MISCELÁNEA DE PENSAMIENTOS HERMÉTICOS. Francisco Ariza

viernes, 9 de noviembre de 2018

FEDERICO GONZÁLEZ FRÍAS EN EL CORAZÓN. EN EL CUARTO ANIVERSARIO DE SU PASO AL ORIENTE ETERNO


El legado intelectual-espiritual de Federico González Frías es como un viento que “sopla donde quiere y tu oyes su voz, pero tú no sabes de dónde viene y a dónde va; tal es todo aquel que nace del espíritu” (Juan 3: 8). Ese viento trae las semillas de luz de las ideas universales, que irrumpen en la mediocridad de tu vida iluminando el espacio de la conciencia.

Se siembra al “voleo”, como siempre ha sido, es y será en una Tradición que, como la Hermética, está a la “intemperie”, y no metida en un claustro, entre otras cosas porque nada tiene que ocultar. Más bien tiene que “mostrar” y “descubrir”, que no por ello perderá su condición de “hermética”. Como la diosa Isis, que no por descorrer el velo que oculta su rostro deja de ser la diosa de la Sabiduría.

El Misterio es por sí mismo y no necesita de valedores o padrinos. Sí una Tradición que lo vehicule, y que se haga presente en el ágora, como hicieron Sócrates, Platón, Dante y todos nuestros padres fundadores, entre ellos Federico González Frías, a quien hemos podido ver con nuestros ojos, palpar con nuestras manos, y oír con nuestros oídos su verbo de vida.

Devolver lo que se ha recibido y no enterrar en tierra baldía nuestros talentos, otorgados por el Señor de la viña para que los hagamos fructificar, sabiendo que en su Construcción hay lugar para todos. Nadie sobra en ella. Francisco Ariza

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lunes, 5 de noviembre de 2018

EL CEMENTERIO DE LOS DINOSAURIOS


Hace muchos años, una vez soñé que en la montaña del Tibidabo, concretamente en Vallvidrera (Barcelona) a donde iba con frecuencia pues allí tenía buenos amigos, había numerosos restos de dinosaurios, algo así como un cementerio de esos animales prodigiosos, con sus huesos y sus huellas enormes dejadas en la superficie de las rocas. Dentro del sueño me transporté a millones de años atrás. Lo he recordado ahora escuchando una canción que hablaba de los dinosaurios, y también de “egocentrismo”. La letra decía algo así: “¿quién soy yo cuando estoy fuera de mi?, ¿de dónde vengo y adónde voy?”

¿Qué significó aquel sueño? ¿Por qué soñé con un cementerio de dinosaurios? ¿Fue premonitorio como tantos sueños? Pienso en lo que dice René Guénon acerca de los “residuos psíquicos” dejados por una civilización tradicional, o una organización iniciática, cuando las abandona el espíritu vivificador. Pero no es exactamente eso, pues el espíritu continúa vivo, ya que no muere nunca, aunque es verdad que él “sopla donde quiere” y cuando quiere y a quien quiere. Entonces, ¿qué querían decir esos huesos y esas huellas? Recompongo la imagen, y concluyo que los primeros expresan la percepción del tiempo indefinido e inagotable, y las huellas son las del propio Ser Universal, dejadas ahí para que la humanidad no se olvide de su presencia inmanente y siga su rastro a través de la perennidad temporal.

Pero también cabría otra lectura o interpretación del sueño, sin que sea contradictoria con la anterior. Sería esta: con ese espíritu vivificador, que bien sabes que no te ha abandonado, lo mejor que puedes hacer es alejarte de un mundo que ha acabado finalmente por petrificarse, un mundo completamente profano y residual dentro de esta Divina Comedia creada por el Gran Prestidigitador. Aléjate de ese mundo -más bien inmundo-, y no mires hacia atrás como la mujer de Lot, no vaya a ser que acabes como ella, o te pierdas en el abismo del Sheol, entre los muertos. Como dice el Evangelio que ellos se entierren entre sí.

Obra como los héroes de la mitología. Como Jasón por ejemplo, que se hizo acompañar por Atenea, la cual, además de infundirle inteligencia y valor, le aconsejó sabiamente en la construcción de la nave Argo, la que le llevaría a la mítica Cólquida, en el Oriente del mundo. Hazte acompañar tú también por Atenea, o por cualquier otro dios, como Hermes, y que te ayude a construir tu propia nave, tu vehículo interno.

