hilos inferiores”, conformando finalmente el tejido entero, que es el propio Cosmos, el cual se ha ido comprendiendo con la inteligencia, pero vivido siempre como un Misterio. La fe es en realidad lo único que tenemos. Francisco Ariza

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miércoles, 25 de julio de 2018

EL MITO Y EL SÍMBOLO DE SANTIAGO APÓSTOL


Quisiéramos añadir las siguientes reflexiones acerca del Apóstol Santiago en tanto que mito fundador de la España medieval, forjada durante la Reconquista. Como otros grandes episodios de la Historia (Grecia contra Persia, Roma contra Cartago, etc.), la Reconquista se inscribe dentro de la lucha por la hegemonía de dos civilizaciones, en este caso la cristiana y la musulmana, pero que tuvo además otras connotaciones debido al largo período de permanencia en la península de la civilización islámica.

Existió evidentemente la España musulmana, con sus características propias, y que durante varios siglos fue hegemónica cultural y militarmente con respecto a la España cristiana, al menos hasta comienzos del siglo XIII con la famosa batalla de las Navas de Tolosa (Jaén), ganada por los ejércitos venidos de los distintos reinos cristianos de la península al mando de Alfonso VIII, y que supuso un punto de inflexión en el desarrollo de la Reconquista. A pesar de todo, hubo periodos de relativa estabilidad, e incluso de fructífera y mutua influencia cultural (los mozárabes cristianos son un ejemplo entre muchos otros), y relaciones de todo tipo entre las distintas poblaciones (incluida la judía), y por supuesto entre los reyes cristianos y musulmanes. En los casi ocho siglos que duró la presencia de la civilización árabe en España ocurrió de todo, pero siempre existió una cuestión pendiente en la España cristiana: la recuperación del solar arrebatado.

La Reconquista llevada a cabo por la España cristiana surgió de un impulso nacido de necesidades anímicas y espirituales que tenían en el Apóstol Santiago (y en San Millán) el origen de su fe y de su esperanza en la victoria final sobre el Islam. Frente al poder militar y la fortaleza mostrada por este último, los habitantes de la España cristiana reaccionaron acudiendo a la leyenda de uno de los apóstoles de Cristo, Santiago el Mayor, “hijo del trueno” como lo es también Juan Evangelista, y ambos “hermanos” del Señor, pero no de la carne sino del Espíritu.

Américo Castro en La Realidad Histórica de España señala que la figura de Santiago montado en su caballo blanco es la síntesis de los dos Santiago que aparecen en los Evangelios, el Mayor y el Menor; ambos evocan también las figuras de los Dioscuros (Cástor y Pólux), que igualmente aparecen montados a caballo, y “descienden” del cielo al igual que Santiago en su caballo blanco en el momento de la legendaria batalla de Clavijo (año 884), lo que supuso una victoria significativa sobre el ejército musulmán, dando lugar al mito de Santiago Matamoros, un mito vertebrador de la España cristiana, que a partir de entonces ve posible la reconquista. Precisamente los Dioscuros son las divinidades tutelares de la caballería, y en cierto modo también lo es Santiago Apóstol con respecto a la caballería cristiana de España, como lo certifica que surgiera una Orden militar con su nombre: la Orden de Santiago.

Los Dioscuros son hijos de Júpiter, y en esto también habría una semejanza con Santiago el Mayor, que con Juan Evangelista es el “hijo del trueno” (ligado al rayo o relámpago, “armas” de Júpiter), como hemos señalado anteriormente. También hicimos mención a San Millán, otro santo guerrero, considerado durante mucho tiempo el patrón de Castilla, y que contribuyó junto a Santiago en el proceso de afirmación de la identidad cristiana de España (inseparable de su constitución como nación) frente al poder musulmán. Pues bien, existió un paralelismo entre ambos patrones y los Dioscuros, como evoca este poema de Gonzalo de Berceo en su Vida de San Millán, escrito en el siglo XIII:

“vieron dues personas fermosas y lucientes / mucho eran más blancas que las nieves recientes / Viníen en dos cavallos plus blancos que cristal …/ avíen caras angélicas, celestial figura, descendíen por el aer [aire] a una grant pressura, catando a los moros con torva catadura, espada sobre mano, un signo de pavura [pavor]”.

En este poema, y en muchas leyendas en torno a Santiago, hay que hacer una transposición simbólica a otro orden de realidad no sólo circunscrito a la guerra externa, sino a la que se libra contra los “enemigos internos”, que es la más importante desde nuestro punto de vista. En este sentido es imprescindible la “ayuda” de las entidades espirituales, es decir el despertar de la conciencia a los estados superiores del ser, que en este contexto están representados o simbolizados por los Dioscuros, San Millán y Santiago Apóstol. También por San Jorge y San Miguel. Todos ellos patrones terrestres y celestes de la caballería hermético-cristiana.

Recordemos, en fin, que el “trueno”, anunciado por el rayo, es la propia Palabra que ilumina el intelecto humano, lo fecunda y lo vivifica. Acerca de San Millán quisiéramos añadir que la relación que mantiene con Santiago Apóstol se extiende también a esa función taumatúrgica característica del patrón de España, y que igualmente está presente en San Juan Evangelista. Además, la espada flamígera que blande San Millán tanto en la batalla de Simancas como en la de Hacinas, alude también al “fuego del Espíritu” y por supuesto al “rayo”, es decir al símbolo que expresa la emanación de una influencia espiritual, que es al mismo tiempo una “protección” del espacio sagrado (espacio sacralizado que era también la tierra de España para aquellos guerreros cristianos), lo cual evoca desde luego al querubín guardián que con su espada flamígera protege la entrada al Paraíso.

Santiago predicó en España, y tras su muerte sacrificial en Palestina fue trasladado en barca (o arca) nuevamente al país del Occidente, o del extremo Occidente para aquella época, siendo enterrado finalmente en Galicia, en el finis terrae, en el “fin del mundo conocido”, como una semilla plantada en tierra sagrada destinada un día a dar sus frutos, que serían perceptibles en el desarrollo posterior de la Historia de España, incluida la “conquista” de América, considerada como la apertura a “un nuevo mundo”, que por analogía se correspondería con otros planos más sutiles e intangibles de la realidad. Pero el mito de Santiago, y las posibilidades que éste contenía, permaneció latente durante siglos y no se habría despertado con la fuerza con que lo hizo si los árabes no hubieran invadido la península. A una acción sigue irremediablemente una reacción según la ley universal de las “acciones y reacciones concordantes”, que repercuten tanto en la Historia como en el ser humano.

Esto nos hace recordar lo que dice Arnold Toynbee en su Estudio de la Historia acerca de los “golpes subitáneos”, o repentinos, que reciben los pueblos por parte de sus invasores, y que pueden ser un verdadero acicate para reaccionar frente a esa invasión, despertando en ellos energías que permanecían dormidas, y que generalmente son aquellas que, al despertar, rompen con esquemas mentales solidificados para dar cauce a otras potencialidades de su ser colectivo, e individual, pues en estos casos lo colectivo y lo individual actúan al unísono, como un solo organismo. Hubo, en consecuencia, una verdadera “revolución de las conciencias” que durante varios siglos giró en torno al apóstol Santiago, cuyas historias ejemplares sirvieron para ir galvanizando espiritual y culturalmente una sociedad, la España cristiana, que había sido vencida y fragmentada por la invasión árabe del 711.

Por otro lado, el hecho de ser Santiago el “hermano” de Cristo lo dotaba de una autoridad espiritual superior a otros apóstoles, como Pedro, el fundador de la Iglesia de Roma. El Camino de Santiago fue, en este sentido, un eje que iría ordenando poco a poco la vida de aquellos reinos del norte peninsular que habían sido liberados de la presencia islámica. Era el camino que unía España con Europa, y viceversa, y más concretamente con Santiago de Compostela, el “campo de estrellas”, que devino, junto con Jerusalén y Roma, el centro sagrado de la Cristiandad.

En este sentido, no hay que olvidar que el mito de Santiago (y el camino al que da nombre) está íntimamente relacionado con la luz que viene de Oriente y se dirige a Occidente, siguiendo así el ejemplo de otros muchos héroes de la antigüedad, como el griego Heracles-Hércules sin ir más lejos, uno de los fundadores míticos de Hispania. Nos interesa destacar este aspecto civilizador del discípulo de Cristo, es decir el carácter fundacional de su misión para una época determinada de la Historia de España, y también de la Europa cristiana, construida espiritualmente de Oriente a Occidente siguiendo el eje Jerusalén-Roma-Santiago de Compostela.

Este último es un lugar de peregrinaje no sólo religioso, sino también iniciático y alquímico, hasta tal punto que el propio apóstol Santiago llegaría a ser el patrón de los alquimistas, además de todos aquellos oficios ligados con la iniciación a los misterios de la Cosmogonía. Santiago es entonces, y al igual que Juan Evangelista, el representante de la “Iglesia Secreta”, o “Iglesia Interior”, denominación dada al esoterismo cristiano, donde reside el aspecto más profundo y metafísico de esta tradición. Pedro, en cambio, representa la “Iglesia exterior”, la puramente religiosa y dogmática.

Así pues, en su sentido más profundo y elevado, supra-histórico podríamos decir, el Camino de Santiago (reflejo de la Vía Láctea) es un símbolo de las etapas de la realización interior. Es por ello que Compostela es también el “compost” alquímico, es decir el “abono” de la putrefacción de donde surgirán las energías y potencias que regenerarán al ser en su proceso de Conocimiento. El simbolismo alquímico es aquí transparente: el finis terrae, el lugar donde se oculta y “muere” el sol, es el comienzo de otro viaje, esta vez no ya horizontal sino vertical, pues se ha llegado a un “lugar” (a un centro donde mora el Espíritu del Dios Vivo) en el proceso del viaje interior donde todo lo realmente nuevo está por encima de las expectativas que puedan generar lo humano, que no queda abolido ni disuelto en una especie de “ensoñación cósmica” como cree y postula la falsa espiritualidad de hoy en día, sino “transmutado” o “sublimado” en sus posibilidades más universales.

De la patria terrestre a la patria celeste. Siguiendo las pautas de una Historia y Geografía sagradas, y por tanto simbólicas, míticas y significativas. Francisco Ariza

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