Una vez en el proceloso mar sortea los numerosos peligros que te acecharán, todos ellos formas de las densidades psíquicas. Especialmente pon atención a las “rocas entrechocantes” que es el último obstáculo que se interpone en el acceso a esa tierra virgen, a ese “otro mundo” más real que ningún otro conocido. Sortéalas con cuidado y sobre todo con mucha paciencia. Una vez salvados todos los obstáculos, apodérate sin vacilar del “Vellocino de Oro” que cuelga de árbol-eje, sacrificando al noble Dragón que lo protege. ¿Quién te impide vivir esa aventura arquetípica sino los fantasmas de la mente? Despertarás del sueño al descubrir que nunca te fuiste de ti mismo pues el Ser todo lo contiene y no hay nada que esté “fuera” de Él. Y los dinosaurios que sigan en su cementerio. ¡Ciao! Francisco Ariza

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miércoles, 3 de octubre de 2018

LA DANZA DE LAS MUSAS


La danza de las Musas es la fuente del ritmo universal, de la armonía del mundo. Es un templo vivo. Ellas nos hacen un presente y acuden a nosotros cuando encuentran que nuestros ritmos, es decir nuestros gestos internos, se acompasan con el ritmo universal. En realidad nunca se han ido ¿adónde van a ir? Nacen con nosotros y permanecen siempre, como una posibilidad que en cualquier momento se puede actualizar. Cuando a causa de nuestros despistes el movimiento armónico y la circulación libre de esos ritmos, y de esa danza, se interrumpen, entonces nos salimos fuera del círculo mágico, donde solo hay ruido, "llanto y rechinar de dientes". Francisco Ariza

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sábado, 18 de agosto de 2018

EL ARTE COMO UNA "POÉTICA REDENTORA"


Cuando uno lee, por ejemplo, que el “Arte es una ‘actividad redentora’ y una ‘poética’ comprometida con el conocer del hombre” (cap. III de El Simbolismo de la Rueda, de Federico González) enseguida advierte que ha tenido una “revelación”, una “sacudida” en el grado o intensidad que esto sea, pero sin duda algo dentro de nosotros se ha liberado de una imposición cultural programada, y nos ha situado “en el camino” y en el “punto” exacto de salida para comenzar la aventura del verdadero “autoconocimiento”.

Tu compromiso es inmediato con la Tradición, la Hermética en este caso, que es la que te ha “inspirado” su Verbo –su Intelecto- y un eco de él ha resonado en tu memoria, pero esa memoria de la que hasta entonces apenas si conocías su existencia y que también se ha “revelado”, simultáneamente, ante tu asombro. Llegas a la conclusión de que esto no puede ser un “juego estético” más, y que definitivamente nada tiene que ver con un deseo permanentemente insatisfecho, o con la búsqueda de una “felicidad” inexistente en este mundo, que por algo ha sido llamado un “valle de lágrimas”. Esto es otra cosa.

El Arte de que se habla no es exclusivo de nadie: lo tiene todo ser humano, solo que la gran mayoría no lo sabe. Es una “poética” como dice Federico, y por lo tanto algo intangible, y si una imagen sirve para describirlo sería la de un “soplo”, un “espíritu”, que no viene de ninguna parte pero que sostiene todo lo existente. ¿Cómo definir el arte de vivir, la vida como un arte si no es que te tomas como el sujeto y el objeto de tu propio Conocimiento, que es lo único que te redime del valle de sombras tenebrosas?

Entregarse a esa poética es “descubrir” nuestros “talentos” como dice la parábola evangélica, o sea “sacarlos a la luz” para conocerlos al mismo tiempo que los hacemos “fructificar”, y que jamás hay que “esconder” pues sería como enterrarnos en vida.

Esos talentos son las “cualidades” que han nacido con nosotros, nuestro nâma o “nombre” en términos hindúes, lo que constituye la “esencia” de nuestra individualidad. El estado embrionario o de letargo en que se encuentra el alma en un mundo profanado como el nuestro impide que esas “cualidades” inherentes a su esencia puedan crecer y desarrollarse, y poder ingresar así en un mundo realmente “nuevo”, que es el de todos los días paradójicamente pero bañado con otra “luz” más diáfana y diamantina.

Ser conscientes de esa realidad es lo que a veces se llama, con cierta solemnidad, el “despertar iniciático”. Hay muchos “despertares” a lo largo de este camino hasta que “despiertas” de una vez por todas del “gran sueño”. Pero ese primer despertar es fundamental, análogo a las “piedras de fundación” de la simbólica arquitectónica. Francisco Ariza

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martes, 7 de agosto de 2018

¿SE MARCHITÓ LA MAGIA DEL RITO?


Hemos pasado de lo épico a lo cómico. ¿Es porque la magia del rito, y del mito, se marchitó y en su lugar ha aparecido un mundo de supuestos, en donde cada cual es, junto con su orgullo, dueño del terruño conquistado? ¿Para esto tanto esfuerzo? ¿Acaso el “hilo de oro” se ha convertido en un cable de acero que nos aprisiona, en vez de liberarnos?

Ninguna idea se transmite si primero no se hace viva en ti, si no te “vuelve” a vivificar. De lo contrario te paraliza, y lo que era, y es, una “puerta del cielo”, posiblemente pase a convertirse en una “puerta del infierno”, pues el símbolo, como la letra, que no vivifica mata. Si esto ocurre en la geografía, en donde hay lugares que son auténticas “puertas del cielo” y otros “puertas del infierno”, ¿acaso no va a ocurrir en nosotros, que estamos hechos a imagen y semejanza de todo lo Creado?

Cuando el símbolo y la Idea que vehicula ya no actúan ni son operativos es porque tu mente no “recicla” las imágenes que recibe, y al no hacerlo esas imágenes no pueden revelar la potencia “iluminadora” de que son portadoras. La mente se ha anquilosado y en consecuencia confunde la imagen simbólica con lo simbolizado, el reflejo con su fuente original. Ha “olvidado”, por así decir, la capacidad de tejer relaciones y restablecer el sentido de las analogías y las correspondencias entre el mundo visible y el invisible, que es su manera de comprender, o “comprehender”, a ambos. Esta es la "Magia Natural".

Por eso mismo, la verdadera “revolución de la mente” nunca se podrá realizar en un movimiento horizontal –de donde no saldría jamás- sino en un movimiento vertical, de arriba abajo y de abajo a arriba, como hace la rueca de la tejedora celeste, gracias a cuyo movimiento y reiteración –de rito- los “hilos superiores” se entrelazan con los “hilos inferiores”, conformando finalmente el tejido entero, que es el propio Cosmos, el cual se ha ido comprendiendo con la inteligencia, pero vivido siempre como un Misterio. La fe es en realidad lo único que tenemos. Francisco Ariza

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miércoles, 25 de julio de 2018

EL MITO Y EL SÍMBOLO DE SANTIAGO APÓSTOL


Quisiéramos añadir las siguientes reflexiones acerca del Apóstol Santiago en tanto que mito fundador de la España medieval, forjada durante la Reconquista. Como otros grandes episodios de la Historia (Grecia contra Persia, Roma contra Cartago, etc.), la Reconquista se inscribe dentro de la lucha por la hegemonía de dos civilizaciones, en este caso la cristiana y la musulmana, pero que tuvo además otras connotaciones debido al largo período de permanencia en la península de la civilización islámica.

Existió evidentemente la España musulmana, con sus características propias, y que durante varios siglos fue hegemónica cultural y militarmente con respecto a la España cristiana, al menos hasta comienzos del siglo XIII con la famosa batalla de las Navas de Tolosa (Jaén), ganada por los ejércitos venidos de los distintos reinos cristianos de la península al mando de Alfonso VIII, y que supuso un punto de inflexión en el desarrollo de la Reconquista. A pesar de todo, hubo periodos de relativa estabilidad, e incluso de fructífera y mutua influencia cultural (los mozárabes cristianos son un ejemplo entre muchos otros), y relaciones de todo tipo entre las distintas poblaciones (incluida la judía), y por supuesto entre los reyes cristianos y musulmanes. En los casi ocho siglos que duró la presencia de la civilización árabe en España ocurrió de todo, pero siempre existió una cuestión pendiente en la España cristiana: la recuperación del solar arrebatado.

La Reconquista llevada a cabo por la España cristiana surgió de un impulso nacido de necesidades anímicas y espirituales que tenían en el Apóstol Santiago (y en San Millán) el origen de su fe y de su esperanza en la victoria final sobre el Islam. Frente al poder militar y la fortaleza mostrada por este último, los habitantes de la España cristiana reaccionaron acudiendo a la leyenda de uno de los apóstoles de Cristo, Santiago el Mayor, “hijo del trueno” como lo es también Juan Evangelista, y ambos “hermanos” del Señor, pero no de la carne sino del Espíritu.

Américo Castro en La Realidad Histórica de España señala que la figura de Santiago montado en su caballo blanco es la síntesis de los dos Santiago que aparecen en los Evangelios, el Mayor y el Menor; ambos evocan también las figuras de los Dioscuros (Cástor y Pólux), que igualmente aparecen montados a caballo, y “descienden” del cielo al igual que Santiago en su caballo blanco en el momento de la legendaria batalla de Clavijo (año 884), lo que supuso una victoria significativa sobre el ejército musulmán, dando lugar al mito de Santiago Matamoros, un mito vertebrador de la España cristiana, que a partir de entonces ve posible la reconquista. Precisamente los Dioscuros son las divinidades tutelares de la caballería, y en cierto modo también lo es Santiago Apóstol con respecto a la caballería cristiana de España, como lo certifica que surgiera una Orden militar con su nombre: la Orden de Santiago.

Los Dioscuros son hijos de Júpiter, y en esto también habría una semejanza con Santiago el Mayor, que con Juan Evangelista es el “hijo del trueno” (ligado al rayo o relámpago, “armas” de Júpiter), como hemos señalado anteriormente. También hicimos mención a San Millán, otro santo guerrero, considerado durante mucho tiempo el patrón de Castilla, y que contribuyó junto a Santiago en el proceso de afirmación de la identidad cristiana de España (inseparable de su constitución como nación) frente al poder musulmán. Pues bien, existió un paralelismo entre ambos patrones y los Dioscuros, como evoca este poema de Gonzalo de Berceo en su Vida de San Millán, escrito en el siglo XIII:

“vieron dues personas fermosas y lucientes / mucho eran más blancas que las nieves recientes / Viníen en dos cavallos plus blancos que cristal …/ avíen caras angélicas, celestial figura, descendíen por el aer [aire] a una grant pressura, catando a los moros con torva catadura, espada sobre mano, un signo de pavura [pavor]”.

En este poema, y en muchas leyendas en torno a Santiago, hay que hacer una transposición simbólica a otro orden de realidad no sólo circunscrito a la guerra externa, sino a la que se libra contra los “enemigos internos”, que es la más importante desde nuestro punto de vista. En este sentido es imprescindible la “ayuda” de las entidades espirituales, es decir el despertar de la conciencia a los estados superiores del ser, que en este contexto están representados o simbolizados por los Dioscuros, San Millán y Santiago Apóstol. También por San Jorge y San Miguel. Todos ellos patrones terrestres y celestes de la caballería hermético-cristiana.

Recordemos, en fin, que el “trueno”, anunciado por el rayo, es la propia Palabra que ilumina el intelecto humano, lo fecunda y lo vivifica. Acerca de San Millán quisiéramos añadir que la relación que mantiene con Santiago Apóstol se extiende también a esa función taumatúrgica característica del patrón de España, y que igualmente está presente en San Juan Evangelista. Además, la espada flamígera que blande San Millán tanto en la batalla de Simancas como en la de Hacinas, alude también al “fuego del Espíritu” y por supuesto al “rayo”, es decir al símbolo que expresa la emanación de una influencia espiritual, que es al mismo tiempo una “protección” del espacio sagrado (espacio sacralizado que era también la tierra de España para aquellos guerreros cristianos), lo cual evoca desde luego al querubín guardián que con su espada flamígera protege la entrada al Paraíso.

Santiago predicó en España, y tras su muerte sacrificial en Palestina fue trasladado en barca (o arca) nuevamente al país del Occidente, o del extremo Occidente para aquella época, siendo enterrado finalmente en Galicia, en el finis terrae, en el “fin del mundo conocido”, como una semilla plantada en tierra sagrada destinada un día a dar sus frutos, que serían perceptibles en el desarrollo posterior de la Historia de España, incluida la “conquista” de América, considerada como la apertura a “un nuevo mundo”, que por analogía se correspondería con otros planos más sutiles e intangibles de la realidad. Pero el mito de Santiago, y las posibilidades que éste contenía, permaneció latente durante siglos y no se habría despertado con la fuerza con que lo hizo si los árabes no hubieran invadido la península. A una acción sigue irremediablemente una reacción según la ley universal de las “acciones y reacciones concordantes”, que repercuten tanto en la Historia como en el ser humano.

Esto nos hace recordar lo que dice Arnold Toynbee en su Estudio de la Historia acerca de los “golpes subitáneos”, o repentinos, que reciben los pueblos por parte de sus invasores, y que pueden ser un verdadero acicate para reaccionar frente a esa invasión, despertando en ellos energías que permanecían dormidas, y que generalmente son aquellas que, al despertar, rompen con esquemas mentales solidificados para dar cauce a otras potencialidades de su ser colectivo, e individual, pues en estos casos lo colectivo y lo individual actúan al unísono, como un solo organismo. Hubo, en consecuencia, una verdadera “revolución de las conciencias” que durante varios siglos giró en torno al apóstol Santiago, cuyas historias ejemplares sirvieron para ir galvanizando espiritual y culturalmente una sociedad, la España cristiana, que había sido vencida y fragmentada por la invasión árabe del 711.

Por otro lado, el hecho de ser Santiago el “hermano” de Cristo lo dotaba de una autoridad espiritual superior a otros apóstoles, como Pedro, el fundador de la Iglesia de Roma. El Camino de Santiago fue, en este sentido, un eje que iría ordenando poco a poco la vida de aquellos reinos del norte peninsular que habían sido liberados de la presencia islámica. Era el camino que unía España con Europa, y viceversa, y más concretamente con Santiago de Compostela, el “campo de estrellas”, que devino, junto con Jerusalén y Roma, el centro sagrado de la Cristiandad.

En este sentido, no hay que olvidar que el mito de Santiago (y el camino al que da nombre) está íntimamente relacionado con la luz que viene de Oriente y se dirige a Occidente, siguiendo así el ejemplo de otros muchos héroes de la antigüedad, como el griego Heracles-Hércules sin ir más lejos, uno de los fundadores míticos de Hispania. Nos interesa destacar este aspecto civilizador del discípulo de Cristo, es decir el carácter fundacional de su misión para una época determinada de la Historia de España, y también de la Europa cristiana, construida espiritualmente de Oriente a Occidente siguiendo el eje Jerusalén-Roma-Santiago de Compostela.

Este último es un lugar de peregrinaje no sólo religioso, sino también iniciático y alquímico, hasta tal punto que el propio apóstol Santiago llegaría a ser el patrón de los alquimistas, además de todos aquellos oficios ligados con la iniciación a los misterios de la Cosmogonía. Santiago es entonces, y al igual que Juan Evangelista, el representante de la “Iglesia Secreta”, o “Iglesia Interior”, denominación dada al esoterismo cristiano, donde reside el aspecto más profundo y metafísico de esta tradición. Pedro, en cambio, representa la “Iglesia exterior”, la puramente religiosa y dogmática.

Así pues, en su sentido más profundo y elevado, supra-histórico podríamos decir, el Camino de Santiago (reflejo de la Vía Láctea) es un símbolo de las etapas de la realización interior. Es por ello que Compostela es también el “compost” alquímico, es decir el “abono” de la putrefacción de donde surgirán las energías y potencias que regenerarán al ser en su proceso de Conocimiento. El simbolismo alquímico es aquí transparente: el finis terrae, el lugar donde se oculta y “muere” el sol, es el comienzo de otro viaje, esta vez no ya horizontal sino vertical, pues se ha llegado a un “lugar” (a un centro donde mora el Espíritu del Dios Vivo) en el proceso del viaje interior donde todo lo realmente nuevo está por encima de las expectativas que puedan generar lo humano, que no queda abolido ni disuelto en una especie de “ensoñación cósmica” como cree y postula la falsa espiritualidad de hoy en día, sino “transmutado” o “sublimado” en sus posibilidades más universales.

De la patria terrestre a la patria celeste. Siguiendo las pautas de una Historia y Geografía sagradas, y por tanto simbólicas, míticas y significativas. Francisco Ariza

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lunes, 16 de julio de 2018

"¿DÓNDE ESTÁ VUESTRA LOGIA"? UN ASPECTO CÍCLICO DE LA MASONERÍA


Los masones que entre los siglos XVII y XVIII hicieron posible la “transición” de la antigua Masonería de constructores a la Masonería filosófica (la actual), conocían perfectamente el carácter iniciático de su Orden, y que ella no sólo heredaba el simbolismo constructivo y hermético-alquímico, que por otro lado constituye su armazón doctrinal, sino también una serie de conocimientos que están directamente relacionados con las leyes cíclicas, o al menos con la aplicación de esas leyes al momento actual del ciclo humano, y dentro del cual la Masonería tiene un “destino” que cumplir.

Precisamente en algunos de los rituales masónicos que surgieron de aquella transición, y que alimentarían intelectual y espiritualmente a todos los “manuales de instrucciones” de las logias, se introdujeron algunas ideas que hacen referencia a ese “destino” cíclico. Vamos a poner dos ejemplos ilustrativos.

En el ritual contenido en “La Masonería Disecada”, Masonry Dissected, a la pregunta:
“¿Dónde está vuestra Logia?”, se contesta:

“Sobre una tierra sagrada, o sobre la más alta colina, o el más profundo valle, o en el valle de Josafat, o incluso en cualquier otro lugar secreto”.

Esta respuesta encierra un significado relacionado a la vez con una simbólica espacial (la cima de la montaña y las profundidades del valle están situadas en un mismo eje, análogo al “eje del mundo”), y por otro lado con una simbólica temporal, pues la “más alta colina” indica sin duda alguna la montaña donde estaba el Paraíso terrestre (el prototipo de las “tierras sagradas” de cualquier tradición), o sea el origen de la humanidad actual; mientras que “el más profundo valle” indica su final, es decir su “cumplimiento cíclico”. Por eso mismo se añade seguidamente, “o en el valle de Josafat”, en donde según la Biblia (Joel 3, 10-12), tendrá lugar el “Juicio final”. Esto quiere decir que la Logia masónica, o sea la Masonería, existe desde el comienzo de la actual humanidad pues ella es en esencia una rama de la Tradición Primordial, y en consecuencia continuará estando viva hasta el “fin de los tiempos” (1). Y por último la expresión: “o incluso en cualquier lugar secreto”, alude sin duda a la “cámara secreta del corazón”.

En otro de esos rituales, en este caso el recogido en el “Manuscrito Dumfries”, se menciona que la Logia está “en medio de una ciénaga”, o “de un pantano”, lo cual también estaría en relación con esta simbólica cíclica. En efecto, la Logia masónica (como si de un arca de Noé se tratara) aparece efectivamente como ese “lugar muy iluminado y muy regular” donde reina la Belleza, la Inteligencia y la Sabiduría, pese a estar “en medio” de un mundo estancado en las aguas inmundas de la degradación y corrupción en todos los órdenes de la existencia. “La Luz luce en la tinieblas”.

Sin duda que todo esto tiene que ver con que en la Logia masónica no se escuche “ni el canto de un gallo ni el ladrido de un perro”, como se dice en el mismo Manuscrito, expresión ciertamente enigmática y que tiene diversas lecturas, entre ellas la relación que ella guarda con dos de las virtudes más apreciadas, no ya de todo masón, sino de cualquier adepto en la vía del Conocimiento: la virtud del silencio y la prudencia frente a un mundo “exterior” que hoy en día es más profano que nunca. Francisco Ariza
Notas
(1) También Juan Evangelista, patrón de la Masonería, estará “hasta que yo venga” (Juan, 21, 22), palabras de Cristo que hacen referencia a su “segunda venida” en el fin de los tiempos.

domingo, 24 de junio de 2018

"... Y QUE YO DISMINUYA"


Juan Bautista, al igual que Juan Evangelista, son modelos de la iniciación que, en el caso del esoterismo cristiano, tienen su arquetipo en Jesús el Cristo. Todos ellos son estados del ser perfectamente jerarquizados, los cuales están en potencia hasta que se actualizan. Lo mismo sucede en la Masonería, estando Cristo simbolizado en este caso por el Gran Arquitecto del Universo.

En el caso de Juan Bautista, esa actualización manifiesta la grandeza y la dimensión de lo humano, y las formidables esperanzas que alberga dicho estado de conocer su verdadero origen, que es supra-humano. “De entre los nacidos de mujer, Juan [Bautista] es el más grande” (Mateo 11, 11). Palabras que sin duda alguna reconocen esa grandeza.

Sin embargo, ese reconocimiento es el “punto de partida” que se necesita para realizar el recorrido hacia otros estados más allá de lo humano, una potestad que en la Creación es prerrogativa del hombre, hecho a imagen y semejanza del Ser Universal. Paradójicamente, ese “aumento” producido por la atracción de la Voluntad del Cielo, va suponiendo una “disminución” de lo humano, lo que se vive como un “sacrificio”, palabra que no olvidemos quiere decir “hacer sacro”.

El propio Juan Bautista lo dice explícitamente en su último testimonio: 

“Es necesario que Él [Cristo] crezca, y que yo disminuya. El que procede de arriba está por encima de todos; el que es de la tierra, procede de la tierra y habla de la tierra. El que procede del cielo está sobre todos” (Juan 3, 30). 

En el contexto del simbolismo solsticial, estas palabras se refieren a la disminución paulatina de la luz solar desde el solsticio de verano hasta el solsticio de invierno, momento en que esa misma luz comienza de nuevo a crecer.

Juan Bautista, lo humano, acepta su “sacrificio”, después de haber “clamado” por años en el “desierto” la venida de aquel que bautizará con el fuego del Espíritu. La esencia de lo humano es albergar en su seno a ese “fuego” que “procede de arriba”. Todo lo demás, o contribuye a hacer de ello una realidad fecunda, o no sirve absolutamente para nada.

“Mas Él le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; pero tú, ve y anuncia por todas partes el reino de Dios”. (Lucas 9, 60). Francisco Ariza

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lunes, 11 de junio de 2018

LA "PROGENITURA ESPIRITUAL"


En los once vídeos sobre “Los Misterios de Mitra” hemos hablado en diversas ocasiones de Apolo como el “Sol espiritual”, del que Helios, el Sol físico, es su emanación en el orden sensible de la creación. Queremos ampliar esta idea, que es esencial para comprender, a su vez, a la “generación” humana como la expresión de otro tipo de “concepción” mucho más sutil, pues tiene que ver con el “alumbramiento” del hombre “interior” gracias a la acción vivificadora del Sol espiritual, también llamado Verbo, Nous o Intelecto Divino.

No es de extrañar entonces que en todas las culturas y civilizaciones tradicionales siempre se haya asociado la luz al verbo, y el verbo a la luz, como es el caso del Fiat Lux bíblico, el “Hágase la luz” pronunciado “en el principio” –que es ahora mismo- por la Palabra o Sonido primigenio que genera el cosmos u orden universal a partir del “caos” de lo informe.

Esta cosmogénesis, o “generación del cosmos”, es análoga a la generación humana en sus dos aspectos: el carnal y el espiritual. En la concepción carnal, en el momento en que el embrión recibe el “hálito vital” que hace que su corazón palpite en armonía con el “ritmo del mundo”; y en la concepción espiritual cuando recibe el influjo del “Sol que preña” el alma, en palabras de Dante. En el caso del embrión físico no se es realmente humano hasta que no se recibe el “hálito vital”, mientras que en el ámbito iniciático el ser no despierta y comienza a desarrollar sus potencialidades dormidas y “nace de nuevo” hasta que no recibe “la influencia espiritual” en su mente y en su corazón, la sede de su “yo interno”. Son ambos un Fiat Lux simultáneo, pues el ser humano constituye una unidad en cuerpo, alma y espíritu.

En un estudio titulado “La Paternidad Espiritual y el Complejo de Marioneta”, Ananda K. Coomaraswamy, cita a este respecto al poeta sufí el Rumi:

“Cuando llega el tiempo de que el embrión reciba el espíritu vital, en ese momento el Sol deviene su sostén. A este embrión el Sol lo pone en movimiento, pues el Sol le dota de espíritu inmediatamente. Hasta que el Sol brilló sobre él, de las demás estrellas este embrión recibió solo una impresión. ¿Por cuál vía devino conectado en la matriz con el bellísimo Sol? Por la vía oculta que se sustrae a nuestra percepción sensorial”.

En esta cita Coomaraswamy resume las diversas referencias que hace de otros autores y tradiciones tanto de Oriente como de Occidente, y que se puede sintetizar a su vez en la idea siguiente: que en la generación humana no son suficientes los “padres físicos”, sino que para que dicha generación se produzca ha de existir la intervención del espíritu o hálito divino, del Soplo o Verbo, identificado con la luz del Espíritu, que se corresponde aquí con el Eros solar, o sea:

la Naturaleza divina que Filón llama “la causa más alta, la causa primera, la causa verdadera” de la generación, mientras que los padres son meramente las causas concomitantes; y a la «Naturaleza siempre productiva» de Platón y al «Padre» de San Pablo: “De la divina paternidad se derivan y se nombran los padres en la tierra”. (Efesios III, 25).

Los padres, en conformidad con el medio cósmico que representa lo “externo” con respecto a la interioridad del ser, aportan el elemento corporal y psíquico, el que define de hecho a la individualidad, mientras que el Sol espiritual, el “Sol del sol” aporta la semilla de la “luz metafísica”, “transmitida” por esa “vía oculta que se sustrae a nuestra percepción sensorial”. Pero para que la individualidad humana exista -y la vida como tal- es necesaria la participación del Sol espiritual, del Eros solar, equivalente al Gandharva hindo-budista, e incluso a Tonacatecuhtli, el dios creador azteca. Este último reina en el treceavo cielo, desde donde envía su luz y su calor al seno materno para que los niños sean concebidos.

En los textos hindúes citados por Coomaraswamy se habla del “beso del Sol” para denominar la acción del influjo espiritual en el estado humano, ya sea durante la concepción carnal o durante la concepción espiritual, que la iniciación a los misterios ejemplifica. En la medida que el Sol “besa” al hombre, pueden decir cada uno de los hijos de los hombres: “yo soy”, “yo tengo un ser”.

En la Alquimia ese principio divino y generador es el Azufre, vinculado con el “Sol interno” y por tanto con lo “áureo”, con la luz mineral como símbolo de la luz espiritual, que es también un fuego sutil muy poderoso, pues es el que “purifica” el componente psíquico de la individualidad contribuyendo así a la regeneración y al renacimiento.

Estamos hablando, en definitiva, de la iniciación al conocimiento del Sí Mismo, que se presenta bajo dos vertientes, una manifestada y otra inmanifestada, o sea como “Brahma saguna” o como “Brahma nirguna”, por utilizar la terminología hindú. En tanto que manifestado, el Sí Mismo, que no es otro que Atmâ, está en todos los seres, y estos existen gracias a él, que es el que les da la vida, tanto espiritual como física, mientras que como inmanifestado el Sí Mismo simplemente No Es, por eso nada puede decirse acerca de su naturaleza, que es el Misterio mismo, sin adjetivo ni calificativo alguno.

Es por tanto del Sí Mismo como Espíritu creador y generador del que estamos hablando, o sea del Espíritu como el “Padre” del hombre, y por tanto de este como “hijo” del Espíritu, pues es de él de quien recibe el “soplo” o “hálito” que le insufla el “alma viviente”, el jîvatmâ, o sea Atmâ o el Sí Mismo en tanto que manifestado a través de una forma y de un estado, en este caso la “forma viviente” del estado humano.

Esta es la razón de que René Guénon se refiera a veces al Sí Mismo como Prajâpati, el “Señor de los seres producidos”, producidos de él mismo, de su “Espíritu vivificador” en todos los niveles de la Existencia. Prajâpati expresa la Voluntad del Principio en tanto que “formador del universo manifestado”, o sea como Ordenador Supremo, o Gran Arquitecto del Universo, cuyo “cuerpo” intangible es la Armonía universal, o Alma del Mundo, una manera de denominar el Dharma, la “Ley Cósmica”. Por este motivo a Prajâpati también se le conoce como el “Ordenador interno”, expresión muy significativa para quien está en el camino del Conocimiento y al que se dirige en realidad Juan Evangelista con estas palabras:
"No te asombres de que te haya dicho: Tenéis que nacer de lo alto" (Juan, III, 7).

El Dharma es la conformidad a nuestra naturaleza esencial, a ese “yo mismo”, que es supraindividual. En la medida en que esto sea así se estará en armonía con el conjunto del medio terrestre y cósmico. Todo lo que no está en conformidad con nuestro “sí mismo” supraindividual tampoco lo estará con el Dharma, y por tanto aquel desarrollo de nuestras potencialidades latentes seguirá siendo solo “virtual”. Si se nos permite la expresión, ese desequilibrio es el que “corrige” la Iniciación a lo sagrado, que no es otra cosa que un “despertar” a lo real que hay en el movimiento constante de la “rueda del mundo”, y no hay nada más real que el Espíritu y sus emanaciones, es decir las ideas y principios que lo revelan. La iniciación a lo sagrado como el “Arte de lo Real”: el Arte Real, término que define en realidad a toda vía de Conocimiento que toma a la Cosmogonía como el soporte de su realización metafísica.

En relación con el estado humano y el ciclo temporal en que este se desarrolla, el Manvantara, Prajâpati se manifiesta como Manu, el cual da a ese ciclo su propia ley, su dharma, es decir los principios que deberán regirlo desde su comienzo hasta su fin. Manú es así el prototipo del hombre (manavâ), pero considerado como un “ser pensante” cuya conciencia individual (ahankâra) refleja la Inteligencia Universal, que es el propio Manú, como manifestación de Prajâpati. Estamos hablando del principio del que emanan nuestras facultades cognoscitivas y mentales (manas), incluida la memoria, que como decía Platón, y Federico González recoge en su Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos, es la “disposición del alma capaz de conservar la verdad que hay en ella”.

En la medida en que el “pensamiento” del hombre refleja la luz o el rayo (buddhi) del Intelecto divino se encontrará más cercano a Manú, su verdadero ancestro y “progenitor espiritual”. Y en la medida en que, al contrario, ese pensamiento se aleje de esa luz suprasensible el hombre se “encerrará” cada vez más en sus limitaciones individuales y egocéntricas, con lo que el conocimiento de otros estados más sutiles y superiores le estará vedado hasta que “despierte” a ese hecho, que ocurre en lo secreto y más íntimo de su ser. En otras palabras, cerrándose a las influencias superiores el ser humano no cumplirá con su destino, que no es otro que acceder a su origen suprahumano y supracósmico, un destino que, como se afirma también en aquellas cosmogonías mesoamericanas, ha sido introducido por Tonacatecuhtli en el vientre materno durante la concepción.

Acerca de ese destino, y su “despertar” en la conciencia recogemos nuevamente las palabras de Federico González en su Diccionario al definir el destino como:

“Un don que se hace en ciertos hombres, que tienen necesidad de él y que fijan la voluntad en la prosecución de su camino”. Francisco Ariza

viernes, 1 de junio de 2018

"DESDE TIEMPO INMEMORIAL"


El “oficialismo” bajo sus distintos “ropajes”, incluido el “universitario” con el extenso cortejo de “eruditos” adoradores de su ombligo anclados todavía, increíblemente, en el positivismo del siglo XIX, sigue estando ciego ante esa realidad que es el gran legado cultural, simbólico y mitológico esparcido por todos los lugares de la tierra, from immemorial time, expresión cara a la Masonería que expresa el origen intemporal de ese legado. Por desconocer, desconocen incluso el origen sagrado de su cultura, la de Europa y Occidente.

Les causa una enorme contrariedad tener que admitir, por ejemplo, que Platón, el que dio forma a la Filosofía, ya habló de la Atlántida en ese sentido, y de que en Egipto, según le relató Solón en el Timeo y otros Diálogos, sus sacerdotes hablaban de las dinastías divinas y heroicas procedentes del continente sumergido. En esos orígenes sagrados están las pautas de lo que ha sido nuestra Historia, no la anecdótica sino la que “puede ser contada”, pues es la única importante y la que queda en la memoria del género humano. Bajo el cielo americano los sabios indígenas consignaron en sus textos sapienciales y sus códices las mismas ideas que Platón.

En realidad con esas referencias a la Atlántida y sus herederos en el tiempo, tanto los sabios precolombinos como Platón, nos hablan de la Historia arquetípica, pues se trata nada menos que de la presencia del Ser, del Arquetipo primordial, en el tiempo del hombre, ya que es el hombre por su condición de intermediario el que puede testificar ese hecho asombroso y transmitirlo. Ha sido la clara conciencia de esa realidad la que le ha dado la energía espiritual necesaria para generar la civilización y la cultura, que por eso tienen orígenes sagrados y metafísicos.

En verdad, hablar de la Atlántida es hablar de la “Antigüedad”, que nada tiene que ver con lo viejo y lo caduco. Más bien es un “espacio” atemporal de nuestra alma, donde habitan con los Ancestros; finalmente, te das cuenta que son ellos, junto con la vida que te ha sido entregada, los que te guían por los senderos visibles e invisibles del mundo y de ti mismo. Francisco Ariza